Full text: La tragedia del Korosko

LA TRAGEDIA DEL KOROSKO ON 
“balgaduras, se arrodillaban aquí y allá bus- 
«cando tranquilamente los puntos vulnera- 
bles. Las balas rebotaban contra las peñas, 
“produciendo un ruido sordo. 
—¡Hace usted 'mal en exponerse!—gritó 
Belmont al coronel, viéndole guarecerse en 
la más pequeña de las rocas. 
El coronel se encogió. 
—¡Bah! Todo lo más que puede sucederle 
«4 uno es que lo maten. El mal ha estado en 
que yo no he sabido oponerme más enérgi- 
camente á esta maldita expedición. 
| —¿Y no tiene usted esperanza de auxilio? 
—Nada absolutamente. 
— ¡Quién sabe! Tal vez el ruido de las des- 
«cargas atraiga á las tropas de Halfa. 
—No lo espere usted. De aquí al vapor ha: 
brá unas seis millas, y otras tantas del vapor 
á Halfa. 
—Sin embargo, al ver que no volvemos se 
«alarmarán. : 
—Aunque así sea, Dios sabe dónde estare- 
'mos y lo que será de nosotros cuando ven: 
ganá buscarnos. : 
Belmont se atusó el canoso bigote. 
—¡Pobre Norah mía! 
Luego, después de una pausa, continuó: 
—ÍY no sabe usted lo que harán con nos: 
- otros, coronel? | 
—Que nos degiiellen ó nos conduzcan pri- 
- sioneros á Khartum, lo mismo da. De todos 
modos, yo séde uno que se verá libre de 
«cualquiera de ambas cosas. 
- El soldado más próximo á los dos interlo- 
«cutores cayó de espaldas, abriendo los bra- 
-Zos, sin lanzar un grito. Sus compañeros - 
no tuvieron para él una mirada de conmi- 
'Seración y continuaron disparando contra 
los árabes. Belmont, inclinándose sobre el 
Muerto, cogió el quSiE y Ta bolsa de las mu 
: ! á vender caras sus vidas; bs 
—Niciones. E 
— ¡Muy vacía está, coronel! Pisa empeza- 
do á disparar demasiado pronto. DEDIARIOS . 
haber tomado la actitud defensiva nada mas. 
El coronel pareció no haber oído la tardía 
observación. 
—Tengo entendido, señor Belmont, que es 
usted un famoso tirador. Vamos á ver siquita 
usted de en medio al jefe de esos bandidos. 
—¿Cuál es? 
—¿Ve usted aquel último de la derecha, 
el del camello blanco, uno que se lleva las 
dos manos á los ojos para mirar más fácil- 
mente? 
—SÍ. 
—Pues ese debe ser. 
- Belmont cargó el rifle y apoyándolo sobre 
el peñasco apuntó. 
—¡Demonio! La verdad es que el maldito 
sol, al dar en el cañón, me estorba no poco... 
Seguramente me va á fallar el tiro. 
Sonó el disparo. El camello blanco y su 
jinete permanecieron impávidos. Disparó ses 
gunda vez. El jefe beduíno continuaba incó- 
lume. Al tercer disparo Se apartó un poco. 
Las patas del | camello se vieron envueltasen 
una leve polvareda. : 
Belmont arrojó el fusil. 
—¡Maldita luz! ¡Lástima de balas! Si no 
fuese por... : : 
Una sonora y ná blariénaa de ars, : 
def. te cortó la palabra. Los dos hombres 
volvieron la cabeza y vieron al francés que 
se oprimía fuertemente la mano derecha, E 
llenándose de sangre el pantalón y los dedos , 
de la izquierda. Una bala le había destro- 
zado la muñeca. Headingly, que corrió á 
prestarle ayuda, recibió un balazo en la es- : 
? palda y cayó. de bruces á pocos pesas de su ¿ 
compañero. ] AS 
La escolta había cesado de dispar ar, falta 0 
de cartuchos; cuatro de sus hombres esta- 
ban fuera de combate. Los otros dos se apre- 
suraron á colocar las 'bayonetas, dispuestos : 
¡Ya vienen! —gritó Belmont, volviendo 
la cabeza, buscando instintivamente por 
E dónde pat : 
 
	        
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