Full text: no. 23 (1883,23)

  
  
- MUSEO DE 
tonadas, y se hicieron trizas. Vuestra ha sido la | 
culpa. | 
—:¡Todo mi aceite se ha perdido! | 
—El aceite es un bálsamo soberano para las 
heridas, y era preciso que este pobre Grimaud 
se curase las que le habeis causado. 
—:¡Todos los salchichones están roidos! 
—Es que hay una enorme multitud de ratas 
en esa bodega. | | 
—Vais á pagármelo todo, gritó el posadero 
exasperado. 
—¡Solemne pícaro! dijo Athos levantándose; 
pero al instante volvió á dejarse caer; puesto que 
sus fuerzas no le permitian mantenerse en pié. 
D'Artagnan acudió á su socorro levantando su 
látigo. | 
El posadero retrocedió un paso, y se puso á 
llorar á lágrima viva. 
—Eso os enseñará, dijo d'Artagnan, á trabar 
- mas cortesmente á los huéspedes que Dios os 
envia. | 
—:¿Dios? mejor direis el diablo. 
—Amigo, dijo d'Artagnan, si nos exasperais 
mas, vamos los cuatro á encerrarnos en la bo- 
dega, y veremos entonces si el destrozo es en 
realidad tan grande como decís. 
—;¡Pues bien! sí, señores, dijo el huésped, yo | 
he tenido la culpa, lo confieso, pero para todo 
pecado hay perdon; vosotros sois unos señores, 
y yo un pobre posadero, y tendreis piedad de mí. 
—;¡Ah! si hablas así, dijo Athos, vas á partir- 
me el corazon, y mis ojos derramarán lágrimas 
como el vino se derramaba de tus toneles. No es 
uno tan diablo como parece. Veamos, ven acá y 
hablemos. 
El huésped se acercó con inquietud. 
—Ven acá, te digo, y no tengas miedo, conti- 
nuó Athos. En el momento que iba á pagarte, 
habia puesto mi bolsa sobre la mesa. 
—Efectivamente. 
—Esa bolsa contenia sesenta doblones: ¿en 
dónde está? 
—Depositada en la escribanía, monseñor, di- 
jJeron que eran falsos. 
—¡Pues bien! haz que te devuelvan mi bolsa, 
y guarda los sesenta doblones. 
—Pero, señor, bien sabeis que el escribano no 
devuelve lo que toma: si fuese moneda falsa, po- 
-dria haber esperanza; pero desgraciadamente los 
doblones son muy buenos. ó 
—Arréglate con él, mi buen hombre, eso no 
me incumbe, tanto mas cuanto que no me queda 
ni un ochavo. 
—Veamos, dijo d'Artagnan, el caballo viejo 
de Athos, ¿dónde está? : 
—En la cuadra. 
NOVELAS. 181 
—¿Cuánto vale? 
—Cincuenta doblones lo mas. 
—Bien vale ochenta, quédate con él y punto 
concluido. 
—¡Cómo! vendes mi caballo, dijo Athos, ¿ven- 
des mi Bajazeto? ¿Entonces como haré la cam- 
paña? ¿Montaré á Grimaud? 
—Te he traido otro, dijo d'Arlagnan. 
—¿Otro? 
—Y magnífico, añadió el huésped. 
—Entonces, si hay otro mas jóven y mas her- 
moso, quédate con el viejo, y bebamos. 
—¿Y de qué vino? preguntó el huésped tran- 
quilizado ya del todo. 
—Del que está en el fondo, junto á las latas; 
todavía quedan veinte y cinco botellas; las de- 
«más se rompieron en mi caida. Sube seis. 
- —Es lo mismo que un rayo este hombre, dijo 
el huésped para sí; si permanece siquiera quince 
“dias mas aquí, y paga lo que beba, todavía res- 
'tableceré mis negocios. 
 —Noteolvides, dijo d'Artagnan, de subir cua- 
¡tro del mismo para los dos caballeros ingleses. 
—Ahora, dijo Athos, mientras nos traen el 
“vino, contadme d'Artagnan, que se han hecho 
los demás compañeros. 0 É 
-— D'Artagnan le contó como habia encontrado á 
'Porthos en la cama con un magullamiento en la 
rodilla, y 4 Aramis sentado á la mesa con dos 
teólogos. Cuando concluyó, entró el huésped con 
¿las botellas pedidas, y un jamon que afortuna- 
damente habia quedado fuera de la bodega. 
 —Está bien, dijo Athos, llenando su vaso y el 
de d'Artagnan; vaya por Porthos y por Aramis, 
¡amigo mio; pero á vos personalmente, ¿qué os 
ha sucedido? Os encuentro un aire siniestro. 
 —¡Ay! dijo d'Artagnan, soy el mas desgra- 
'ciado de todos nosotros. 
 —¿Tú desgraciado, d'Artagnan? dijo Athos. 
Veamos, ¿por qué eres desgraciado, dí? 
- —Despues hablaremos, dijo d'Artagnan. 
—Despues, ¿y por qué despues? acaso crees 
que estoy ébrio, d'Artagnan? Pues no olvides 
que nunca tengo las ideas mas completas que 
cuando bebo. Habla pues, que ya le escucho con 
¡la mayor.atencion. 
— D'Artagnan contó su avenbura Con la señora 
'Bonacieux. Athos le escuchó sin pestañear, y 
cuando hubo acabado: | e 
 —¡Miseria! dijo Athos, todo eso no es mas que 
¡miseria! : | 
Esta era la palabra favorita de Athos. 
- —Siempre decís miseria, mi querido Athos, 
dijo d'Artégnan; eso suena mal en vos que no 
| 
' habeis amado nunca. 
La mirada amortiguada de Athos se inflamó 
 
	        
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