Full text: Tomo 1 (01)

    
   
Viejo tropezó con el suelo duro, pero levan- 
fándose sin un grito, sin una queja, ful- 
'Minó contra los dos ingleses ardientes mi- 
tadas. 
Jim continuó : 
-—Vas á responderme sin dilación. ¿Dón- 
¡de ha ido á parar mi caballo Forwaert? 
Los labios dde Zimbo se entreabrieron 
¡Wha nueva llama pasó por su semblante, y 
articuló lentamente: 
Jim Blackbaern, pertenezco á una raza 
lbre, cuya independencia garantizan los tra- 
tados; no tienes derecho á prenderme ni á 
Mterrogarme. 
¡Ah! ¡ah! ¡La buena historia que siem- 
Pe cuentas canalla! Esos tratados no los 
€ firmado yo, ¡y comprenderás el caso 
Qe hago de ellos. Pero ¡basta de broma! 
€ asegura que eres lel adivino y el hechi- 
“tro del desierto, que todo lo sabes y nada 
Sé te escapa. ¡Tú puedes decirme lo que 
a sido de mi caballo Forwaert. 
Ignoro lo que quieres decir, y aunque lo 
Spiera, no te respondería. 
Ponte en guardia! Yo dispongo de me- 
dios... 
Esos medios, el negro Zimbo los des- 
¡drecia, comio desprecia á Blackbaern, el de 
Pálido rostro. 
La mofa de Jim desapareció súbitamente 
Sus rasgos se colorearon, una nube de có- 
"a pasó ante sus ojos. 
Ti Me desprecias! Ah, pues me obligas á 
“Munciar á mis últimas amenazas. Tu eres 
Wien ha robado mi caballo Forwaert, 
tOyes?... Eres tú... ¡úl 
El negro alzó los hombros. 
Jim Blackbáern echaba espuma, su her- 
se sonreía burlonamente. 
—SÍ, tú eres quien ha robado á Forwaert. 
Porwaert, una bestia magnífica que vale 
“len libras, las mismas que me vas á re- 
“bolsar sobre ese tesoro que posees. y 
Ya existencia yo conozco. 
Una crispación nerviosa pasó por la faz 
“viejo negro, su pecho se levantó como si 
pres á punto de romperse, dió un grito 
in y, burlando la vigilancia de Swani, 
Ve e sobre Jim Blackbaern y, por dos 
Ss, le golpeó el rostro. 
* movimiento había sido tan imprevisto, 
   
   
  
  
    
   
    
    
  
  
    
  
   
LA SEÑORITA MONTECRISTO > P 9 
tan brusco, que nadie había podido impe- 
dirlo. NS 
Jim palideció, quedando un instante como 
hipnotizado. Eo 
Después dejó escapar un rugido de bestia 
feroz, y su faz pasó del blanco al violáceo. 
Levantóse, dejó caer su pesada mano so- 
bre Zimbo que no se había movido, y le 
batió como ¡una masa. : 
Por un segundo, contempló el cuerpo de 
su víctimia inerte sobre el suelo. 
Pero su rabia no se había saciado. 
Arrancó á Swani el látigo que éste había 
cruzado por su ¡cintura y, á pesar de los 
murmullos de los negros, se puso á pegar 
al hombre sin defensa, que á sus pies tenía. 
La fusta silbaba alrededor de su cabeza 
y con brutal estrépito sobre el lomo del po- 
bre diablo que estriaba dé rayas sangrientas. 
Pronto la espalda y los riñones de Zim- 
bo, no fueron ¡más que una papilla san- 
grienta. 
¡Y Jim pegaba siempre! 
Alrededor de'él, los negros, que no ha- 
bían cesado de ver en Zimbo una especie 
de hechicero, hijo ddel rey, y que, á éste 
título, le tenían una especie de veneración, 
comenzaron á protestar en voz alta, 
A poco, se tornaron amenazadores. 
Joe que había aprendido á conocer el 
carácter de los cafres y que sabía que: 
estos medio salvajes tienen cóleras terribles 
cuando se les exaspera, temió una rebe- 
lión, y ise dijo que era tiempo de inter- 
venir, PE 
Con su claudicante paso, se aproximó 
á Jim, y cogiéndole el brazo, le dijo: 
—¡ Basta, hermano!... ¿No ves que el 
hombre está á punto de entregar el alma? 
Después de haber descrito. un- último 
círculo en el espacio, después de- haber 
caído una última vez sobre sobre'los miem- 
bros del supliciado, ¡el látigo se detuvo. 
Jim lanzó lejos de sí el instrumento de 
tortura. o 
Fué derecho á la mesa, se apoderó de 
la cantimplora de ginebra, la llevó á sus 
labios y la vació hasta el fondo: 
- Entonces, ebrio. de ¡odio y de alcohol, 
designó el cuerpo inanimado de la víctima. 
Y dijo con voz rasgada: 
. 
   
        
        
        
       
       
     
    
      
   
    
   
    
     
   
    
   
    
   
   
   
   
   
   
    
   
   
   
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