Full text: no. 39 (1883,39)

  
  
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(Continuacion). 
Y sin embargo, á pesar de esta seduccion, rmi- 
lady podia errar, pues Felton estaba prevenido. 
Desde entonces vigiló todas sus acciones, todas 
sus palabras, hasta su mas simple mirada, sus 
ademanes, y su respiracion que pudiesen inter- 
pretar como un suspiro. Por último, todo lo estu- 
dió, como bace un hábil cómico, ¡1 quien acaban 
de dar un papel nuevo que no ha acostumbrado 
nunca desempeñar. 
Su conducla en presencia de lord de Winter, 
era mas fácil; así es que desde la vispera habia 
ya decidido cuál debia ser. Permanecer muda y 
digna; alguna vez irrilarle con un afectado des- 
den, con una palabra despreciativa, incilarle á 
prorumpir en amenazas y violencias, que hicie- 
sen contraste con su propia resignacion; tal era 
su proyecto. Felton veria; tal vez no diria nada; 
pero veria. 
Hácia el medio dia entró lord de Winter. 
Hacia un hermoso dia de verano, y un rayo 
de ese sol pálido de Inglaterra, que alumbra, 
pero que no quema, penetraba en la habitacion 
al través de los hierros. 
Milad y estaba mirando por la ventana, y fin- 
gio no oir la puerta que se abria. 
— ¡Ah! ¡ah! dijo lord de Winter: dospdes de 
haber representado una comedia, quisisteis re- 
presentar la tragedia, y ahora tratais de repre- 
sentar un drama sentimental. 
La prisionera no respondió nada. 
="Si, sí, continuó lord de Winter, ya compren- 
do; bien deseariais hallaros libre en ese rio, en 
un buen buque y hender las olas de esa mar 
verde como la esmeralda; bien deseariais, sea en 
la maró en lu tierra, dirigirme una de esas em- 
boscadas que sabeis combinar tan bien. ¡Pacien- 
cia! dentro de cuatro dias os será permitido an- 
dar por el rio, la mar os será navegable, mas de 
lo que quisierais, pues dentro de cuatro dias 
quedará la Inglaterra desembarazada de vos. 
Milady juntó las manos, y levantó los ojos al 
cielo. 
—Senor, Señor, dijo con una angelical suavi- 
dad de ademan y de entonacion, ¡perdonad á este 
hombre como yo le perdono! 
—¡Sí, reza, maldita! esclamó el baron, tu sú- 
plica es tanto mas generosa, cuando que. estás, 
te lo juro, en poder de un hombre que no te per- 
donará. 
Y al decir esto salió. 
Al mismo tiempo dirigió milady una mirada 
penetrante hácia la puerta medio abierta, y dis- 
  
  
MUSEO DE NOVELAS. 
im LOS TRES MOSQUETEROS 
tinguió á Felton que se apartaba rápidamente 
para no ser visto por ella. 
Entonces, milady cayó de rodillas, y se puso 
á orar. 
— ¡Dios mio! ¡Dios mio! dijo, bien sabes por 
qué santa causa sufro; dame suficiente fuerza 
para ello. 
La puerta se abrió con suavidad, la hermosa 
proslernada aparentó no haberlo oido, y con 
una voz medio sofocada por las lágrimas, con- 
tinuó! 
— ¡Dios vengador! ¡Dios de bondad! ¿permiti- 
reis que se cumplan los horrorosos proyectos de 
este hombre? 
Al decir esto fingió oir los pasos de Felton, y. 
levantándose con la rapidez del io se 
ruborizó como si se avergonzara de haber sido 
sorprendida de rodillas. 
—No quiero molestar á los que rezan, señora, 
dijo con gravedad Felton; no os incomodeis por 
mí, os lo suplico. 
—¿Cómo sabeis que yo rezaba, caballero? dijo 
milady con voz sofocada por los sollozos, Os en- 
gañais, yo no estaba rezando. 
—Pensais, señora, repuso Felton con su mis- 
ma voz grave, aunque con mas dulce acento, 
que me creo con derecho de impedir á una cria- 
tura que se postra ante su criador? No lo permita 
Dios. Además que el arrepentirse es el deber de 
los culpables, cualquiera que sea el crímen que 
hayan cometido; y un culpable prosternado ante 
su Dios es una persona sagrada para mí. 
¡Culpable yo! dijo milady con una sonrisa 
que hubiera desarmado al ángel del juicio final. 
¡Culpable! ¡Dios mio! tú sabes si lo soy: decid 
que me han condenado, caballero, enhorabuena; 
pero bien lo sabeis, Dios que ama los mártires, 
permite sin embargo, que algunas veces sean 
condenados los inocentes. 
—Seais condenada, inocente ó mártir, mayor 
razon leneis para orar, y yo os ayudaré lambien 
con inis súplicas. 
—¡Oh! vos sois un justo, esclamó milad y pre- 
cipitándose á sus piés; mirad, yo no puedo con- 
tenerme por mas tiempo, pues creo que me han 
de fallar las fuerzas en el momento supremo en 
que me vea precisada á sostener la lucha, y con- 
fesar mi fé; escuched la súplica de una mujer 
desesperada. Os engañan, caballero, pero esto no 
importa ahora; no 0s-pido mas que una gracia, 
y si me la concedeis, os bendeciré en este mundo 
y en el otro. SS 
—Hablad á mi superior, señora, dijo Felton; 
afortunedamente no estoy encargado ni de per- 
donar, ni de castigar; á obro es á quien Dios ha 
entregado esa responsabilidad. 
  
  
  
  
 
	        
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