Full text: El capitán de la Estrella Polar

78 ps. 
—¿Quién hay en casa, madre? 
—Cuatro marineros borrachos nada más. 
No se enterarán de nada; la calle está sola; 
bajémosle y / dejémosle allí. Se morirá, y na- 
die Sneiaa quién le mató. 
Satad de los bolsillos todos los papeles, 
pues podrían ayudar á la policía. Coged 
también el reloj y el dinero... tres libras y 
Seguía saludando desde el barco. (Pág. 76.) 
- pico; ¡más es esto que cid Ahora levadle 
-, con cuidado y no caeros. 
Y, descalzándose, llevaron al ¡eriblrado 
escalera abajo y á unas quinientas yardas 
de la puerta. Allí le echaron sobre la nieve, 
y el sereno que le encontró llevósele sobre 
un madero al hospital. El médico le exami- 
nó escrupulosamente v vendó la herida, pro- 
nosticando que no viviría más de doce horas. 
Las doce horas pasaron, sin embargo, y 
aun doce más. John Huxford seguía pelear- 
+ do con la vida. Cuando los doctores notaron 
que respiraba al cabo de tres días, asom- 
- bráronse ante tan extraordinaria vitalidad, 
- y le sangraron, según era costumbre enton- 
RITA le rodearon la cabeza con trozos de 
pS hielo. 
- sar de él, quedó asombrada la enfermera 
cuando, pasada una semana, vió al enfermo 
balbuceando, sentado en la cama, mirando. 
Tal vez por este tratamiento, 6 á pe-, 
CONAN-DOYLE 
en derredor con ojos de tristeza y asombro. 
Los médicos fueron llamados para que pre- 
senciaran el fenómeno y discutieron calu- 
rosamente, congratulándose del éxito feliz. 
—Ha estado usted al borde de la sepultu- 
ra—le dijo uno de los médicos, apoyándole 
la cabeza sobre la almoh ada—: no se excl- 
te. ¿Cómo se llama usted? 
No contestó, 
mente. 
—¿De dónde viene usted? 
Tampoco contestó. 
—Está loco—indicó uno de, los 
e xtranjeros. 
—O será extranjero. 
—No tenía papel ninguno en 
la ropa. La ropa está marcada 
con J. H. Intentemos en francés 
ó alemán. 
Ensayaron en todos los 
mas que pudieron, y se: vieron 
obligados á abandonar al silen- 
cioso paciente, que permanecía 
con los ojos fijos en el techo del 
hospital. En las muchas semanas ' 
que John quedó en el hospital, hi- 
cieron esfuerzos pór averiguar su 
procedencia; pero todo fué inútil. 
Según fué pasando el tiempo, y 
según fué formando oraciones, 
parecía un niño, con memoria en 
aquel momento presente, podero- 
sa, pero sin recuerdo ninguno 
del pasado. Todo lo concerniente 
á la vida del joven estaba en ab- 
soluto borrado de la memoria; ne 
sabía su idioma, su nombre, su 
oficio, su Pogar: nada en absolu- 
to. Los doctores tuvieron consul- 
tas de estudio, y discutieron sobre 
el centro de memoria la pieza de 
depresión, desequilibrios del ner- 
vio central nervioso, co ongestiones 
cerebrales; pero todos sus tecnolo- - 
gismos dieron en concluso que el joven ha- 
bía perdido la memoria, y que no entraba en 
el poder de la Ciencia la facultad de devol- 
vérsela. Durante los meses de su triste con- 
valecencia comenzó á leer y escribir; pero 
con la vuelta de salud no recobró recuerdos 
mirando salvaje- 
1dio- 
- de la vida. Brisport, Inglaterra, Devonshire, 
abuelita, María.. , palabra as sin ningún sig- 
nificado para él. “Al fin fué dado de alta, y 
se encontró sin conocidos, sin trabajo, 206) ] 
un céntimo, sin memoria, y esperando bien 
poco del futuro. Hasta su nombre fué cam- 
biado, porque tuvieron que llamarle de al- 
eún modo. John Huxford había muerto, y 
John Hardy ocupó su puesto en la Hura- 
nidad. 
Hasta aq uel extremo llegaron las conse- 
cuencias dl la inspiración que tuvo un 
-caballaro español que meditaba appitando 
el humo del. tabaco. 
  
 
	        
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