Full text: La tragedia del Korosko

 cisión del coronel, 
10 $ A. CONAN-DOYLÉ 
como asi, eso no compromete á nada. En 
las manos de usted ponemos nuestra salva- 
ción, y como logremos salir con vida de 
yo le prometo que olvidaremos 
lo pasado. ¡Ah! ¿Le ha dicho á usted 'algo 
-Tipi Til? 
No, señor, Cualquiera diría que los demás 
este trance, 
han comprendido que sentía cierto afecto 
por nosotros, puesto que no le dejan solo un 
segundo. 
—Bien, bien. Hiuble usted con Moolah, 
y yo les diré á los demás. lo ans. hemos 
convenido. 
Todos estuvieron conformes con la de- 
excepto la señorita 
Adams, que ni en broma, ni aun siquiera 
tratándose de su vida, quería renegar de 
la religión que le habían enseñado sus pa- 
- dres. 
— Además, yo. soy. un poco vieja para 
- cambiar de - opinión. Lo más que puedo 
- hacer es no oponerme á que los demás ha- 
gan lo que quieran. 
S Y quién de nosotros vaá discutir con 
el sacerdote? — - preguntó Fardet — 
p que ser una persona lista para que el otro 
ho se entere de lo que nos proponemos; por- 
E que si se entera, ya nos pos contar con 
los muertos. 
A creo que debemos designar al coro- 
nel, que es el que conoce go el L árabe— 
- propuso Belmont. 
- —Perdonen ustedes, señores — pEad: 
Fardet—, Sin que esto sea desdeñar al se- 
-ñor coronel, yo creo que. soy. el más indi. 
cado para, esta conferencia, puesto que to- 
dos ustedes profesan alguna religión, mien- 
as que yo no creo en ninguna $ no he de 
e er, por lo tanto, escrúpulos de ninguna - | 
Además, como la Pies humana 
. Tiene 
Belmont | á las señoras. ; 
Al poco rato pasó junto á as de hedut PE 
había permanecido callada, opinó también 
que el representante de todos ellos debía 
ser el señor Fardet. Con lo cual, así quedó 
decidido. o 
El sol estaba ya en lo alto del cielo y caía 
á plomo sobre la blancura del inmenso 
osario. 
Volvía el insufrible tormento de. la sed . 
ahora más insoportable por el cansancio 
y el aniquilamiento, cada vez mayores. Ante 
sus ojos se les presentó la evocación del 
comedor del “Korosko,,, brillante la crista- 
lería de los aparadores, sangrientos ó do. 
rados los vasos y las botellas, según el vino 
. que contenían y.con dos anchos cubos don- 
Á Sadie la aco- 
metió un violento ataque de nervios, y gra- 
cias al señor Stephens y á su tía, la señorita 
Adams, que caminaban á su lado, no cayó. 
del camello al suelo, El sol, como una deidad 
trágica y cruel, resplandecía inexorable en 
la azulosidad del horizonte. 
De cuando en cuando los emires volvían 
la cabeza, disgustados de la lentitud con que 
marchaban los camellos. de carga sobre los 
cuales iban los prisioneros. El último de 
todos era el que montaba uno de los solda- 
de se helaba el champán... 
dos sudaneses, herido en la cabeza. El emir 
-Wad-Ibrahim retrocedió hasta él y le dispa- 
ró un tiro, casi apoyándole el remington en a 
el pecho. Sus compañeros de desgracia vol- 
vieron la cabeza al oir el tiro, y lo vieron 
caer de espaldas, encharcando de “Sangre la 
arena. Al mismo tiempo uno de los bagga- 4 
Tas se desmontó del camello con el sable en 
la mano. 
—¡No miren! ¡No miren ustedes! aro , 
no limpiando en la piel de su camello. la 
sangre que empapaba la hoja del sable, y ke 
| es: miró de un modo satánico, | 
El desierto se embellecía poco á pacos" 
A ambos lados del c camino empezaba ¿me 
 
	        
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