Full text: 1.1911,18.Nov.=Nr. 4 (1911000104)

  
  
  
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TIPOS Y PAISAJES 
El panylasal 
El erepúsculo parecía ahuyentar de la superfi- 
cie de la tierra todo lo que, momentos antes, re- 
saltaba tan netamente recordado. 
Don Martín había rodeado su majada, desensi- 
llado su caballo y lo había atado con maneador 
largo para que pudiera comer algo durante la no- 
che. Su rancho, habitación provisoria de pastor 
errante y sin familia, era de adobe crudo, angos- 
to y bajo, cubierto con algunas chapas de fierro 
de canaleta y le servía de cocina, de comedor y 
de dormitorio. Entró en él, prendió un candil de 
sebo, y empezó á arreglar en el medio de la pie- 
za el fuego para cocinar su pobre puchero de so- 
litario y hacer hervir el agua del mate. Pren- 
dido el fuego, colocó -en él la olla, provista ya de 
los elementos del puchero que debía constituir su 
frugal cena, se sentó en una cabeza de potro, car- 
26 el pito, rascó el mate, lo llenó de yerba y es- 
peró que cantase la pava. Un gran perro se es- 
tiró á su lado, mirando también la llama. 
Así, sólo, perdido en la Pampa, pasaba sema- 
nas enteras, sin ver alma viviente, meses sin sa- 
ber nada del resto del mundo y sin que nadie su- 
piera nada de él. 
De repente, el perro levantó la cabeza, paró la 
oreja, salió del rancho y empezó á ladrar con 
fuerza. Don Martín se levantó y, agachándose 
en el unbral de la puerta, trató de penetrar la 
obscuridad, densa ya de la noche. 
Un: jinete se venía acercando. Al cabo de un 
“ rato, cerca ya del palenque, se paró y pronunció 
la frase sacramental: ““Ave María”, á la cual 
contestó don Martín sin vacilar: “Sin pecado 
contebida. Bájese si gusta”? haciendo, al mis- 
mo tiempo, callar al perro. , 
El jinete se apeó, ató el caballo al palenque y 
entró con don Martín en la pieza. 
El hombre, un gaucho pobremente vestido, con 
la cabeza muy envuelta en un pañuelo de algo- 
dón- que, con el sombrero gacho, disimulaba par- 
te de sus facciones, dejando sólo brillar dos ojos 
pequeños "y centelleantes, tenía, en conjunto, cara 
tán poco simpática, que don Martín, al momento, 
se acordó que en los días pasados, había vendi- 
do quinientos capones y que se los habían pa- 
gado enla puerta del corral con un dinero que 
justamente tenía en el tirador. 
“Pero fué solo cosa de un rato. Don Martín con- 
cedió al forastero licencia para desensillar, pen- 
sando que. al fin,.con- cuidarse tun poco un hom- 
bre vale otro hombre:- También puede ser-que-se 
“resistiera su mente generosa de montañés piri- 
neo á discutir siquiera la religión innata de la 
hospitalidad. Le alcanzó el mate, y siguiendo, 
él, los preparativos de la cena, se fué á un rin- 
cón de lá habitación á sacar del cajón la sal, 
  
  
     
envuelta en un papel de estraza, y de una bolsa, 
cuatro galletas, ese pan rústico: el pan y la sal, 
sagrados emblemas de la hospitalidad antigua. 
En este momento, sonó el estridente grito de la 
lechuza, al cual don Martín no hizo caso, mien- 
tras pasaba un relámpago en los ojos del gau- 
cho. Otro grito igual se hizo oir, un rato después, 
y éste se estremeció. 
Don Martín, incauto, seguía su trabajo de hues- 
ped atento, y en el momento que se inclinaba 
para agregar una presa á la olla, se levantó el 
forastero, — el huésped infame, — y de un bo- 
lazo en la cabeza volteó al pobre vasco. Este 
pudo todavía, aunque aturdido por el golpe, des- 
nudar la cuchilla y acometer á su vil agresor; pe- 
ro se encontró frente á dos más, emponchados, 
de cara tiznada, quienes después de corta lucha, 
dieron con él en el suelo, acribillándolo á tajos. 
Revolvieron el cajón, el catre; desataron el ti- 
rador de la cintura del cadáver y apoderándose 
de su contenido, se lo repartieron, entre risas. 
Entre risas, se comieron el puchero, y arrastran- 
do el cuerpo de la víctima hasta el pozo, entre 
risas, lo tiraron en él, de cabeza. Y burlándose 
de los aullidos del perro que, acostumbrado á ca- 
zar los pequeños bichos del campo nunca había 
visto fieras y no se atrevía á acercarse, montaron 
-á caballo y, cortando á tientas en la obscuridad, 
todo lo que de la majada podía caminar ligero, 
  
    
. Se internaron, arreando su botín, en los espesos 
y desiertos fachinales de la Pampa. 
A los cinco días pasó por allí un vecino, — ve- 
cino de á cuatro leguas, — y bajándose entró á 
saludar á su amigo don Martín. Pronto se dió 
cuenta de lo ocurrido: las pocas ovejas que que- 
daban desparramadas; el caballo atado á soga, 
.que no habían querido llevarse los malhechores, 
para mc ser vendidos por la marca, quizás, y 
muerto de sed y hambre; el perro, vagando, au- 
llando tristemente y resistiéndose á acudir á su 
llamado; el tirador vacío, en el suelo; el revolti- 
jo de cosas en el rancho, y por fin una alparga- 
/ta que, desprendida, había quedado en la orilla 
del pozo y le sirvió de indicio para adivinar que 
ahí era la tumba del pobre. 
No extrañes ahora, viajero, si alguna vez, á las 
horas del crepúsculo, al acercarte á un palen- 
que para pedir hospitalidad, oyes á la mujer tem- - 
blorosa insinuar al marido: ““Por Dios, decile 
que no se puede; que no tenemos comodidades””. 
GODOFREDO DAIREAUX. 
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