Full text: no. 45 (1883,45)

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comprometido para siempre mi salvacion por la | 
desesperacion en que me habeis sumido. Morid 
en paz. 
Lord de Winter se adelantó á su vez. 
—Os perdono, le dijo, el envenenamiento de | 
mi hermano, y el asesinato de su Gracia lord 
Buckhingham. Os perdono la muerte del po bre 
Felton. Os perdono vuestras tentativas contra 
mi persona. Morid en paz. 
—Y á mí, dijo d'Artagnan, perdonadme se- 
nora, el haber, por una bellaquería, indigna de 
un Caballero, provocado vuestra cólera, y en 
cambio, os perdono yo la muerte de mi desgra- 
ciada amiga, y vuestras crueles venganzas res- 
Os perdono y lloro por vos. Morid 
pecto á mí. 
en paz. 
—¡J Mus 
¡T mus die! | 
Entonces se levantó, y dirigió en derredor 
suyo una de aquellas miradas relucientes que 
parecian salir de un foco de fuego. 
—¿A dónde voy á morir? preguntó. 
—En la otra orilla, respondió el verdugo. 
Entonces la hizo entrar en la barca, y cuando 
iba á poner en ella el pié para seguirla, Athos le 
dió un bolsillo de dinero. 
—Tomad, le dijo, este es el precio de la eje- 
cucion; que se vea que obramos como jueces. 
—Está bien, dijo el verdugo, pero quiero que 
sepa esta mujer que no cumplo mi encargo, sino 
mi deber. 
Y arrojó el bolsillo al rio. 
—Mirad, dijo Athos, esa mujer tiene un bijo, 
y sin embargo, no ha dicho ni una palabra de él. 
La barca se alejó hácia la orilla izquierda del 
Lis, conduciendo á la culpable y al verdugo. 
die! murmuró en inglés milady. 
Los demás permanecieron en la orilla derecha á| 
donde habian caido de rodillas. 
Milady, durante la travesía, habia conseguido 
desatar la cuerda que amarraba sus piés; al lle- 
gar cerca de la orilla, saltó á lierra con ligereza 
y emprendió la fuga. 
Pero el piso estaba húmedo y al llegar al alto 
de una escarpa, resbaló y cayó de rodillas. 
Una idea supersticiosa la hirió sin duda; creyó 
que el cielo le negaba sus socorros, y se quedó 
en la actitud en que se hallaba con la cabeza in- 
clinada y las manos juntas. 
Entonces se vió desde la otra orilla al verdugo 
levantar lentamente sus dos brazos; un rayo de 
Juna se reflejó sobre la hoja de su espada, y los 
dos brazos cayeron; oyóse el silbido del acero y 
el grito de la víctima; en seguida una masa sin 
vida se hundió bajo el golpe. 
Hecho esto, el verdugo se quitó su capa roja 
MUSEO DE NOVELAS. 
| po, y echó la cabeza, la amarró por los cuatro 
| eslremos, y dargándola sobre sus hombros, vol- 
| vió á la barca. 
¡Cuando hubo llegado al medio del Lis, detuvo 
¡la barca, y levantó su fardo 
— ¡Dejad pasar la justicia de Dios! esclamó en 
alta voz. 
Y dejó sumergirse el cadáver en el seno del rio. 
CAPÍTULO LXVIH 
Un mensaje del cardeaal. 
RES a Boa dec los cuatro 
ris; no habian ad los 
límites de su licencia, y la 
misma noche fueron á hacer 
su visita acostumbrada á Tre- 
"Ue. 
— ¡Vaya! señores, les dijo el valiente capitan, 
¿os habeis divertido en vuestra escursion? 
—Prodigiosamente, respondió Athos en su 
nombre y en el de sus camaradas. ] 
El 6 del mes siguiente, el rey, cumpliendo 
al cardenal la promesa que le habia hecho de vol- 
ver á la Rochela, dejaba á Paris atolondrado aun 
á causa de la nueva que acababa de espacirse de 
que Buckhingham habia sido asesinado. 
Aunque prevenida la reina de que el hombre 
que tanto amaba corria peligro, no quiso creer 
su muerte cuando se la anunciaron, y aun co- 
  
metió la imprudencia de esclamar sencillamente: 
—No es verdad; acaba de escribirme. 
Pero al dia siguiente le fué preciso dar crédito 
á esta faltal nueva. Laporte, retenido en Ingla- 
lerra, como todo el mundo, por las órdenes del 
rey Cárlos I, llegó portador del último y fúnebre 
qa que Buckhingham enviaba á la reina. 
| regreso del rey á da Rochela fué paraa 
sn briste. 
Nuestros cuatroamigos, sobre todo, catisabanla 
admiracion de sus camaradas; caminaban jontos, 
con la mirada sombría y la cabeza baja. Solo 
Athos levantaba de vezen cuando suancha fren- 
te, un relámpago brillaba en sus ojos, y una son- 
risa amarga aparecia en sus labios; en seguida, 
semejante á sus camaradas, se > aba de nue- 
vo en sus reflexiones. $ 
Inmediatamente que llegaba la Scola á una 
ciudad, despues de haber conducido al rey á su 
| alojamiento, los cuatro amigos se retiraban á sus 
  
  
, ¡Casas Ó á una taberna apartada, donde no juga- 
la estendió en el suelo, acomodó en ella el cuer- | ban ni bebian, sino solamente hablaban en voz 
  
  
 
	        
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