Full text: Recuerdos de Sherlock Holmes

e 1ÍS, 
80 LA HIJA DEL USURERO 
Sacó el marinero dos chelines del bolsillo 
y se los dió al camarero del hotel. Este 
abrió la puerta de una habitación coqueto- 
namente amueblada, y encendió la luz. 
¿A qué hora quiere usted que se le 
despierte ? 
—¿ Quién habla de despertar? Ya me des- 
pertaré yo sola cuando me dé el sol en 
la cara. 
—Entonces, buenas noches. Que ds 
usted bien. 
Sherlock Holmes se quedó solo. Irguió- 
Se, puesto que ya no necesitaba fingir, se 
descalzó, echó el cerrojo á la puerta, apagó 
la luz y sacó del bolsillo una linterna eléc- 
_trica, valiéndose de la cual inspeccionó las 
paredes de la habitación, golpeáncolas, ade- 
más, suavemente con los dedos. 
—¡De madera !—dijo muy satisfecho—, 
Si no recuerdo mal, en este hotel no hay 
- más que tres habitaciones decentes: esta es 
una; otra está á mi izquierda, y la terce! 
ra á mi derecha. En una de estas dos últi- 
seguramente, está mistres Aberdecn; 
es decir, aquí al lado. Vamos á ver. 
- Sacó un berbiquí y lo clavó en la pared 
de la izquierda. La herramienta, bien en- 
grasada, funcionó sin hacer ruido, y en 
- menos de dos minutos había abierto un agu- 
- gero de dimensiones suficientes para ver 
al través de él lo que pasaba al otro lado. 
3 habitación estaba desocupada. Repitió 
lá operación en la pared opuesta, y cuando 
- ya hecho el agujero, miró por él, dió un 
suspiro de satisfacción. Allí estaba mistres 
Arabella Aberdeen, sentada en un sofá de- 
trás de la mesa, apoyada la cabeza en am- 
- bas manos. De cuando en cuando miraba 
hacia la puerta. Sherlock Holmes no nece- 
_sitaba ser un fisonomista extraordinario 
para darse cuenta de lo que le pasaba á su 
vecina. Pronto comprendió que esperaba 
impacientemente á alguien, dominada por el 
miedo. En un momento dado sacó de entre 
el corpiño una carterita llena de billetes 
de Banco y comenzó á contarlos. Luego dió 
un suspiro, miró hacia la puerta y volvió E 
guardarse la cartera. 
Sherlock Holmes dejó su det se 
as botas en silencio, salió al pasilto +: 
Puerta. de la ' habitación de mis- 
Holmes pudiera pasar á 
repugnancia, y obedeciendo á 
tres Aberdeen. Se oyó un paso hetero y, 
una voz temblorosa que peguntaba : 
—¿ Eres tú? 
—¡ Abre !|—contestó el «detective», fingien-= 
do la voz.. 
Mistress Arabella descorás el cerrojo y 
entreabrió la puerta ze bastante para que 
á la habitación. 
—No se asuste usted, mistres Aberdeen; 
soy un amigo—la dijo al ver que se tamba- 
leaba ciomo si fuera á á desmayarse. 
Y al hablar así cerró por dentro, danda 
dos vueltas á la llave. 
—¿ Qué quiere usted, marinero —dijo ella: 
sacando un revólver y apuntándole—. Si 
dice usted una palabra más, le abraso los 
sesos. Yo sabré defender mi honra. ¡Oh, 
Dios mío! ¡Para qué habré vuelto 4 esta 
casa! ES 
«¡Para qué habré vuelto!» Sherlock Hol 
mes se fijó mucho en esta frase, indicado- 
ra de que no era aquella la primera vez que 
iba allí mistres Aberdeen. 
—Señora, no soy marinero, ni estoy aquí 
para causar á usted daño alguno, sino o todo 
lo contrario, para: protegerla. 
—¿Protegerme? ¿De quién? 
—Del hombre á quien ct espera. 
-—¡Ah! ¿Usted sabe... : 
—Sé que está usted sde con un hom- 
bre para darle una cantidad de dinero; que 
ha venido usted aquí contra su gusto, con - 
4 exigencias 
e 
y amenazas. ¡ 
—¡Le cónoce usted ! ¡ Estoy perdida : 
—Si es usted franca conmigo unos mo- 
mentos, no lo estará usted. : 
—Pero ¿quién me dice que no hará us- 
ted mal uso del secreto de mi vida si pe 
lo confío? 
—Baste, para que usted se tranquilice, 
con que sepa que si yo hubieso querido, la 
hubiera hecho detener hace tiempo. Hable 
usted, señora, y no tendrá usted nada que 
temer de ese hombre que la obliga á en- 
gañar á su marido. 
Mistres Aberdeen dió un suspiro plofia: E 
do. Vacilaba, pero había tal expresión de 
autoridad en los ojos de aquel hombre des- 
conocido, que como obedeciendo á una fuer- 
za superior comenzó á hablar, casi sin 
darse cuenta de ello. a 
 
	        
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