Full text: no. 41 (1883,41)

  
  
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LOS TRES MOSQUETEROS 
(Continuacion). 
Milady, con ademan rápido, abrió su vestido, 
desgarró la batista que cubria su hombro, y en- 
carnada como una grana por una cólera fingida 
y una vergienza bien representada, mostró al 
jóven la señal inestinguible que mancillaba aquel 
hombro tan lindo. 
— ¡Qué! ¡es una flor de lis lo que veo! esclamó 
Felton. 
—Y mirad dónde llega la infamia, respondió 
milady. ¡Si fuera La MARCA de Inglaterra!... hu- 
biera sido menester probar qué tribunal me la 
habia impuesto, y hubiera entablado una de- 
manda pública contra todos los tribunales del 
reino; pero por la marca de Francia..... ¡oh! ¡por 
esta estoy verdaderamente marcada! 
Esto era demasiado para Felton. 
Pálido, inmóvil, desconcertado por esta es- 
pantosa revelacion, anonadado por la hermosura 
sobrehumana de aquella mujer que se descubria 
á él con un impudor que encontró sublime, con- 
cluyó por caer de rodillas delante de ella, como 
hacian los primeros cristianos ante los puros y. 
santos mártires, á quienes la persecucion de los 
emperadores entregaba en el circo á la sangui- 
naria lubricidad del populacho. La marca des- 
apareció, solo veia Felton su hermoso sitio. 
—¡Perdon! ¡perdon! esclamó Eo 
¡perdon! 
Milady leyó en sus ojos: ¡Amor, Amor 
—¿De qué he de perdonaros? le preguntó. 
—De haberme unidoá vuestros perseguidores. 
Milady le presentó la mano. 
¡ ¡oh! 
—¡Tan hermosa! ¡tan jóven! esclamaba Felton. 
cubriendo esta mano de besos. 
Milady le echó una de esas miradas, que de 
un esclavo hacen un rey. 
Felton era puritano: ee la mano de aquella 
mujer para besar sus piés. 
Ya no la amaba, sino la adoraba. 
Cuando pasó esta crisis, y cuando milady 
hubo fingido que recobraba su sangre fria, que 
no habia perdido jamás: 
—¡Ah! ahora, le dijo el jóven, no tengo mas 
que una cosa que pediros, que es el nombre de 
vuestro verdadero verdugo, pues para mí no hay 
mas que uno; el otro era su instrumento d 
nada más. 
—Y que, hermano, Delmo milady, ¿se nece- 
sita todavía que le nombre? ¿y tú no has adivi- 
nado quién podrá ser? 
—:¡Quién! repuso Felton, ¡6l!.. 
| - . ¡todavía 6l!... 
¡siempre él!... 
¡Qué! ¿el verdadero culpable?... 
  
MUSEO DE NOVELAS. 
—El verdadero culpable, respondió milady, 
es el asolador de la Inglaterra, el perseguidor de 
los fieles creyentes, el cobarde usurpador de la 
honra de tantas mujeres; el que por un capricho 
de su corrompido corazon, va á hacer derramar 
tanta sangre á Inglaterra, que protege á los pro- 
testantes hoy, y que les hará traicion mañana. 
—¡Buckhingham! ¡El infame Buckhingham! 
esclamó Felton exasperado. 
Milady ocultó su rostro en sus manos, como si 
no hubiese podido soportar la vergiienza que le 
recordaba este nombre. 
—¡Buckhingham! ¡el verdugo deestaangelical 
criatura! esclamó Felton. ¡Y no lo has anonadado, 
Dios mio! y lo has dejado noble, lleno de honores, y. 
poderoso para que así cause nuestra pérdida total. 
—Dios abandona al que á sí mismo se abando- 
na, dijo milady. | 
— ¡Pero quiere atraer sobre su cabeza el casti- 
go reservado á los maldltos! continuó Felton con 
una exaltacion creciente. ¡Quiere que la vengan- 
za humana prevenga la justicia celestial! : 
—Los hombres le temen y huyen de él. 
— ¡Oh! yo, esclamó Felton, ¡no le temo, y no 
le huiré!.. 
Milady sintió su alma bañada de una, a alegría 
infernal. 
—¿Pero cómo lord de Winter, mi rálllción 
mi padre, preguntó Felton, se encuentra mezcla- 
do en esto? 
—Escuchad, Felton, repuso dy pues al 
lado de los hombres cobardes y despreciables hay 
caracteres grandes y generosos; yo lenia un ma- 
rido, un hombre que yo amaba y que me amaba 
(lá mí; un corazon como el vuestro, Felton, un 
hombre como vos. Le hice una declaracion y se 
llo conlé todo; él ya me conocia, y no dudóniun 
instante de cuanto habia dicho: Era un gran se- 
ñor,era un hombre igualen todo 4 Buckhingham. 
No me dijo nada, se ciñó su espada, se embozó 
en su Capa, y se MES al PUEDA de Buck-- 
hinghanm. 
—Sií, sí, dijo Felton, ya domipránds, aunque 
con semejantes hombres no es la espada, la que 
se necesita. emplear, sino el puñal. 
am habia partido desde la vispe= 
ra, enviado como embajador á España, adonde 
iba á pedir la mano de la Infanta para el rey 
Cárlos I, que no era entonces mas que príncipe 
de Gales. Mi marido volvió. 
    
  
  
y 
- —«Mirad, me dijo, este hombre ha marchado | 
momentáneamente, por consiguiente se escapa á 
mi venganza; pero entre tanto, permanezcamos 
unidos como dehomós estarlo, despues ateneos á 
lord de Winter, para mantener su honor y el de 
su mujer.» 
  
  
  
  
  
  
  
  
  
 
	        
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