Full text: no. 19 (1883,19)

    
  
A 
A NA 
LOS TRES MOSQUETEROS 
(Continuacion) 
J* 
—¡Oh! ¡mujeres, mujeres! esclamó el vetera- 
no, bien las reconozco en su imaginacion nove- 
lesca; todo cuanto tiene visos de misterio las 
encanta. ¿Con qué solamente habeis visto su 
brazo? Así encontrariais á la reina y no la cono- 
ceriais ni ella os reconoceria aunque os viese. 
—No, pero gracias á este diamante... añadió 
el jóven. * 
—Escuchad, dijo Treville, ¿quereis que os dé 
un consejo de amigo? 
—Me hariais con esto un grande honor, caba- 
llero, dijo d'Artagnan. 
—¡Pues bien! id á casa del primer platero 
que veais, y vendedle ese brillante por lo que os 
diere; por muy judío que sea, bien podreis sa- 
car de él ochocientos escudos. Los escudos no 
tienen nombre, y ese anillo tiene uno terrible, 
y que puede comprometer gravemente al que lo 
lleva. 
—¡Vender este anillo! ¡un anillo que me ha 
dado mi soberana! ¡nunca! dijo d'Artagnan. 
—Entonces volved el engarce para dentro, 
pobre loco, pues bien se sabe que un segundon | 
de Gascuña no se encuentra semejantes alhajas 
en el cajoncito de joyas de su madre. 
—¿Creeis que tengo algo que temer? preguntó 
d'Artagnan. 
—Digo, jóven, que el que se duerme sobre 
una mina teniendo encendida la mecha, de- 
be considerarse en seguridad en comparacion 
vuestra. 
—¡Cáspita! dijo d'Artagnan á quien el tono 
formal de Treville empezaba á Inquietar; ¡cás- 
pita! ¿Y qué es necesario hacer? 
—Estar alerta siempre y principalmente no 
descuidarse. El cardenal tiene la memoria tenaz 
y la mano larga: creedme, os jurará una mala 
pasada. 
—¿Cuál? 
—¿Puedo saberlo acaso? ¿No se sirve de todos 
los engaños del demonio? Lo menos que os pue- 
de suceder es que os prendan. 
£ 
— ¡Cómo! ¿se determinarian á prender á un 
hombre que está al servicio de S. M.? 
—¡Pardiez! no se han detenido para hacerlo 
con Athos: en todo caso, jóven loco, creed á un 
hombre que hace treinta años que está en la 
corte; no os durmais en vuestra seguridad, ó 
sois perdido. Todo al contrario, y yo soy quien 
os lo dice, ved enemigos en todas partes. Si os 
  
146 MUSEO DE NOVELAS. 
¡can de noche ó de dia, batíos en retirada sin 
¡avergonzaros por ello; si atravesais un puente, 
¡examinad las tablas por temor de que no se 
¡hunda alguna bajo vuestros piés; si pasais por 
¡delante de una casa que estén reparando, mirad 
¡hácia arriba, no sea que caiga una piedra sobre 
¡Vuestra Cabeza; si os recogeis tarde, haced que 
os acompañe vuestro criado y que vaya armado, 
| si acaso teneis seguridad y confianza en él. Des- 
¡confiad de lodo el mundo, de vuestro amigo, 
¡de vuestro hermano, de vuestra querida, y prin- 
cipalmente de esta última. 
D'Artaguan se ruborizó. 
—¡De mi querida! repitió maquinalmente; ¿y 
por qué mas bien de ella que de otra? 
—Porque la querida es uno de los medios fa- 
.voritos del cardenal y es el mas espedito: una 
mujer os vende por diez escudos, la prueba de 
esto la teneis en Dalila. Sabeis la Escritura, ¿no 
es verdad? 
D'Artagnan pensó en la cita que le habia dado 
¡la señora Bonacieux para aquella misma noche; 
pero debemos decir en elogio de nuestro héroe, 
que la mala opinion que Treville tenia de las 
mujeres en general, no le inspiró la menor sos- 
pecha contra su linda muchacha. 
—A propósito, añadió Treville, ¿qué se han 
hecho vuestros tres compañeros? 
—Iba á preguntaros si habiais tenido alguna 
noticia de ellos. 
—Ninguna, caballero. 
—¿Ninguna? ¡Pues bien! los dejé en el cami- 
no. A Porthos en Chantilly, con un desafío en- 
cima, á Aramis en Creveccur, con un balazo en 
el hombro, y á Athos en Amiens con una acu- 
sacion de monedero falso á cuestas. 
—¡Hola! dijo Treville; ¿y cómo habeis esca- 
¡pado? 
—Por un milagro, señor, debo decirlo, con 
una estocada en el pecho, y clavando al señor 
conde de Wardes de espaldas en el camino de 
¡Calais, como á una mariposa en una tapicería. 
 —¡Vaya! ¡vaya! De Wardes, un hombre de] 
¡partido del cardenal, un primo de Rochefort; 
¡Inirad, amigo mio, se me ocurre una idea. 
|. —Decid, señor. , 
' —En vuestro lugar haria una cosa. 
P--—¿Cual? 
| —Mientras que su Eminencia me mandase 
¿buscar en París, tomaria callandito el camino de 
Picardía, é iria á saber noticias de mis tres 
compañeros. ¡Qué diablos! bien merecen esa pe- 
queña atencion de vuestra parte. 
¡| —El consejo es bueno, señor, Y mañana 
y 
  
buscan un desafío evitadlo; aun cuando sea un | partiré, 
niño de-diez años quien os lo busque; si os ata- | 
  
  
—¡Mañana! ¿y por qué no esta noche? 
  
O 
 
	        
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