Full text: Año 1.1912=No. 10 (1912001000)

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COSMOS 
confió á la señora Montessori la dirección 
de todas las escuelas que había de fundar 
la Sociedad, dejándole en la más completa 
libertad de organizarías y dirigirlas. El 6 
de Enero de 1907, la Montessori inauguró 
la primera Casa dei Bambmi en la Vía dei 
Marsi, 58 y la confió á Cándida Nucciatelli, 
una institutriz formada según sus métodos. 
El día 7 de Abril del mismo año se abrió 
una segunda «Casa para la Infancia» en el 
barrio de San Lorenzo. El 18 de Octubre de 
1908, la Sociedad humanitaria de Milán es 
tableció una «Casa para la Infancia» en el 
barrio obrero de aquella ciudad; la Casa 
del Trabajo de la misma Sociedad empren 
dió la confección del material didáctico de 
aquella escuela. En la villa del embajador 
inglés en Roma, hay una pequeña escuela 
para los niños de la aristocracia; otras dos 
fueron creadas en la capital para los niños 
de la clase media. Están bajo la dirección 
de la Sra. Montessori, cuyo título universi 
tario es el de «Professoressa.» 
El mayor triunfo de ésta es enseñar á es 
cribir primero y á leer después—pues el 
método invierte el orden generalmente se 
guido en la enseñanza de esas dos materias 
—y eso sin ejercer la menor presión sobre 
el cerebro de los niños. Llegó á este resul 
tado, como se ha llegado á tantos otros, sin 
cálculo y sin intención prévia. Los mismos 
niños creen que han empezado á leer y á 
escribir sencillamente «porque ya son bas 
tante grandes para ello.» Pero, para expli 
car todo eso, es preciso entrar en algunos 
detalles en cuanto á los principios y á la 
práctica de la Sra. Montessori. 
María Montessori vuelve a des 
cubrir LOS DIEZ DEDOS 
La base de su método es lo que podría 
llamarse el «redescubrimiento» de los diez 
dedos. Puesta en la buena vía por Seguín, 
comprendió que el sentido del tacto, el fun 
damento de los demás sentidos, es el gran 
intérprete de la vista y el que conduce á la 
percepción exacta. Es la facultad que pri 
mero se desarrolla, y la que primero se 
atrofia, si no se cultiva. 
Observó que la punta de los dedos de los 
niños tiene una sensibilidad casi increíble, 
pero que, por falta de una educación cuida 
dosa, se pierde después de los seis años. El 
método comienza, pues, por enseñar al niño 
«á ver con los dedos», y por cultivar así 
una memoria muscular delicada. De este 
modo, no sólo persigue un fin laudable en 
sí mismo, sino que además reduce al míni 
mo la tensión que los métodos ordinarios 
imponen á la vista, y por consiguiente, al 
cerebro. Cultivando el sentido del tacto, se 
hace nacer acciones reflejas en los centros 
nerviosos inferiores, que tienen poca ó nin 
guna relación con el cerebro. Una de las 
principales objeciones de la Sra. Montessori 
á ciertas ocupacionés más en boga en los 
Kindergarten, es que implican un esfuerzo 
penoso de los órganos más directamente 
relacionados con el cerebro—es á saber, los 
ojos. 
Desde que el niño entra en la escuela, co 
mienza la educación del tacto. Se le enseña 
á lavarse cuidadosamente las manos con 
agua jabonada fría, y á sumergirlas después 
en agua caliente, clara. Después sumerge 
los dos primeros dedos en el agua fría, y á 
continuación en el agua caliente. Se hace 
que el niño observe y conozca la diferen 
cia. Viene después la facultad de distinguir 
lo que es «rugoso» de lo que es «liso».” Es 
una lección de cosas que describiremos de 
talladamente, porque es el tipo del único 
método de enseñanza que se emplea en la 
Casa dei Bambini. 
CÓMO SE ENSEÑA A DISTINGUIR UN OBJETO 
«RUGOSO» DE UN OBJETO «LISO» 
Se colocan dos cartas ante el niño, por 
ejemplo, ante la peqneña Lucia, que está 
confortablemente sentada en una sillita, 
frente á la mesa que ha escogido. Una de 
esas cartas tiene una superficie de papel sa 
tinado; la otra es de papel de vidrio negro, 
muy basta. La institutriz coge las manos ele 
la niña entre las suyas y pasea la punta de 
las dos primeros dedos de la alumna por la 
carta lisa. Deberá cuidar de hacerlos mover 
de izquierda á derecha para ayudar á la me 
moria muscular, que, si no se vigila mucho, 
podría, con el tiempo, hacer incurrir en 
equivocaciones. Los dedos delicados de la 
niña se complacen con aquel contacto. Con 
tinúan moviéndose después que la institu 
triz le ha soltado las manos, y la niña levan 
ta los ojos, sonriendo. Entonces, lentamen 
te, distintamente, la institutriz dice: «liso»- 
Si añadiera una sola palabra, aunque fuese 
para alentar al alumno, faltaría á su deber, 
que la prohíbe exponerse á turbar al niño. 
Turbar al niño, es hacer trabajar el cerebro: 
pecado mortal. Si la niña continúa tentando 
la carta, la institutriz repite la palabra. Pe 
ro si la curiosidad de la niña se despierta, 
si retira los dedos y lanza una mirada de 
envidia á la otra carta, la institutiríz hace 
deslizar suavemente los dos deditos sobre 
el papel de vidrio. La profesora dice: «ru 
goso». A la niña no le gusta aquella sensa' 
ción; es muy probable que retirará los de 
dos, pero hace poco después otra tentativa. 
Y la institutriz repite: «rugoso». Después 
quita de allí las cartas y las pone la una al
	        
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