Full text: La posada maldita (Bd. 3)

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ra permanecer al lado del cadáver de su hijo 
hasta la hora del entierro, no acertaba á expli- 
.Carse el excochero que no estuviese allí. 
De pronto se abrió la puerta y Rigolo entró 
como una tempestad. . 
Reía y lloraba á la vez, abrazó al excochero 
le dijo: 
—¡Ah! ¡Si supieses qué bueno es Dios! 
El excochero creyó que el dolor había enloque 
cido á Rigolo, que continuó: 
—¡ Mi hijo no ha muerto! ¡Mi hijo se salvó! ¡Dios 
hizo un milagro! 
—Tal vez sean los médicos los que lo hicieron 
—dijo el anciano presidiario al que una vida mi- . 
serable había endurecido el corazón—y no la Pro- 
videncia. ] 6 
—No, no—respondió Rigolo riéndose á través 
de sus lágrimas, —los médicos no podían hacer 
hada y le desahuciaron. Fué la señorita la que 
con su abnosación y su presencia de ánimo me 
devolvió mi hijo. 
—¿De qué señorita habláis?—preguntó el exco- 
chero. . 
—De una joven perseguida, de una "4 la que 
la familia de un joven que la ama, hicieron ence- 
rrar en San Lázaro en combipañía de las ladronas. 
- —¿Y cómo se llama ?—preguntó estremeciéndose 
el excochero. 
—Es la señorita Antonieta. 
¡Antonieta! | 
_ —¿La conocéis?—preguntó Rigolo. 
-—¡Es ella! 
—¿ Quién es ella?—dijo el enterrador. 
- —Sí, la misma por la que el amo va á venir A 
- ya gs dije que era un hombre que puede todo lo 
que quiere, y prueba de ello que detuvo en su 
- camino la cuchilla de la guillotina que iba á caer 
sobre mi cuello, eds | 
  
  
 
	        
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