Full text: 1.1911,4.Nov.=Nr. 2 (1911000102)

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Recien llegado 
del charco, ha oído hablar mu- 
cho de las estancias del Plata, de las propiedades 
de varias leghas de extensión, de los rebaños in- 
mensos, de las pampas fértiles y casi desiertas; y 
su- imaginación “de diez y ocho años se ha alboro- 
tado; y también ha soñado con conquistar la Amé- 
rica. , - 
Sabe que un miembro de su familia, primo lejano 
ó tío dudoso, está: desde muchos años en Buenos 
Aires y qué vive en el campo, criando hacienda. 
Hace muchos años que ha dejado de escribir, pero 
tiene forzosamente que haber hecho fortuna, pues 
en aquellos países, es sabido que todos hacen fortu- 
na, especialmente los tíos, y con una carta de reco- 
mendación escrita por su padre á este casi descono- 
cido, toma pasaje para Buenos Aires. 
El muchacho es despejado; chapurreando el idio- 
ma como puede, indagando por los diarios y por el 
consulado de su tierra, pronto. consigue averiguar 
el paradero de su pariente y ponerse al habla con 
él, hasta saber que" lo espera en la estancia, pues 
es cierto que tiene estancia, y conseguir los medios 
y las indicaciones para ir y llegar á ella. 
Quince horas de tren, un día entero de galera, 
ocho leguas á caballo: es un viaje mucho más com- 
plicado que los treinta días de vapor; pero á los 
diez y ocho años, todo lo nuevo gusta, y el aire, el 
movimiento, las peripecias y hasta los percances, 
todo embriaga y se resume en un apetito feroz. 
Puede ser que .el hombre maduro ó en busca del 
pan cuotidiano, la encuentre monótona, triste, pol- 
vorosa, fea, mas la juventud todo lo ve lleno de 
alegría y su movibilidad pronto se adapta al medio, 
cualquiera que sea, donde lo' coloque la casualidad. 
Para ella, todo campo es pradera y el porvenir pura 
esperanza; y sólo le parecen reales en el desierto 
más árido el espejismo y sus ilusiones. 
¡Quince horas de tren! un paseo; dormir, comer, 
cantar, mirar el paisaje, y se acabó... ¡ya! ¡tan 
pronto! y viene la galera. Apretado adentro ó col- 
zado del pescante, mareado 6 quemado por el sol, 
ó cortado por el viento, pero ¡qué viaje lindo! nada 
más que porque es viaje. Ya se familiariza el mu- 
chacho con muchas cosas que van á ser parte de 
su vida. Ayuda al mayoral á agarrar los caballos; 
primero, los asusta porque no sabe; no los ataja, 
los persigue; los espahta con los ademanes con que 
los quiere detener, pero pronto aprende y hace co- 
mo los demás. También aprende 4 comer galleta, 
lo que nunca le había sucedido, y á chupar con 
bombilla, en un puesto hospitalario, un grán tarro 
de café. Lo miran todos, admirados. primero, son- 
rientes en seguida por su ignorancia de las cosas 
del país. El sigue, no del todo impasible, pues bien 
ve que se burlan un poco de él; pero crée que es 
por las morisquetas que hace al quemarse, ó porque 
no lo creían capaz de tomárselo todo. ¡Qué no va 
á poder! Puede, no más, y todito se lo traga, aun- 
que encuentre que es mucho café de un tirón. Des- 
pués ve que cada uno sólo tomá algunos sorbos con 
la bombilla y pasa el tarro al vecino, pero ya es 
tarde para componer la plancha. También, ¿quién 
iba 4 suponer? : 
Las ocho leguas para llegar á la estancia desde 
la posta son un poco penosas para él que ni dos 
veces en su vida ha andado á caballo; pero el ani- 
mal á quien lo confían es mansísimo y de buen 
galope, y, siguiendo la tropilla, acompañado por un 
peón con quien trata de conversar en .su media len- 
gua, las recorrerá sin sufrir demasiado. La emoción 
del primer galope pronto se volverá orgullo al verse 
tan jinete, y sólo cuando hayan pasado una hora 6 
dos y que empiecen á hacerse sentir las inevitables 
quemaduras de la carne blanda aún, meneada sin 
cesar en los. duros bastos del recado, se marchitará 
el entusiasmo del joven conquistador. Largas le pa- 
recían Jas dos últimas leguas, con el caballo ya me- 
dio pesado, dando tropiezos que avivan el dolor, y 
con el cuerpo deshecho por el cansancio; pero, hay 
que llegar, y se llegará nomás 4á la estancia, sobre 
Alá, del otro dadó 
  
