Full text: no. 3 (1883,3)

  
  
  
  
  
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MUSEO DE NOVELAS. 21 
_sereis admitido sin retribucion alguna. No creo 
que rehuseis este pequeño favor, que nuestros 
mas apuestos y ricos caballeros solicitan sin lle- 
gar muchas veces á conseguirlo. Allí aprende- 
reis la equitacion, la esgrima y el baile: adqui- 
rireis algunos otros conocimientos y no os ole 
vidareis de venir á 
en vuestro favor. 
Aunque d'Arlagnan no se hallaba muy al cor- 
-riente de los estilos de la corte, no dejó de ad- 
vertir la frialdad con que habia sido recibido. 
—¡Ah! esclamó, no pudiendo cont»nerse, cuan- 
ta falta me hace la carta de recomendacion que 
mi padre me dió para que os la en:regara. 
—Y teneis razon, contestó Treville, pues me 
admira mucho que hayais emprendido tan dila- 
lado viaje, sin esa indispensable credencial, que 
. es el recurso único que tenemos los pobres hear- 
neses. 
- —Yo tambien la tenia en toda forma, esclamó 
d'Artagnan; pero me la han quitado traidora- 
mente. 
Y aclo contínuo refirió la aventura de Meung, 
-delineando al caballero desconocido hasta los 
menores rasgos de su persona, y produciéndose 
con tanto calor y tantos visos de verdad, que 
Treville quedó complacido. 
-. —Es raro, dijo despues de haberse quedado un 
momento pensalivo. Segun eso, habreis hablado 
de mí en alta voz. 
- —Seguramente hube de cometer esa impru- 
dencia. ¡Ya se ve! vuestro nombre debia servir- 
me de égida en el camino, y ya debeis suponer 
si lo habré pronunciado con frecuencia. 
- En aquel tiempo la lisonja estaba 4 la órden 
del dia, y á Treville le guslaba el incienso como 
á un rey ó un cardenal. Por lo tanto, se sonrió 
salisfecho, aunque no duró mucho su sonrisa, 
- pues se hallaba preocupado con el suceso de 
-— Meung. 
-—Decidme, jóven, ¿tenia ese caballero una ci- 
l-.. *catriz en la mejilla? 
—Sií, señor, semejante á la que o pudiera hacer 
- el roce de una bala. 
-—¿Era de buena presencia? 
—5Í., 
—¿De alta estatura? 
—En efecto. 
—¿Rostro pálido, cabellos negros? 
—Esas son sus señas. ¿Conoceis acaso 
á encontrarle... y le encontraré, aunque tuviese 
que buscarle en el infierno. 
— Estaba esperando á una inejor orogaitó 
Treville. 
darme cuenta de vuestros. 
6 progresos yá á decirme si algo mas puedo hacer 
: á ese 
hombre? ¡Oh! ¡Dios mio! como alguna vez llegue 
  
  
—Lo que puedo deciros es que se marchó in- 
medialamente despues de haber estado hablando 
un corto rato con la que esperaba. 
—¿Sabeis de qué trataron? 
—El desconocido le dió una cajita, diciéndole 
que dentro hallaria sus instrucciones, con encar- 
go de no abrirla hasta haber llegado 4 Ds 0 
—¿Era inglesa esa mujer? 
—lLa llamó Milady. 
—;¡Es él! dijo Treville, y aun le creia yo en 
Bruselas. 
—Señor, esclamó d'Artagnan, si sabeis quien 
es ese hombre, hacedme el favor de decirme có- 
mo se llama, y en dónde podré encontrarle: si 
así lo hiciereis, os devolveré hasta vuestra pro- 
mesa de admitirme en los mosqueteros; pues an- 
tes que todo deseo vengarme de él. 
—Guardaos de hacerlo, jóven, respondió Tre- 
ville; antes bien os aconsejo, que si le veis venir 
por una acera, os paseis á la otra; porque es una 
roca contra la que os quebrariais como un crislal. 
—¿Y eso qué importa? dijo d'Artagnan, ¡oh! 
si llego á encontrarle... 
—$Sin embargo, no le busqueis, repuso Tre- 
ville, si apreciais en algo mi consejo. 
Entonces una sospecha vivísima hirió la ima- 
ginacion del capitan. Aquella aversion que el 
jóven viajero manifestaba hácia el hombre que 
le habia robado la carta de su padre, cosa que le- 
nia muy poca verosimilitud, ¿no podia ser fin- 
gida y ocultar alguna intencion pérfida? ¿No po- 
dria ser algun enviado de su Eminencia que tra- 
tara de tenderle un lazo? ¿No pudiera ser algun 
adicto al cardenal, que intentara introducirse en 
su casa, sorprender su confianza y tratar de per- 
derle despues, como habia sucedido en mas de 
una ocasion? ] 
Estas reflexiones obligaron á Treville á exa- 
minar otra vez atentamente la fisonomía d'Ar- 
tagnan; pero quedó algo tranquilo viendo cla- 
ramente en ella una mezcla de aslucia y de 
afectada humildad. 
—Bien claro está que es gascon, decia para sí; 
pero lo mismo puede serlo para mí, que para el 
cardenal. Es necesario probarle ante todo. 
—Jóven, le dijo con tono grave y mesurado, 
como hijo que sois de un antiguo compañero, 
pues estoy convencido de la pérdida de vuestra 
carta, quiero instruiros en los secretos de nues- 
tra polílica, á fin de reparar por este medio la 
frialdad con que os he recibido. El rey y el car- 
denal son los mejores amigos del mundo, y sus 
aparentes disputas solo pueden engañar á los 
tontos. No debo permitir que un valiente caba- 
llero, un compatriota mio, una persona que debe 
ascender y hacer fortuna, se vea enredado sin 
 
	        
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