Full text: Año 2.1913=No. 19 (1913001900)

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V 
TEODORA 
I', UINIENTOS años después de la En 
carnación del Salvador del Mun 
do, presentaba la capital del Im- 
6 perio de Oriente, Constantinopla, 
el espectáculo más extraño que pueda ima 
ginarse, abigarrado conjunto de las ideas y 
razas más opuestas: el lujo asiático con la 
barbarie, el poder absoluto con la anarquía. 
Siendo una de las características de aquella 
extraña sociedad la pasión desmedida por 
los espectáculos del circo, patricios y ple 
beyos, sacerdotes y civiles,—todo Bizan- 
cio, en una palabra—acudían al coliseo y 
hacían de los guiadores de carros sus ído 
los favoritos. Con este motivo formáronse 
acérrimos partidos, divididos en Verdes y 
Azules, según el color de la túnica de sus 
ídolos cirquenses y disputábase á menudo 
acaloradamente sobre los repectivos méri 
tos de los artistas. Tanta importancia tema 
el hipódromo, que hallábase unido al pala 
cio imperial por una galería para que el 
Emperador, sin salir de éste, pudiera acu 
dir á la tribuna regia de aquél. 
Uno de los domadores de osos del coli 
seo, llamado Acacios, fué padre de Teodo 
ra, cuya fortuna fué una de las mas prodi- 
giosas de que la historia hace mentó, lle 
gando á ser Emperatriz de Oriente, celebre 
tanto por su belleza cuanto por su energía 
y valor, mayores en cierta ocasión que los 
de los hombres. Su vida, que parece mas 
bien novela que historia, ha originado no 
tables obras en la pintura y en el teatro, 
Por EL MARQUES DE SAN FRANCISCO. 
habiendo sido un sorprendente conjunto de 
los mayores contrastes de la humana natu 
raleza; miserias y grandezas, intrigas y re 
voluciones, dramas y venganzas sucedien- 
dose en ella con extraña rapidez. 
Cuando Acacios murió, su viuda, mujer 
práctica, educó á sus tres hijas, Comito, 
Teodosia y Anastasia, para el teatro, y al 
ver que la mayor obtenía grandes triunfos, 
quiso la segunda seguir el ejemplo de su 
hermana. 
A juzgar por lo que de ella ha guardado 
la tradición, era Teodora baja de cuerpo, 
graciosa, de suma palidez y aspecto melan 
cólico, pero lo que más atraía de su rostro 
eran las dos ascuas que tenía por ojos. Ade 
más de su belleza, poseía Teodora una rara 
inteligencia y un atractivo personal como 
pocas figuras de la historia. 
Fué, pues, actriz, ó mejor dicho danzan 
te, porque era su papel principal tomar par 
te en las pantomimas y cuadros plásticos 
del hipódromo. Después de no pocas peri 
pecias, pasó á Africa en condiciones nada 
halagüeñas, desprovista de todo lo necesa; 
rio, y con grandes fatigas y miserias llego a 
Alejandría, el primer puerto del mundo de 
entonces y al mismo tiempo la ciudad mís 
tica por excelencia. Rodeada del desierto, 
mansión de ascetas y ermitas, influyó tan 
to aquel ambiente en el ánimo de Teodora; 
que arrepintióse de sus devaneos y decidD 
abrazar una vida más cristiana. Poco duro, 
sin embargo, su conversión, puesto que,
	        
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