Full text: no. 20 (1883,20)

  
  
  
  
  
  
  
MUSEO DE 
mo lodazal; unos y otras estaban salpicados de 
manchas absolutamente iguales. 
Entonces una idea repentina se presentó á la 
imaginacion de d'Artagnan. Aquel hombre ba- 
jito, gordo, rechoncho, canoso, aquella especie 
de lacayo, equipado con vestido pardo, tratado 
sin consideracion por las personas que llevaban 
espada y que componian la escolta, era el mis- 
mo Bonacieux. El marido habia presidido el robo 
de su mujer. 
D'Artagnan tuvo vehementísimos deseos de 
arrojarse encima del tendero y ahogarlo; pero, 
ya lo hemos dicho era un muchacho muy pru- 
dente, y se contuvo. Sin embargo, la revolucion 
que se habia obrado en su semblante era tan vi- 
sible, que Bonacieux se horrorizó, y procuró | 
rebroceder un paso; pero precisamente se halla- 
ba delante del batiente de la puerta que estaba 
cerrada, y el obstáculo material que encontró 
le obligó 4 mantenerse en el mismo sitio. 
— ¡Ya! pero vos que os chanceuis, amigo 
“dijo d'Artagnan, me parece que si mis, 
mio, 
botas 
necesitan un cepillazo, vuestras medias y zapa- 
tos reclaman tambien imperiosamente una lim- 
pia. ¿Habriais tal vez andado de tuna, señor Bo- 
nacieux? ¡Ah! esto fuera indisculpable en un 
hombre de vuestra edad, y que además tiene 
npa mujer tan linda como la vuestra. 
¡0h! ¡Dios mio! no, contestó Bonacieux, sino 
que ayer fuí á Saint-Mandé para lomar informes | 
de una criada, porque no puedo pasar sin ella; y | 
como los caminos están tan malos, he recogido 
todo este fango, que aun no he tenido tiempo de. 
quitar. 
El lugar que designaba Bonacieux como lea- 
tro de su correría, fué una nueva prueba en apo-. 
yo de las sospechas que habia concebido d'Ar- 
tagnan. Bonacieux habia dicho en Saint-Mandé, 
por ser el punto absolutamente opuesto á Saint- 
Cloud. | 
Esta probabilidad le sirvió de un primer con- 
suelo. Si Bonacieux sabia donde estaba su mujer, 
se podria siempre, empleando medios estremos, 
obligar al tendero á que hablase y declarase su 
secreto. Ahora solo se trataba de cambiar aquella 
probabilidad en certeza. 
—Perdonad, mi querido señor Bonacieux, si 
no gasto con vos cumplimientos, dijo d'Arta- 
gnan; pero no hay cosa que altere mas que el 
no dormir, y tengo una sed rabiosa; permitidme 
que tome un vaso de agua en vuestra casa; bien 
  
NOVELAS. 155 
Solo hacia una ó dos horas que estaba de vuelta: 
seguramente habria acompañado á su mujer 
hasta el sitio á donde la habian conducido, 6 
cuando menos hasta la primera parada. 
—Gracias, señor Bonacieux, dijo d'Artagnan 
bebiéndose el vaso de agua, esto era todo lo que 
yo queria de vos. Ahora me voy á mi casa, haré 
que Planchet me limpie las botas, y cuando haya 
concluido, os lo enviaré, si quereis, para que 
cepille vuestros zapatos. 
Y dejó al tendero sumamente admirado de 
aquella singular despedida, preguntándose sl 
acaso se habria clavado él mismo. 
En lo último de la escalera encontró á Plan- 
chet todo azorado. 
—¡Ah! señor, esclamó el criado así que distin- 
¡con qué impaciencia 0s espe- 
  
  
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¡guió á su amo, 
¡Taba! 
— —¿Qué hay? preguntó d Artagnan. 
| —¡Ah! señor, apuesto uno contra ciento, con- 
«tra mil, á que no adivinais la visita que he recl- 
bido por vos en vuestra ausencia. 
—;¿Cuándo ha sido esto? 
—Hace media hora, mientras esta 
del señor de Treville. 
—¿Y quién ha venido? vamos, habla. 
—El señor de Cavois. 
—¿El señor de Cavois? 
—El mismo. 
—;¿El capitan de Guardias de su Eminencia? 
—El mismo. 
—¡Venia á prenderme! 
. —Mucho lo temo, señor, á pesar de su aire 
| gazmono. 
—¿Dices que tenia el aire gazmono? 
—Es decir, señor, que era un puro almibar. 
—¿De veras? 
—Segun decia, venia de parte de su Eminen- 
cia, quien os quiere mucho, para suplicaros que 
le siguieseis á Palais-Royal. 
—¿Y qué le has contestado? 
—Que era absolutamente imposible, porque 
no estabais en casa, como podria verlo. 
—¿Entonces qué te dijo? 
—Que no dejaseis de ir hoy á su Casa: ense- 
guida añadió muy bajo: «Díá lu amo, que su 
Eminencia está sumamente decidido en su favor, 
y que su fortuna quizá pende de esta entrevista.» 
—El lazo es bastante torpe para el cardenal, 
añadió sonriéndose el jóven. 
—Tambien he conocido yo el lazo, y contesté 
bais en casa 
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sabeis que esto no se niega entre vecinos. 
Y sin esperar el permiso de su huésped, d'Ar- 
tagnan entró con prontitud en la casa, y dirigió 
una rápida ojeada á la cama. Esta no estaba des- 
compuesta, y Bonacieux no se habia acostado. 
que lo sentiriais vivamente cuando volvieseis. 
—«¿A dónde ha ido? preguntó el señor de Ca- 
vols. 
—»A Troyes, en Champagne, le contesté. 
—»¿Y cuándo salió” 
yn 
 
	        
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