Full text: no. 45 (1883,45)

' 
l 
. 
pp 
  
  
  
  
  
  
MUSEO DE 
baja mirando con atencion si les escuchaba ál— 
guien. 
Un dia que el rey habia hecho alto en el cami- 
no para cazar al vuelo, los cuatro amigos, segun 
su costumbre, en vez de seguir la caza, se ha- 
bian detenido en una taberna; un hombre que 
venia de la Rochela, á caballo, se paró á la puer- 
ta para beber un vaso de vino, y dirigiendo su 
mirada al interior de la sala, en que estaban los 
cuatro amigos, dijo: 
—¡Hola! d'Artagnan, ¿no sois vos el que veo 
ahí? 
D'Artagnan levantó la cabeza y dió un grito 
de alegría. El hombre que le llamaba, era aquel 
fantasma, aquel desconocido de Meung, de la ca- 
lle de Fosoyeurs y de Arras. 
D'Arlagnan sacó su espada, y se lanzó hácia la 
puerta. 
Pero esta vez, en lugar de huir, el desconoci- 
do se bajó del caballo, y se adelantó al encuen- 
tro de d'Arlagnan. y 
—¡Ah! caba!lero, le dijo el jóven, por fin os al- 
canzo. Esta vez no os escapareis., 
—No es esa mi intencion tampoco, caballero, 
pues os buscaba. En el nombre del rey daos á 
prision. 
— ¡Cómo! ¿qué decís? esclamó d'Artagnan. 
—Digo que teneis que entregarme vuestra es- 
pada, caballero, y sin resistencia. Os va en ello 
la cabeza, os lo advierto. 
—¿Quién sois vos? preguntó d'Artagnan ba- 
jando su espada, pero sin entregarla todavía. 
—Soy el caballero de Rochefort, respondió el 
desconocido, el escudero del cardenal de Riche- 
lieu, y traigo órden de conduciros ante su Emi- 
nencia. 
—Nosotros vamos á donde reside su Eminen- 
cia, caballero, dijo Athos adelantándose y creo 
aceptareis la palabra de d'Artagnan que se dirige 
en línea recta á la Rochela. 
—Debo entregarle en manos de los guardias 
que le conducirán al campamento. 
Nosotros le serviremos de guardia, por nues- 
tra palabra de caballeros; pero tambien por nues- 
tra palabra de caballeros, añadió Alhos frunciendo 
las cejas, d'Artagnan no se separará de nosotros. 
El caballero de Rochefort echó una mirada há- 
cia atrás, y vió que Porthos y Aramis se habian 
colocado entre él y la puerta; conoció que se ha- 
lMaba enteramente 4 merced de aquellos cuatro 
hombres. ] he 
—Señores, dijo, si d'Artagnan quiere entre- 
garme su espada y unir su palabre á la vuestra, 
me contentaré con la promesa que me habeis he- 
cho de conducir á d'Artagnan á la prosencia del 
cardenal. 
  
  
  
  
NOVELAS. 359 
—0Us doy mi palabra, caballero, y aquí leneis 
mi espada. 
—Eso me agrada tanto mas, cuanto que es pre- 
ciso que continue mi camino, añadió Rochefort. 
—5SL es para encontrar á milady, dijo fria- 
mente Athos, es inútil, no la vereis. 
—¿Qué le ha sucedido? preguntó vivamente 
Rochefort. 
—Volved al campamento y lo sabreis. 
Rochefort permaneció un instante pensativo; 
pero como no estaban mas que á una jornada de 
Surgeres, hasla donde el cardenal se habia ade- 
lantado para recibir al rey, resolvió seguir el 
consejo de Athos, y volverse con ellos. 
Al dia siguiente, á las tres de la tarde, llegaron 
á Surgeres; el cardenal esperaba allí á Luis XJII. 
El cardenal, que habia sido avisado por Roche- 
fort de que d'Artagnan estaba ya preso, y que 
lenia prisa por interrogarle, se despidió del rey, 
invitándole á ir á ver al dia siguiente los traba- 
jos del dique, que estaban acabados. 
Al volver por la noche á su alojamiento del 
puente de Pierre, el cardenal encontró de pié, 
delante de la puerta de su casa, á d'Arlagnan sin 
espada y á los tres mosqueteros armados. 
Esla vez como se hallaba con gente, los miró 
con severidad é hizo ademan á d'Artagnan de que 
le siguiese. | 
Este obedeció. 
—D 'Artagnan, te aguardamos, dijo Alhos bas- 
tante alto, para que el cardenal lo oyese. 
Su Eminencia frunció las cejas, y se detuvo 
un instante; en seguida continuó su camino sin 
pronunciar una palabra. 
Su Eminencia se dirigió á la habitacion que 
le servia de gabinete; hizo seña á Rochefort de 
que introdujese al jóven mosquetero. 
Rochefort obedeció y se retiró. 
D'Artagnan quedó solo en frente del cardenal; 
esta era su segunda entrevista con Richelieu, y 
confesó despues que se hallaba o convencido 
de que seria la última. 
Richelieu permaneció de pié on emu 
chimenea; una mesa estaba iia entre él y 
d'Arlagnan. y | 
—Caballero, dijo el cardenal, habeis sido pre- 
so por órden mia. 
 —Así me lo han dicho, monseñor. 
—¿Sabeis por qué? 
—No, monseñor, pues por lo úuico que podia 
| ser preso no lo sabo todavía vuestra Eminencia. 
Richelieu miró fijamente aljóv en. 
— ¡Hola! le dijo, ¿qué quiere decir eso? 
—sSi monseñor quisiera hacerme saber los crí- 
metes que me imputan, yo le diré en seguida 
lo. que he hecho. | 
 
	        
© 2007 - | IAI SPK

Note to user

Dear user,

In response to current developments in the web technology used by the Goobi viewer, the software no longer supports your browser.

Please use one of the following browsers to display this page correctly.

Thank you.