Full text: no. 41 (1883,41)

  
  
  
  
  
  
  
  
MUSEO DE NOVELAS. 323 
—¡Lord de Winter! esclamó Felton. 
—$Sí, dijo milady, lord de Winter, y ahora de- 
beis comprenderlo todo, ¿no es así? Buckhingham 
permaneció ausente cerca de un año; ocho dias 
antes de su llegada, murió repentinamente lord 
de Winter, dejíndome su única heredera. ¿De 
dónde venia el golpe? Dios que todo lo sabe, sabe | 
esto sin duda, pero yo no acuso á nadie. 
—;¡Oh! ¡qué abismo! ¡qué abismo! esclamó 
Felton. 
—Lord de Winter murió sin haber dicho nada 
á su hermano. El terrible secreto debia quedar 
ienorado para todos, hasta tanto que estallase, 
como la pólvora, sobre la cabeza del culpable; 
vuestro protector habia visto con sentimiento 
esta union de su hermano con una jóven sin for- 
tuna. Conocí que no podia esperar ningun apoyo 
de un hombre engañado en sus esperanzas de 
herencia. Pasé á Francia á Á permanecer allí todo 
el resto de mi vida, pero todo mi caudal está en 
Inglaterra; cerradas, por la guerra, las comuni- 
caciones entre ambos reinos, todo me faltaba, y 
me ví obligada entonces á volverme; hace seis 
dias que llegué á Portsmouth. 
—¿Y que mas? preguntó Felton. 
—Que Buckhingham, sabiendo.mi vuelta, ha 
hablado á lord de Winter, ya prevenido contra 
mí, y le ha dicho que era una prostituta, una 
mujer marcada. La voz noble y pura de mi ma- 
rido no podia ya defenderme. Lord de Winter 
creyó todo lo que le dijeron, con tanta mas facili- 
dad, cuanto que tenia interés en creerlo. Me hizo 
prender y conducir aquí, poniéndome á vuestra 
custodia. El resto lo sabeis vos: pasado mañana 
me destierra, y me deporta; ¡pasado mañana me 
relega entre los infames! ¡Oh! ¡la trama está bien 
urdida! el complot es diestro, y no sobrevivirá 
mi honor. Bien veis que es menesler que yo 
muera. Felton, Felton, dadme ese cuchillo. 
Y al decir estas palabras, como si todas sus 
fuerzas se hubiesen agotado, milady se dejó caer 
débil y lánguida entre los brazos del jóven oficial. 
—No, no, le dijo este: no, tú vivirás, tú vivi- 
rás hompada y pura, tú vivirás pas triunfar de 
tus enemigos. 
Milady lo rechuzó lentamente con la mano 
_atrayéndole con su mirada. 
—¡Oh! ¡la muerte! ¡la muerte! repitió balbu- 
ciente y cerrando los ojos, ¡oh! la muerte antes 
que la ignominia. Felton, hermano mio, amigo 
-mio, te lo suplico. 
—;¡No, esclamó este, no, Lú vivitáoy quederás 
vengada! 
- —¡Felton, la desgracia alcanza á cuantos me 
rodean! Felton, abandóname; Felton, déjame 
morir. 
  
  
—Pues bien, entonces moriremos juntos. 
Varios golpes se oyeron en la puerta. 
—Escucha, le dijo, nos han oido, ya vienen, 
y estamos perdidos sin remedio. 
—No, contestó el joven, es el centinela que 
me avisa que llega una ronda. 
—Entonces, corred á la puerta y abrid vos 
mismo. 
Felton obedeció; aquella mujer era ya toda su 
vida, toda-su alma. 
Se encontró frente á un sargento mandando 
una patrulla de vigilancia. 
—;¡Y bien! ¿qué hay? preguntó el jóven te- 
niente. 
—Me habiais dicho que abriese la puerta si 
oia pedir socorro, dijo el soldado, pero se os ol- 
vidó dejarme la llave. Os he oido gritar sin en- 
tender lo que deciais; he querido abrir la puerta, 
pero estaba cerrada interiormente, y entonces 
llamé al sargento. - | | 
—Y aquí estoy, dijo este. 
Felton estraviado, casi loco, permanecia sin 
responder. 
Milady comprendió que á ella le tocaba apo- 
derarse de la situacion; corrió á la mesa, y tomó 
el cuchillo que habia puesto en ella Felton. 
— ¿Y con qué derecho quereis impedirme que 
muera? le dijo. 
—¡Gran Dios! esclamó Felton viendo Drdar 
el esla lo en su mano. 
_ En este momento, una carcajada de risa iró- 
nica resonó en el corredor. , 
El baron, atraido por aquel tumulto, 3 pre- 
sentó en bata, y con la espada debajo del brazo, 
en el dintel de la puerta. 
—¡Ah! ¡ah! dijo, hénos aquí en el último acto 
de la tragedia; ya lo veis, Felton, el drama ha 
seguido todas las faces que yo habia indicado; 
pero tranquilizaos, no correrá la sangre. 
Milady comprendió que estaba perdida si no 
daba á Felton una prueba inmediata y terrible 
de su valor. : 
—0Os engañais, milord, sí correrá, ¡y ojalá que 
esta sangre caiga sobre los que la hacen correr! 
Felton dió un grito y se precipitó hácia ella, 
mas era demasiado tarde; AS se Dion he- 
rido. 
Pero el cuchillo encontró atera: ó 
mejor por efecto de la destreza que empleó mi- 
lady, la piaca de acero de su corsé, que en esta 
época defendia, como una coraza, el pecho de las 
mujeres; habia resbalado desg arrando las ropas, 
y penetrado el sesgo entre la. carne y las cos- 
tillas 
Los vestidos de milad y se cubrieron de sangre 
en un segundo. | 
 
	        
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