Full text: Año 1.1912=No. 10 (1912001000)

COSMOS 
un gato que cerca con sus garras á una 
presa, tan segura que ni siquiera se to 
ma el trabajo de sugetarla. Cierta estaba 
de hacerles morir de frío y de ulular en 
seguida la salvaje alegría de sus vientos 
asesinos, simulando burlescos lamentos 
sobre un grupo de cadáveres abandona 
dos. 
La aldea cerrada era cómplice de la 
helada y negra noche. 
Tal vez permanecieron algún tiempo 
al abrigo de una esquina, tiritando bajo 
la grisa, mirando apaciblemente el cielo, 
único faro de esperanza, con aquella re 
signada tristeza de los pobres, que acep 
tan la vida como es y el día como se 
presenta, sin recores ni rebeliones; man 
samente decididos á morir, puesto que 
hombres y cosas les negaban todo so 
corro. 
El viejecillo tiritaba bajo sus andra 
jos, la dulce niña, su esposa, ocultaba 
sus lágrimas para no acrecer la pena de 
aquél y musitaba una oración. 
Luego volvieron á andar al acaso, 
compelidos por la necesidad humana de 
no dejarse perecer sin intentar un último 
esfuerzo. 
Salieron de la aldea, ya que tan hostil 
les era. Volvieron á encaminarse al 
campo. 
A un lado del camino se hacía una ca 
sa aislada, miserable, dentro de un cer 
cado; menos que una cabaña, poco más 
que una pocilga. Allí dentro también 
había fuego rojizo y claro, encendido tal 
vez con basuras y se oían voces groseras 
de hombres avinados. El anciano, dejan 
do el ronzal del pollino, fué á tocar por 
vigésima vez á aquella puerta, que, cosa 
increíble, consintió en abrirse. Un hom 
bre apareció en el umbral. ¿Cómo era 
este hombre? ¿Por qué los iconógrafos v 
los escritores cristianos han desdeñado 
acordarse de él? 
La imaginación, con esos anacronis 
mos á que propende tanto, se complace 
en figurárselo como uno de aquellos 
gruesos y bonachones hosteleros y taber 
neros que se ven en los cuadros flamen 
cos, buenos vividores, gordos; pero no 
pacíficos, sino proclives á las emociones 
exageradas, tan pronto coléricos como 
apiadados. 
De primera intención debe de haber 
sentido ruda contrariedad ante el pelaje 
miserable del viajero, mas luego la cru 
deza de la noche y la ancianidad cortés 
y sumisa del solicitante, le habrán, con 
movido; entrevería vagamente, más alia- 
del cercado, la silueta confusa de la mu 
jer trémula de frío y, con un arranque de 
hombre grosero y generoso, habrá dicho: 
—Vaya, pasen, pasen ustedes, buen 
hombre, ahí en el fondo hay un cobertizo 
donde se pueden acomodar. No es abri 
gado ni cómodo, pero siempre estarán 
en él mejor que en el camino. 
Y en seguida habrá vuelto á su jarro 
y á sus canciones. 
El viejecito y la doncella, aliviados y 
agradecidos, penetrarían en seguida á la 
corralada y al establo, hallando en éste 
al manso buey y á la pacífica muía de 
marras, cuyas efigies de barro andan hoy 
por ahí en manos de los chicos; el pesebre 
que ahora es símbolo; la pobreza desnu 
da y el estercolero que luego iban á set 
dorados por los Reyes. 
Los holandeses han pintado este esta-
	        
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