Full text: El capitán de la Estrella Polar

fe 
A. CONAN-DOYLE 
hablar, y miss Northcott mirándome con 
sus ojos de acero: 
—Perdone á mi tía, Mr. Armitage—me 
dijo—, es muy rara. Venga á ver este ál- 
bum con nosotros. 
Pasamos un gran rato viendo retratos 
y pude observar que los padres de miss 
'Northcott eran difuntos bastante vulgares 
y sin que en ninguno de los dos pudiese 
descubrir los rasgos característicos de la 
hija. Había allí, sin embargo, un tipo de 
guerrero antiguo que me llamó la atención. 
¿Era un hombre de unos cuarenta años, de 
belleza notable, afeitado y de barba pro- 
nunciante que le daba arrogancia, pero 
en cambio tenía los ojos hundidos y la ca- 
beza algo achatada como la de las cule- 
bras. Yo, casi involuntariamente, hice no- 
tar que aquel era el verdadero tipo de la 
familia, á lo que me contestó: 
—¿Cree usted eso? Pues debe estar ha- 
.ciéndonos poco favor, pues mi tío Antonio 
estuvo siempre considerado como el carne- 
ro negro de la familia. 
—Dispénseme, entonces—contesté yo—; 
mi observación ha sido poco afortunada, 
“y entonces... 
—¡Oh, no importa!—dijo ella—. Siem- 
pre he creído que valía él sólo más que 
toda nuestra familia junta. Era oficial del 
regimiento 41, y murió en acción durante 
la guerra de Persia; por lo menos murió 
noblemente. 
—Esa es la clase de muerte que yo qui- 
'“siera tener—dijo Coyles con los ojos bri- 
llantes, como siempre que se enardecía—. 
Más de una vez deseo tener la carrera de 
- mi padre en vez de esta carrera vil, compo- 
_ niendo píldoras y drogas. 
-—Vamos, Jack, no hable usted de nin- 
guna clase de muerte todavía—dijo ella co- 
giéndole las manos con ternura. 
Me era imposible comprender á esta mu- 
Jer; había en ella una mezcla tan descon- 
certante de ternura femenina y decisión 
varonil y un dominio de sí perpetuo, que 
me confundía. Así, pues, no supe bien qué 
«contestar á Cowles cuando al salir me pre- 
— guntó: 
—Bien; ¿y qué opina usted de ella? 
-  —Opino que es una belleza extraordina- 
- ria—contesté con tacto. 
3 — ¡Naturalmente! — contestó . irritado —. 
. Eso ya lo sabía usted hace tiempo. 
. —Y creo que tiene talento—repliqué. 
-  Barrington Cowles dió algunos pasos, y 
- después, volviéndose hacia mí, me formuló 
la extraña pregunta de: PEN 
—¿La cree usted cruel? Créame que no 
es capaz de hacer daño á nadie. 
—Lo creo perfetamente—contesté-—. No 
he tenido tiempo apenas de formar opi- 
nión. 
Al cabo de un rato de silencio: 
—Es una vieja tonta—murmuró Cowles. 
—¿Quién?—pregunté. 
—Aquella mujer... aquélla, la tía de Ka 
be... ¡Miss Mertom, ó como se llame. 
Entonces supe que aquella pobre amiga, 
sin color, había hablado con Cowles, pero 
nunca supe de qué trataron. Mi amigo se 
acostó muy temprano aquella noche y yo 
quedé largo rato junto al fuego, meditan- 
do sobre lo visto y oído, presintiendo que 
rodeaba á la joven aquella algún misterio, 
alguna obscura fatalidad, tan extraña, que 
desconcertaba todas mis hipótesis. Recordé 
la entrevista de Prescott y el resultado de 
ella; reuní el recuerdo.de esta fatal deter- 
minación con el lamento penoso del pobre 
borracho Reeves: «¡Por qué no me lo ha- 
bría dicho antes!», y de esto pasé á la ad- 
vertencia de mistress Mertom y á las pala- 
bras de Cowles y al mismo incidente del 
perro. Todos los datos que tenía de aque- 
lla mujer eran desagradables en alto gra- 
do, y sin embargo, aún no podía formular 
ningún cargo á su contra. Sería punto me- 
nos que inútil poner sobre aviso á mi ami- 
go no teniendo pruebas concretas, y segu- 
ramente acogería con desprecio cualquier 
advertencia. ¿Cómo podría llegar á ente- 
rarme de su carácter verdadero y sus ante- 
cedentes? Nadie los conocía en Edimburgo, 
porque eran recién llegados, y á nadie, en 
ninguna parte, había dicho de dónde pro- 
venía ni-dónde estuvo su primera casa. De 
pronto se me ocurrió una idea: entre los 
amigos de mi padre había un tal coronel 
Joyce que había: servido mucho tiempo en 
la India y que probablemente conocería á 
la mayoría de la oficialidad de allí. Prepa- 
ré acto continuo mi lámpara y me puse á 
escribirle, diciéndole que tenía interés en 
saber detalles de cierto señor Northcott co- 
ronel, que había servido en el regimiento 
de infantería núm. 41 y que había muerto 
en la guerra de Persia. Describí á mi hom- 
bre todo lo mejor. que pude recordando el 
retrato, y llenando el sobre llevé aquella 
misma noche la carta al correo. Después, 
con la conciencia de que había hecho todo 
lo que estaba, en mi mano, me retiré á des- 
cansar; pero no pude dormir bien porque 
tenía el alma demasiado inquieta. 
  
 
	        
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