Full text: no. 7 (1883,7)

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dónde están vuestros mosqueteros? Ayer os en- 
cargué mucho que me los presentaseis, ¿por qué 
no lo habeis hecho? 
—Esperan abajo, señor, y si lo teneis á bien, 
puede avisarles La Chesnaye para que suban. 
—Sí, sí, que suban sin tardanza, porque van 
á dar las ocho, y á las nueve espero visita. Hasta 
la vista, duque, no os hagais desear tanto... En- 
trad, Treville. 
Saludó el duque, y se marchó en el mismo 
instante en que entraban los tres mosqueteros y 
d'Artagnan, conducidos por La Chesnaye. 
—Adelante, valientes, entrad, esclamó el rey 
así que los vió, pues tengo que echaros una 
buena repulsa. 
Acercáronse los mosqueteros, haciendo una 
profunda reveréncia, y d'Artagnan se colocó de- 
trás de todos. 
—¡Qué diablos! esclamó el rey. Conque los 
cuatro solos habeis puesto fuera de combate en 
dos dias á siete guardias del cardenal. ¡Vaya! se- 
hores, eso es demasiado, porque siguiendo así, 
se veria su Eminencia en la necesidad de reno- 
var su compañía todos los meses, y yo tendria 
que mandar que se aplicasen con todo rigor los 
edictos. ¡Uno por casualidad! no digo que no; 
pero repito que es demasiado: ¡siete en dos dias! 
—Por esa razon, dijo Treville, bien verá V. M. 
que vienen sumisos y arrepentidos, á presenta- 
ros sus disculpas. 
—Sumisos y arrepentidos, decís, ¿eh? Poco me 
fio de esas caritas compungidas é hipócrilas 
cuando detrás veo asomarse una figura de gas- 
con. Vamos, salid aquí delante, caballerito. 
D'Artagnan, pensando que le iba dirigido aquel 
cumplimiento, se aproximó revistiéndose del 
aire mas cándido del mundo. 
—¿No me decíais que era un jóven, Treville? 
¡Vaya, vaya, pues si no es mas que un niño! ¿Y 
este es el que le ha dado tan tremenda estocada 
á Jussac? 
—Y además de esa, otras á Bernajoux que no 
le van en zaga. 
—¿De veras? 
—Y es menester añadir, observó Athos, que si 
no me hubiera librado de las manos de Bicarat, 
no tendria yo el honor ahora de ofrecer á V. M. 
mi respeto y mi adhesion. 
—¡Cáspita! Treville, el tal bearnés es un dia- 
blo encarnado. Decia mi padre, que en este oficio 
se agujereaban muchas ropillas é imutilizaban 
muchas espadas, y yo creo que los gascones son 
pobres, ¿no es así? 
—Lo que puedo deciros con respecto á eso, se- 
ñor, es que aun no se han encontrado en sus 
montañas una mina de oro, y 
  
bien pudiera el | 
  
MUSEO DE NOVELAS. 
¡cielo haber hecho en su favor este milagro, si- 
¡quiera para recompensarles el arrojo y decision 
con que han defendido los intereses del rey vues- 
tro padre. 
—Conque eso quiere decir que debo á los gas- 
cones el ser rey, supueslo que soy hijo de mi 
padre. Seguramente que no diré yo lo contrario, 
pues no quiero rebajar sus glorias. Vamos á ver, 
La Chesnaye, registrad todos mis bolsillos, y si 
encontrais cuarenta doblones, traédmelos. En- 
tretanto, jóven, referidme la verdad de lo que 
pasó. 
Entonces d'Artagnan, enumeró los pormeno- 
res é incidentes del encuentro de la víspera: hizo 
presente que no habiendo podido cerrar los ojos 
en toda la noche con la alegría de ver á su ma- 
jestad habia salido en busca de sus amigos mu- 
cho tiempo antes que diese la hora de la audien- 
cia: que para matar el tiempo habian ido á un 
juego de pelola, donde por no haber querido re- 
cibir un pelotazo, fué zumbado por Bernajoux, 
quien estuvo á pique de pagar su mofa con la 
vida, del mismo modo que de la Tremouille, que 
no habia tomado cartas en el asunto, estuvo á 
riesgo de ver quemada su casa. 
ers dijo el rey, de la misma ma- 
nera me lo ha referido todo el duque. ¡Pobre car- 
denal! ¡Haber perdido en dos dias siete guardias 
de los que apreciaba mas! Señores, os repito que 
basta con esto, que estais mas que desquitados 
del negocio de la calle de Ferou y os debeis dar 
por contentos y pagados. 
—Si V. M. está ya satisfecho, contestó Treville, 
nosotros tambien lo estamos. 
—Por cierto que lo estoy, dijo el rey tomando 
de manos de La Chesnaye una porcion de mone- 
das que puso en las manos de d'Artagnan; y con 
esto doy una prueba de lo que digo. 
En aquel tiempo no eran de moda las ideas de 
orgullo que con tanta frecuencia vemos en nues- 
tros dias, pues cualquier caballero recibia perso- 
nalmenle del rey una cantidad de dinero, sin que 
se creyese de ningun modo humillado: por con- 
siguiente; d'Artagnan recogió sus cuarenta do- 
blones y los guardó en los bolsillos, sin manifes- 
tar reparo alguno; antes al contrario, dando 
infinitas gracias á S. M. por su dádiva. 
—Basta por hoy, dijo el rey mirando su reloj: 
podeis retiraros pues son las ocho y media, y ya 
os he dicho que á las nueve aguardo visitas: 0s 
doy gracias, señores, por vuestro valor y arrojo, 
y creo que siempre podré contar con vuestra de- 
cision. 
—Hasta la muerte, contestaron los cuatro á un 
tiempo, pues nos dejaríamos hacer pedazos por 
vuestra majestad. 
  
  
  
  
  
 
	        
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