la cual le ha dado detalles su compañero de viaje. - 
Sabe ya el muchacho que su pariente es hombre 
muy bueno, pero muy delicado para el trabajo, muy 
madrugador y activo; que la estancia se compone 
de cuatro leguas, en las cuales pacen como seis 
mil ovejas, tres mil vacas y quinientas yeguas; 
y con estos datos y otros más, no puede menos que 
combinar en su cabeza, á pesar de la realidad que 
tiene por todas partes á la vista, un cuento de las 
mil yuna noches sobre la fortuna prodigiosa y las 
riquezas de su tío, primo ó no sabe qué. 
Llega por fin, y casi con asombro ve que la es- 
tancia es un gran rancho, de paredes de barro con 
techo de paja, rodeado de otros ranchos más chicos 
6 más grandes, cocina, galpones ó gallineros, pero 
de la misma hechura. Lo recibe en el palenque, 
campechanamente, un casi campesino de su tierra 
avivado por su prolongada americanización, rodeado 
de su mujer, muy trigueña, y de numerosa prole, 
quien cordialmente lo abraza, dándose Á conocer, 
en el idioma materno algo olvidado, por el pariente 
buscado, gozoso en el fondo de que los de allá— 
emburguesados un poco y algo engreídos—hayan 
tenido que acordarse de él para pedir su protección 
contento también de poder tener 4 su servicio, para 
ayudarlo en sus faenas, un muchacho bien dispues- 
to, sin sueldo y de confianza. 
El joven recién llegado, no deja de admirarse 
de que el dueño de tan inmensa propiedad sea casi 
tan sencillo en su modo de ser, de vestir y de vivir, 
como cualquiera pastor de su tierra. 
Pensaba encontrar un palcete y da con un rancho; 
creía hallar á todo un señor y se encuentra con un 
campesino. Extraña más aún esa pobreza de vida, 
al ver, á la tarde, volver al corral una interminable 
majada, que para él, europeo aún, presenta rique- 
zas sin cuento, y al día siguiente, al ver rodeadas 
las vacas á millares; pero pronto comprenderá que 
todo en este mundo es relativo, que lo que mucho 
abunda poco vale, y también que para gozarla con 
seguridad, hay que edificar primero su fortuna en 
los sólidos cimientos de la economía y del trabajo. 
7 Godofredo DAIREAUX. 
  
Medio dia 
Deslumbra el sol en la mitad del cielo; 
Mares de luz desde el zénit envía, 
Y ante su rayo abrasador, el hielo 
Se torna en llanto en la montaña umbría. 
Es la hora del trabajo en las ciudades; 
Recomienzan los hombres sus tareas, 
Y el humo entre infinitas claridades 
Brota de las negruzcas chimeneas. 
En las lagos las náyades á solas 
Flotan cual sobre piélagos de llamas, 
Y los peces ostentan en las olas 
El oro y el azul de sus escamas. 
Oyese el rudo golpe del martillo 
Sobre el ascua que cruje y que se queja, 
Y en los prados la voz del caramillo 
Hace dúo al balido de la oveja. 
Arde la tierra; el ave se guarece 
Bajo las verdes y tupidas frondas, 
El trigal brilla, y ante el sol parece 
Sordo huracán de cabelleras blondas. 
Hunde el gañán la deslumbrante azada 
En los surcos que el rojo sol caldea, 
En tanto que su-frente retostada 
De sus cabellos el sudor gotea. 
  
  
  
E 
  
  
 
        
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