Full text: Año 1.1912=No. 6 (1912000600)

MASANIELLO 
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decretos de policía, fulminando nuevos ban 
dos de proscripción y haciendo sus inexora 
bles y sangrientas ejecuciones. Mandó pues 
que nadie soltara las armas, so pena de la 
vida, y so pena de la vida también que 
todos los que supieran dónde había ban 
didos refugiados ó riquezas escondidas, 
se lo revelasen inmediatamente. Incendió 
la casa (con cuantos estaban dentro) de 
una panadera acusada de haber escon 
dido aquella mañana el pan falto de algu 
nas onzas de peso. Avisado de que cuatro 
miserables que le dijeron con verdad ó 
sin ella, ser bandidos estaban retraídos en 
la iglesia del Carmínelo de padres jesuítas, 
mandó matarlos sin demoray se ejecutó del 
modo más atroz. Envió allá un pelotón de 
gentuza que cercó el edificio, derribó una 
pared, entró sediento de sangre é hizo pe 
dazos cruelmente á los refugiados; y como 
los frailes reclamasen la inmunidad ecle 
siástica y los efectos del convenio jurado la 
tarde anterior y protestasen contra el escán 
dalo inútil de aquella sangre derramada, 
fueron atropellados sin consideración, mu 
riendo uno de ellos á manos de aquella fu 
ribunda canalla. Se encaminaron después 
aquellos sicarios, de orden de Masanielo, 
que parecía haber perdido todo aplomo, y 
obrar bajo una influencia satánica, a profa 
nar otros monasterios y otras iglesias, en 
busca de partidarios escondidos del duque 
de Maddalone y de ocultos tesoros. Eu esta 
pesquisa que daba ancho campo á todo gé 
nero de delitos, fué asaltado, por mandato 
expreso del pescadero, el convento de mon 
jas de Santa Cruz donde se sospechó que 
existían varios objetos preciosos de César 
Lubrano. Entraron en él aquellos hombres 
feroces atropellando la clausura de un modo 
tan descompuesto, que pusieron á las infeli 
ces religiosas en gran conflicto; pero por 
fortuna de ellas llegó oportunamente el avi 
so de qquella sacrilega tropelía al cardenal 
Filomarino, que ardiendo en justísimo enojo 
voló á socorrerlas con verdadero celo pas 
toral, enviando un eclesiástico de respeto a 
manifestar con entereza al caudillo popular 
lo atroz y sacrilego de su conducta. Este 
volvió en sí, se atemorizó y dispuso que se 
retirase al instante aquella gente, enviando 
á decir al Prelado que aquel asalto se había 
hecho sin orden suya y que castigaría á los 
que lo habían dirigido. Y lo hizo así, pues 
mandó cortar la cabeza á tres de sus más 
ardientes partidarios, que no habían hecho 
más que obedecerlo. 
Había dado orden terminante Masanielo 
de que nadie saliera aquel día de la ciudad 
sin permiso suyo bajo pena de la vida y de 
biendo monseñor Caffareli, arzobispo de 
San Severino marchar á su diócesis, vino 
en hábito corto obedeciendo los bandos an 
teriores contra las ropas talares, á pedir el 
pase á casa del pescadero. Este se lo dió al 
momento, mandando para honrarlo que lo 
acompañasen cuatrocientos hombres de su 
guardia. Y como dándole gracias monseñor 
le manifestase que iba por mar, quiso que 
lo escoltasen cuarenta falúas y como tam 
bién lo rehusase el viajero, diciéndole que 
tenía ya fletadas tres, que eran suficientes 
para su bagaje y comitiva, le presentó un 
talego con 4.000 doblas de oro, exigiendo 
que las tomara para gastos de viaje. Recha 
zó cortesmente tan extraña oferta monseñor 
Caffareli; pero viendo que empezaba á des 
componerse y á izquierdar el generoso dic 
tador tomó para contentarlo y contenerlo 
quinientas y aguantó por despedida un es 
trecho é insultante abrazo de aquel frené 
tico 1 . 
Presentóse en su tribunal aquella mañana 
un ilustre caballero de Aversa, de la nobilí 
sima familia de Tuffo, para cierta urgente 
reclamación; y después de oírlo atentamen 
te el jefe popular, y de despacharlo conten 
to, le dió un puntapié por despedida, dicién 
dole: “Anda con Dios te hago príncipe de 
Aversa” 2 . 
Determinó Masanielo aquel día exigir una 
pesada contribución á los jesuítas, cartujos 
y benedictinos para atender á las urgencias 
públicas. También hizo comparecer perso 
nalmente en su presencia á los pudientes de 
la ciudad y á los negociantes, que creyendo 
terminada la sublevación con el juramento 
de los capítulos acordados, habían dejado 
incautamente el asilo de las fortalezas para 
volver á sus negocios. A cada uno que se le 
1 Giraífi. 
2 Giraífi.
	        
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