Full text: no. 15 (1883,15)

  
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LOS TRES MOSQUETEROS 
(Continuacion). 
Fué á ver á la reina, y segun costumbre, em- 
pezó con nuevas amenazas contra los que la ro- 
deaban. Ana de Austria bajó la cabeza, y dejó 
pasar el torrente sin responder, esperando que 
al fin se detendria, pero no era esto lo que que- 
ria Luis XIII, sino una luz cualquiera, conven- 
cido como estaba de que el cardenal llevaba una 
segunda intencion y le preparaba una de estas 
terribles sorpresas que tan bien sabia preparar. 
Consiguió este objeto con su tenacidad en acusar. 
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MUSEO DE NOVELAS. 
Luis XIII conoció instintivamente que no de- 
bia responder á esta pregunta que le hizo la reina 
con voz casi desfallecida. 
—Muy pronto, señora, dijo, pero no recuerdo 
precisamente el dia; ya se lo preguntaré al car- 
denal. 
—¿El cardenal es quien os ha anunciado esta 
fiesta? esclamó la reina. 
—Sí, señora, contestó el rey admirado; ¿pero 
¡por qué me haceis esta pregunta? 
—Pero, esclamó Ana de Austria cansada de tan 
vagos ataques; pero, señor, no me decís todo lo. 
que pensais. ¿Qué he hecho? ¿Sepamos qué crí- 
men he cometido? Es imposible que V. M. meta 
tanto ruido por una carta que he escrito á mi 
hermano. 
El rey atacado tambien de un modo tan directo, 
y no sabiendo qué responder, creyó que aquel 
era el momento apropósito para la recomendacion 
del cardenal, aunque no debia hacerla hasta la 
víspera de la. fiesta. | 
—Señora, dijo con majestad, muy pronto ha- 
brá un baile en el ayuntamiento; espero que para 
hacer los honores á nuestros leales regidores, 
ireis vestida de ceremonia, y. sobre todo que os 
pondreis los herretes de diamantes que os dí 
para vuestro dia. Esta es mi respuesta. 
La respuesta era terrible. Ana de Austria cre- 
yó que Luis XIII lo sabia todo, y que el cardenal 
en el espacio de siete ú ocho dias habia obtenido 
de él este gran disimulo que además era propio 
de su carácter. Se puso sumamente pálida, apoyó 
en una repisa su mano de una admirable her- 
mosura, y que entonces parecia dé cera, y mi- 
rando al rey con ojos espantados, no contestó ni 
una palabra. : 
—¿Lo oís, senora? dijo el rey quese gozaba en 
aquel embarazo estraordinariamente, aunque sin 
adivinar la causa: ¿lo oís? 
—Sí señor, lo oigo, balbuceó la reina. 
—¿Ireis al baile? : 
—Iré. 
—¿Con vuestros herretes? 
—Con mis herretes. 
La palidez de la reina se aumentó aun mas, si 
era posible; el rey lo conoció y se gozó en esto 
con aquella crueldad fria que formaba uno de los 
malos rasgos de su carácter. | 
—Entonces queda convenido, dijo el rey; esto 
es cuanto tenia que deciros. 
—¿Y en qué dia se efectuará este baile? pre- 
guntó Ana de Austria. 
  
—¿Él es quien os ha dicho que me inviteis á 
que vaya con esos herreles? 
—Es decir, señora... 
—¿Es él, señor, es él? 
—¡Y bien! ¿qué importa sea él ó yo? ¿Es acaso 
un crímen esta invitacion? 
—No, señor. 
—¿ Entonces, ¡reis? 
—5SÍ, señor. 
—Muy bien, dijo el rey retirándose; muy bien, 
cuento con vuestra palabra. 
La reina hizo una reverencia menos por eti- 
queta que porque se le doblaban las rodillas. 
El rey se fué admirado. 
—Estoy perdida, murmuró la reina, perdida, 
| pues el cardenal lo sabe todo, y él impele al rey 
que aun no sabe nada, pero que muy pronto lo 
sabrá. ¡Estoy perdida! ¡Dios mio! ¡Dios mio! ¡Dios 
mio! E 
Luego se arrodilló sobre un almohadon y oró 
¡con la cabeza oculta en sus brazos. 
  
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En efecto su situacion era lerrible: Buckin- 
'gham habia vuelto á Londres, y la señora de Che- 
vreuse estaba en Tours. Mas vigilada que nunca, 
la reina sospechaba que alguna de sus doncellas 
la vendia aunque ignoraba cual era. Laporte no 
podia salir del Louvre: ya nadie tenia en el mun- 
¡do de quien fiarse. 
Así, viendo la desgracia que la amenazaba, y 
¡el abandono en que se hallaba, prorumpió en 
sollozos. 
—¿Puedo ser útil en algo á V. M.? dijo de pronto 
una voz llena de dulzura y de compasion. 
La reina se volvió con prontitud, pues no po- 
dia engañarse en la espresion de aquella voz: era 
una amiga que le hablaba. 
Con efecto, en una de las puertas que daban á 
la habitacion de la reina, se presentó la linda 
señora Bonacieux, quien estaba ocupada en ar- 
reglar los vestidos y ropa blanca en un gabinete 
cuando entró el rey, y que no habiendo podido 
salir, oyó toda la conversacion. 
La reina dió un grito penelrante viéndose sor- 
prendida, pues en su turbacion no conoció al prin- 
cipio á la jóven recomendada de Laporte. 
—¡0h! nada temais, señora, dijo la jóven jun- 
o 
  
  
  
  
A 
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