Full text: no. 31 (1883,31)

248 MUSEO DE 
echó los demás que se presentaron, no queriendo 
hacer mal tercio á los que habian llegado antes. 
.Se ignoraba si, despues de la toma del ba- 
luarte, los de la Rochela lo habian evacuado, Ó| 
si habian dejado guarnicion, y era preciso para | 
conseguirlo examinar con bastante proximidad 
el sitio indicado. 
D'Artagnan E con sus compañeros y sl- 
guió la línea; los dos guardias marchaban junto 
á él, y los so idados venian detrás. 
Así llegaron cubriéndose con el parapeto hasta. 
unos cien pasos del baluarte. Entonces se volvió 
d'Artagnan y vió que los dos soldados habian 
desaparecido. 
Creyó que habiendo tenido miedo, se hubiesen 
quedado atrás; y continuó avanzando. 
Habiendo dado vuelta á la contra-escarpa, se 
encontraron á únos sesenta pasos poco mas óÓ 
menos del baluarte. 
No se veia á nadie, y parecia estar abandonado. 
Entonces deliberaron sobre si irian mas ade- 
lante, cuando de improviso una faja de humo 
ciñó al gigante de piedra, y una docena de balas 
silbaron en torno de d'Artagnan y de sus Com- 
pañeros. 
Ya sabian lo que deseaban, el baluarte estaba. 
guardado, y una permanencia mas larga en aquel: 
sitio peligroso, hubiera sido una imprudencia: 
inútil. D'Artagnan y los guardias volvieron las 
espaldas, y emprendieron uva retirada que se 
parecia mucho á la saga: 
Al llegar al ángulo de la trinchera que iba á 
servirles de defensa, uno de los dos guardias 
cayó al suelo, pues una bala le atravesó el pe- 
cho, el olro que estaba sano y salvo continuó su 
carrera hácia el campamento. 
D'Artagnan no quiso dejar abandonado á su 
compañero de aquella manera, y se inclinó hácia” 
él para levantarlo y ayudarlo á ganar la lrinche- 
ra; pero al mismo tiempo salieron dos liros en 
ivccióná á aquel sitio: una bala dió en la cabeza 
al guardia ya herido, y la otra fué á estrellarse 
en la roca, despues de haber pasado rozando 
«junto á d'Artagnan. | : 
El jóven se volvió con ligereza, pues aquel 
ataque no podia venir del baluarte que estaba 
oculto por el ángulo de la trinchera. Se acordó 
de los dos soldados que lo habian abandonado, y 
de sus asesinos de la víspera; y resolvió esta 
vez averiguar á que' habia de atenerse. Para eilo 
se dejó caer sobre: el cuerpo de su compañero 
como si estuviese muerto. 
Casi al mismo tiempo vió dos cabezas que se 
asomaban por encima de una obra que habia 
abandonada en aquel sitio, y estaba á Llreinta 
pasos de allí; eran las de los dos soldados. D'Ar- 
  
  
  
  
NOVELAS. 
lagnan no se habia engañado, pues aquellos hom- 
bres no le habian seguido mas que para asesi- 
narle, esperando que la muerte del jóven podria 
ser achacada al enemigo. 
Sin Era como podia estar herido sola- 
mente, y denunciar su crímen, seacercaron para 
acabar con él. Afortunadamente, engañados por 
la astucia de d'Arlagnan, no trataron de volver 
á cargar sus fusiles. Asi que estuvieron á diez 
| ¡ Pasos de él, d'Artagnan, que al caer habia tenido 
oran cuidado de no dejar su espada, se leyanló 
de improviso y de un salto se encontró cerca de 
ellos. 
Los asesinos conocieron que si huian al campo 
sin haberle dado muerte, serian acusados por él; 
por lo que, su primera idea fué pasarse al ene- 
migo. Uno de ellos tomó su fusil por el cañon, 
y se sirvió de él como de una maza: dió un golpe 
terrible á d'Artagnan que lo evitó echándose á 
un lado; pero por este movimiento, le dejó libre 
el paso al bandido que echó á correr al mismo 
tiempo hácia el baluarte. Como los de la Roche-- 
la, que lo guardaban, no sabian conque inlen- 
cion se dirigia á ellos aquel hombre, le hicieron 
fuego, y cayó herido por una bala que le des- 
trozó un hombro. 
Entretanto, d'Artagnan arremetió al segundo 
soldado, atacándolo con su espada. La lucha no 
fué de larga duracion: el miserable no tenia para 
defenderse mas que su arcabuz descargado. La : 
espada del guardia resbaló en el cañon del arma 
inútil, y fué á atravesar el muslo del asesino 
que cayó en el suelo. D'Artagnan le puso luego 
la punta de su espada en la garganta. 
—¡Oh! ¡no me mateis! esclamó el bandido. 
¡Piedad! piedad, ¡mi oficial! y os lo diré todo. 
—¿Tu secreto merece acaso la pena de que te 
conceda la vida? preguntó el jóven. 
—Sí, si creeis que la existencia vale algo 
cuando se tienen veinte y dos años como vos y 
que se puede llegar á todo, siendo hermoso y va- 
liente como sois. 
—¡Miserable! dijo Ebagiosa. habla a 
¿Quién te ha encargado que me asesines? 
—Una mujer á quien no conozco; pero á la 
cual llaman milad y. Es 
—Pero si no la conoces, ¿cómo sabes que la 
llaman asi? 
—Mi compañero la conocia, y la llamaba como 
he dicho; á él se lo encargó y no á mí: y tiene en 
su faltriquera una carta de esa persona, que debe” 
ser para vos de grande importancia, segun lo 
que le he oido decir. ) 
| (Se continuará.) 
“Gracia: Tip. de J. Aleu y Fugarull, Sta. Teresa, 10, 
A 
A NE 
       
    
   
   
  
  
  
  
 
	        
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