Full text: no. 21 (1883,21)

  
deis. 
MUSEO DE NOVELAS. 
bendice? Con tres; uno por el Padre, otro por el 
Hijo y otro por el Espíritu Santo. 
- Todos se santiguaron y d'Artagnan creyó deber 
imitar este ejemplo 
—El papa es sucesor de San Pedro y represen- 
ta los tres poderes divinos; el resto, d7dimes m- | 
Jeriores, de la gerarquía eclesii ástica, bendicen 
en el nombre de los santos ángeles y arcángele 
Los mas humildes clérigos, tales como cr 
diáconos y sacristanes, bendicen con los hisopos, 
que significan un número indefinido de dedos. 
bendicientes. He aquí el asunto simplificado a7- 
gumentum omni denudatum ornamento. Yo es- 
cribiria con esto solo, continuó el jesuita, dos. 
volúmenes del tamaño de este. 
Y en su entusiasmo dió un golpe con la mano 
  
Sobre el san Crisóstomo, en fólio mayor que hacia 
crujir la mesa con su peso. 
D'Artagnan se estremeció. 
—Ciertamente, dijo Aramis, no puedo menos 
de hacer justicia á la belleza de ese tema, lo re- 
conozco superior á mis alcances. Yo habia ele- 
-gido este tema; y decidme, querido d'Artagnan, 
rium in oblatione, ó mas claro: no desdice“el 
pesar en una ofrenda al Señor. 
—Alto ahí, esclamó el jesuita; pues ese tema 
huele á heregía; hay una proposicion, casi se-| 
mejante en el Augustinos del heresiárca Janse- | 
nio, cuyo libro, tarde ó temprano, será quemado 
por mano del verdugo. Id con cuidado, amigo; 
pues os inclinais á las falsas doctrinas y Os per- | 
—Os perdeis sin remedio, dijo el cura me-. 
neando dolorosamente la cabeza. 
—Tocais el famoso punto del libre albedrío, 
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¡en una casa de locos, y temia acabar por volver- 
se él tan loco como los demás. Solo le quedaba el : 
forzoso recurso de callar puesto que no entendia 
ni una palabra de lo que se hablaba. 
—Pero escuchadme, respondió Aramis, con 
una política bajo la cual empezaba á traslucirse 
¡| cierta impaciencia, yo no digo que lo eche me- 
nos, ni jamás me-alreveria á pronunciar seme- 
¡Jante frase que no seria ortodoxa... 
El jesuita levantó las manos al cielo, y lo mis- 
mo hizo el cura. 
—No, pero confesar que no puede ser digna 
de ofrecerse al Señor una cosa de que nos halla- 
mos enteramente disgustados. ¿Tengo razon y 
d'Artagnan? 
—¡Ya lo creo, pardiez! y mucha, esclamó este. 
El cura y el jesuita se estremecieron en sus 
| sillas. 
Mi punto de partida es este silogismo: el mun- 
do no carece de atractivos; yo lo abandono, lue- 
go hago un sacrificio. Ahora bien; la escritura 
¡dice positivamente: Haced un sacrificio al Se- 
hor. 
: ó ; ó | 
si no es de vuestro gusto: non inútile est deside- 
que es un escollo mortal. Abordais de frente las 
insinuaciones de los Pelagianos y de los semi-. 
Pelagianos. 
—Pero, mi reverendo... repuso Aramis algo 
abrumado por la lluvia de argumentos q le 
Calan encima. 
—¿Cómo probariais, continuó el jesuita sin 
dejarle tiempo para hablar, que debe el hombre 
echar menos el mundo cuando se consagra á 
Dios? Oid ese dilema; Dios es Dios, y el mundo 
es el diablo. Echar menos el mundo es echar 
Menos el diablo, he aquí mi conclusion. 
—Y la mia tambien, dijo el cura. 
—Pero por favor, repuso Aramis. 
—/¡Desideras ba, desdichado! esclamó el 
jesuita. 
—¡Echa menos dl diablo!” ¡AR! mi querido 
amigo, repuso el cura lamentándose, no echeis 
menos el diablo, yo os -lo suplico. 
  
D'Artagnan perdia la cabeza; le parecia estar 
* 
—Eso es cierto, dijeron los contendientes. 
—Y además, continuó Aramis pellizcándose 
las orejas para ponerlas encarnadas, así como se 
frotaba las manos para ponerlas mas blancas; 
además, he compuesto una redondilla sobre este 
asunto, que comuniqué al señor Voiture el año 
pasado, y que me valió de parte de ese sabio mil 
elogios. 
—¡Una redondilla! esclamó con desden el je— 
suita. 
—¡Una redondilla! repitió maquinalmente el 
cura. 
—Decidla, decidla, esclamó d'Artagnan, esto, 
al menos, dará alguna variedad á la conversa- 
cion. es 
—No, porque es una redondilla religiosa, res- 
pondió Aramis, es un trozo de teología en verso. 
—;¡Cáspita! dijo d'Artagnan. | 
—Vedla aquí, dijo Aramis con un aire modes- 
to, que no estaba escento de cierta sombra de 
hipocresía. 
Vosotros que verteis amargo lloro 
recordando placeres ya pasados, 
vereis los infortunios terminados 
si ofreceis vuestro llanto á Dios tan solo. 
D'Artagnan y el cura parecieron satisfechos. 
El jesuita persistió en su opinion. ; 
—El gusto profano en el estilo teológico. ¿Qué 
dice san Agustin? Severus sit clericorumsermo. 
—Sí, que el sermon sea claro, dijo el cura..... 
(Se continuará.) 
  
 
	        
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