Full text: Año 2.1913=No. 22 (1913002200)

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DE CASTA 
POR JAIME RIPOLL Y LAMARCA. 
■ jARTió alegre, llenando la calle 
con su cascabelera música, la 
carretela que conducía la cua 
drilla a la plaza. El estrépito 
de su rodar sobre los guijarros, el resta 
llar del látigo y el vocerío de la turba de 
chiquillos que la siguió un trecho como 
bulliciosa escolta, completaban los tonos 
de alegría de aquella despedida a unos 
hombres que iban, quizá, hacia la muer 
te, ataviados con refulgentes galas, co 
mo si trataran de olvidar el cercano ries 
go entre reflejos de alamares, sonar de 
cascabeles, sonrisas de mujer y chocar 
de herraduras contra piedras, imitando 
sonidos de castañuelas... 
Perdióse a lo lejos el ruido, se entra- 
r °n en las casas los que a puertas, ven, 
tenas y balcones asomaron para ver par 
óte el pintoresco y luminoso montón de 
Plata y oro, y volvieron la calma y el si 
lencio a la calle, bañada por el sol, un 
sol ardiente de la tarde veraniega y se 
villana. 
* * 
En aquella carretela iba la cuadrilla 
de Maoliyo el Rubio, novillero que em 
pezaba a obtener el favor del público. 
Hacía poco que se dió a conocer en 
Sevilla, y tenía ya partidarios ciegos 
'fue aseguraban no hubo nunca, ni había 
e ntonces, quien le igualase en valor y 
maestría. Toda esa lucha de parciales 
partidarios contra juicios más serenos, 
que no querían juzgar por las primeras 
impresiones, se desarrollaba alrededor 
de aquel hombre que ofrendaba las ga 
llardías de su juventud en un circo, fren 
te a una fiera- 
* 
* * 
En Carmona vivía el señor Frasquillo 
el Moro con su hija Encarna. 
Era el Moro un hombre enjuto, viejo, 
de color tan moieno, que le valió el apo 
do con que se le conocía. 
Era Encarna la mujer morena y sevi 
llana que añoró el poeta. Tenía su cuer 
po esbelteces ondulantes, aires de sulta 
na y perfecciones de escultura griega. A 
su cara morena servía de marco un pelo 
negro con reflejos azulados, y de adorno 
gracioso una boca pequeña formada por 
labios gruesos y rojos. Los ojos son ne 
gros, muy negros, y al mirarlos des 
prenden sus pupilas algo sombrío que 
suspende el ánimo. 
Era hermosa, pero en su hermosura 
había la magnificencia trágica de una 
tempestad. 
Altiva siempre con los mozos, no hubo 
ninguno que pudiera alabarse de haber 
merecido una sonrisa de aquella boca 
roja, ni una mirada prometedora de 
aquellos ojazos negros, y, sin embargo, 
todos ellos suspiraban por vencer aque 
lla obstinada frialdad en que se escuda-
	        
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