Full text: Año 1.1912=No. 3 (1912000300)

MASANIELLO 
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t¡ nto la charlatanería é impostura necesa 
rias en su posición), dijo á los circunstantes: 
Pueblo mió, aunque nunca he sido solda- 
•1° ni juez para poder regir con acierto, me 
Aspira el Espíritu Santo;” le contestó un 
c husco: “Di que te inspira el padre eterno”, 
aludiendo á Genovino, viejísimo, calvo y 
c °u barba blanca. 
Cerca del medio día fué terminada en la 
'Slesia del Cármen la capitulación que de- 
k' a ser leída al pueblo para que la aprobase. 
^ el cardenal envió á su hermano, fraile 
Ca Puchino, á Castelnovo, para dar parte de 
l°do lo ocurrido al duque de Arcos á exhor 
te y á no oponer una resistencia inútil á 
'as nuevas exigencias. Este le contestó que, 
cuanto fueran aprobados por el pueblo 
*°s artículos de la avenencia, les daría su 
Sa ución. Y entre tanto le envió una prag- 
•uática en forma, revalidando el privilegio 
cle Carlos V, alzando todas las gabelas y 
^cediendo indulto completo, sin usar de 
ils glabras “perdón” y “rebelión” que 
tan mal efecto habían causado, y acompa- 
tla da de un billete de su puño pidiendo al 
helado que publicara aquellos documentos 
6ri forma pontificia. 
Con tan buen despacho, y creyendo el 
''‘"¿obispo llegado ya el deseado fin de tan- 
0 desconcierto, avisó á Masanielo que unie- 
la e ' pueblo en la plaza del Mercado para 
° lr 'os artículos acordados que debían lue- 
Presentarse á la aprobación del virrey 
' V P ar a publicar solemnemente el privilegio 
y la 
Pragmática. 
, Cl jefe popular dió inmediatamente sus 
° r denes para que á las dos de la tarde con- 
(:U| 'r¡esen en la plaza los cabos de barrio, 
11 Parte de su fuerza bien armada y pro- 
Ct, dejando el resto sobre las armas en 
j re spectivos puestos. 
Llegada la hora se llenó la extensa plaza 
e Mercado de un inmenso gentío que acu- 
t 0 ar >sioso á ver el desenlace de aquel espan- 
So drama, y el fin anhelado de tan violenta 
(lección- Y al cabo de corto rato la llegada 
c , l "'os trescientos bandidos forasteros á 
alio y armados completamente, causó 
s ner al inquietud. Esta aparición inesperada 
^Prendió tanto á Masanielo como á la tur- 
L'ero Domingo Perrone lo aquietó di- 
ciéndole que era gente suya y de toda con 
fianza, que venía á reforzar al pueblo y á 
ayudarlo en su empresa. Y esta misma ex 
plicación la hizo correr de boca en boca por 
la multitud. No satisfizo mucho al pescade 
ro y quiso disponer que se les acuartelara y 
sobre todo, que dejasen los caballos porque 
incomodaban con ellos al gentío. Mas^Pe- 
rrone le aseguró de tal modo haciéndoles 
echar pié á tierra, que al cabo los bandidos 
se mezclaron con el pueblo y aún algunos 
de ellos entraron so pretesto de rezar á la 
Virgen en la iglesia del Carmen, donde no 
faltaba concurrencia. 
Entró Masanielo en el convento para avi 
sar al arzobispo de que ya esperaba el pue 
blo impaciente la lectura de los capítulos y 
la publicación del privilegio. Y estaba en la 
sacristía concertando con el prelado el mo 
do de verificar uno y otro cuando Perro 
ne, pálido y alterado le hizo de lejos se 
ña, llamándolo á su presbiterio como para 
darle algún aviso urgente. Salió Masanielo 
presuroso al sitio á donde le llamaba su te 
niente y amigo, y la detonación de un tiro 
de arcabuz, cuya bala pasó silbando sobre 
su cabeza atronó el templo: «¡Traición! ¡Trai 
ción!» gritó el jefe popular y otros cinco ar- 
cabuzazos le respondieron sin que lograran 
herirle. Perrone había desaparecido. Y 
puesta ya en confusión la turba que ocupa 
ba la iglesia, creció con los que acudieron al 
ruido de las descargas conmoviéndose la 
plaza toda. Y en cuanto se divulgó instan 
táneamente lo ocurrido revolvió la indigna 
da muchedumbre contra los bandidos. Es 
tos pensaron al pronto en resistir, y dispa- 
parando sus armas fueron contestados con 
las de el pueblo, creciendo la confusión y la 
gritería. Corta fué la pelea. Furioso el pue 
blo destrozó sin piedad á los forasteros ha 
ciendo en ellos una terrible carnicería. En 
vano apelaron aquellos miserables á la fuga, 
sin provecho buscaban un asilo. Ni la inmu 
nidad del templo, ni la santidad del altar, ni 
la veneranda imagen de la Virgen les sir 
vieron de amparo. Más de treinta fueron 
hechos pedazos en la iglesia misma, sobre 
las gradas del presbiterio, inundando con su 
sangre el pavimento de naves y capillas. 
(Continuará)
	        
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