Full text: no. 29 (1883,29)

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LOS TRES MOSQUETEROS 
(Continuacion). 
—¡Estar indispuesta! ¡yo! ¿me tomais por una 
mujercilla? cuando me insultan, no me pongo 
mala, sino que me vengo, ¿lo entendeis? 
Y con la mano hizo una seña á Ketty para que | 
se retirara. 
CAPÍTULO XXXVI 
Plan de venganza. 
“xp sí que llegó la noche, milady 
Ac) dió la órden de introducir 4 
CHFG d'Artagnan tan pronto como vi- 
ES niese segun su costumbre. Pero 
IA Y a Mo vino. 
LON E  Alotro dia Ketty fué de nue- 
ERES vo á ver al jóven, y le contó 
todo lo que habia pasado la víspera: d'Artagnan 
se sonrió. La celosa cólera de milad y era su ven- 
ganza. 
Aquella noche milady estuvo mas impaciente 
aun que la víspera. Renovó la órden relativa al 
sascon; pero como el dia antes, lo esperó inútil- 
mente. 
Al siguiente Ketty se presentó en casa de 
d'Artagnan, no contenta y ligera como anterior- 
mente; sino al contrario, triste y abatida. 
D'Artagnan preguntó á la pobre jóven qué era 
lo que tenia; pero ella, por toda respuesta sacó 
una carta de su faltriquera y se la entregó. 
Aquella carta estaba escrita de mano de mi- 
lady; pero iba dirigida á d'Artagnan, y noá 
de Wardes. ? 
La abrió y leyó lo que sigue: de 
  
  
     
«Querido d'Artagnan: no está bien que ne- 
gueis vuestras visitas así á los amigos, sobre | 
todo cuando vais á dejarlos por tan largo tiempo. | 
Mi cuñado y yo 0s hemos esperado ayer y antes 
de ayer inútilmente. ¿Sucederá lo mismo esta 
noche? ] 
| » Vuestra reconocida, 
LADY DE WINTER.» 
—Esto es muy sencillo, dijo- d'Artagnan, y 
ya aguardaba esta carta. Mi crédito sube á me- 
dida que baja el del conde de Wardes. 
—¿Acaso ireis? preguntó Ketty. 
—Escucha, mi querida niña, dijo el gascon 
que procuraba escusarse á sus propios ojos de 
faltar á la promesa que habia hecho á Athos, ya 
- comprendes que seria impolítico no acudir á una 
_Invilacion tan positiva. Milady, no viéndome 
  
MUSEO DE NOVELAS. 
¡ volver, no comprenderia nada de la interrupcion 
de mis visitas, ¿y quién puede decir hasta donde 
¡Iria la venganza de una mujer de su temple? 
—¡Oh! Dios mio, dijo Ketty, sabeis presentar 
las cosas de modo que siempre teneis razon. Pero 
vais otra vez á hacerle la corte, y si ahora le 
agradais con vuestro verdadero nombre y con 
vuestra verdadera cara, será mucho peor que la 
primera. 
El instinto hacia adivinar á la pobre Ketty 
una parte de lo que debia suceder. 
D'Artagnan la tranquilizó lo mejor que pudo 
¡y le prometió permanecer insensible á las se- 
ducciones de milady. 
Añadióle que dijera á su ama que estaba muy 
reconocido á sus bondades, y que iba á ponerse 
á sus órdenes; pero no se atrevió á escribirlo, 
por temor de no poder, á los ojos tan ejercitados 
de milady, disimular suficientemente su letra. 
Al dar las nueve d'Artagnan estaba en la Plaza 
Real. Era evidente que los criados que aguarda- 
ban en la antesala estaban advertidos, pues tan 
pronto como se presentó, antes que hubiese pre- 
guntado si milady estaba visible, uno de ellos 
corrió á anunciarle. 
—Que pase adelante, dijo milady con una voz 
seca pero tan penetrante, que d'Artagnan la oyó 
desde la antesala. : 
Le introdujeron. 
—No estoy en casa para nadie, ¿lo ois? para 
nadie. 
El lacayo salió. | 
D'Artagnan echó una mirada escudriñadora á 
milad y: estaba pálida y tenia los ojos cansados, 
bien sea por las lágrimas, ó por el insomnio. 
Habian disminuido con intencion el número de 
luces, y sin embargo, milady no podia ocultar 
los vestigios de la calentura que la habia devo- 
rado en aquellos dos dias. qe. 
- D'Artagnan se acercó á ella con su galantería 
acostumbrada: y ella hizo entonces un grande 
esfuerzo para recibirle, pero su trastornada fiso- 
nomía desmintió aquella sonrisa tan amable. 
Cuando d'Artagnan le preguntó por su salud: 
  
  
  
  
|. —Muy mala, respondió, muy mala. 
- —Pues entonces, soy indiscreto; teneis nece- 
sidad de reposo y voy á retirarme. | 
—No, al contrario, quedaos, d'Arlagnan, vues- 
tra amable compañía me distraerá. | 
—Jamás ha estado mas encantadora, pensó 
d'Artagnan, desconfiemos. cad 
Milady tomó el aire mas afectuoso que pudo, 
y dió á su conversacion todo el encanto posible. 
Al mismo tiempo aquella fiebre, que la habia 
abandonado por un instante, volvia á dar bri- 
llantez á sus ojos, colores á sus megillas, y car- 
  
  
  
  
 
	        
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