Full text: Divertida historia del rústico Bertoldo, de Bertoldino (su hijo) y de Cacaseno (su nieto)

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nas cabrunas y los pies muy largos; el cuerpo sumamente velludo; 
de modo que de este hombre se puede decir que era todo al revés 
de Narciso. 
Demostrado queda, pues, que Bertoldo era hombre. disforme y 
de feo aspecto por su estatura y fisonomía; pero a esta falta de 
perfección física, suplía la sutileza y vivacidad de su ingenio, pues 
aunque fuese también malicioso y de natural melancólico, era muy 
agudo y pronto en responder a cualquier asunto que se le inte- 
rrogara. 
Llegado que hubo Bertoldo, como decíamos, a presencia del 
rey, sin descubrirse ni hacer la menor cortesía, se fué a sentar 
junto al monarca. Este, benigno y complaciente, se imaginó que 
- Bertoldo sería de ingenio bufón y gracioso; y sin dar muestra de 
| enfado, le preguntó que quien era, cuando nació y qué tierra era 
| la suya. 
ll ¡ A lo que Bertoldo, contestó: que era un hombre; que había na- 
Y cido cuando parióle su madre; y que su tierra era este mundo. 
| Sorprendido el rey por la vivacidad de su ingenio, fué pregun- 
tándole muy diversas y difíciles cosas para definidas, por ejemplo: 
Quienes eran sus ascendientes y descendientes; si tenía padre 
2 y madre, hermanos y hermanas; cual era la cosa más veloz del 
2d mundo; cual el mejor vino; cual el mar que nunca se llena; y. la 
cosa más fea que se puede hallar en un mercader. 
Estas seis preguntas fueron, respectivamente, contestadas por 
Bertoldo del siguiente modo: (Que sus ascendientes y descendientes 
eran las judías en la olla, porque cuando cuecen suben y bajan y 
comiéndolas iban a parar a él; que tenía padre y madre, herma- 
nos y hermanas, pero todos habian muerto, porque cuando salió 
de su casa los dejó a todos durmiendo, pues uno que duerme está 
lo mismo que muerto, y que para él el sueño era hermano carnal 
de la muerte; que la cosa más veloz, es el pensamiento; que el me- 
jor vino, es el que se bebe en casa ajena; que el mar que nunca 
se llena, es la codicia en el avariento; y que la cosa más fea en el 
mercader, es la mentira, 
Con esto, la sorpresa del rey fué en aumento, y prosiguió pregun- 
tándole: —¿Como me traerías tu aquí una criba de agua sin verterla? 
Si —Esperaria—contestó Bertoldo,—que se helase, y congelada 
la traería sin verter una gota. 
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