Full text: Año 2.1913=No. 22 (1913002200)

COSMOS 
1198 
Poco después se presentaba Cristóbal 
y los que lo habían acompañado para 
darnos cuenta de que en las casas de al 
gunos peones habían penetrado los ban- 
bidos y se habían llevado la poca ropa 3 r 
trebejos de sus compañeros. 
De la casa de uno de los peones lla 
mado Juan Díaz, y que era de los que 
se habían ausentado para unirse a Moisés 
el Barbero, no sólo se habían llevado 
cuanto hallaron a mano sino que al an 
ciano padre del revolucionario le habían 
dado un golpe en la cabeza con un fusil 
y estaba agonizante en la casita, y tam 
bién se habían llevado a su hija, linda 
muchacha de no más de doce años, huér 
fana y hermana de Juan Díaz. 
Lo primero que se me ocurrió fuéque 
su hermano, que quizá vendría entre los 
revoltosos, la habría obligado a seguir 
lo, pero considerando que no era fácil 
que el hijo hubiera herido a su anciano 
padre, temí que se'tratara de un rapto y 
así se lo indiqué a Cristóbal y Anasta 
sio. 
Se hizo un reconocimiento por los al 
rededores y no se halló rastro de los re 
voltosos ni de la muchacha. 
A las nueve de la mañana llamaron 
por teléfono desde el aserradero para de 
cirnos que allí estaba el zagal que salió 
la noche antes en busca de Cristóbal y 
que había llegado en unión de una niña, 
y que los dos estaban heridos, aunque 
no de gravedad. 
En el acto salió el bravo Cristóbal, 
con su brazo en cabrestillo, y varios 
peones con dos rurales para traerse a los 
heridos. La niña que acompañaba al za 
gal era la hija del anciano que acababan 
de traer a la enfermería con el cuerpo 
magullado y una gran herida en la frente. 
Antes de una hora estaban de regreso 
con una camilla improvisada con tablas 
del aserradero, pero en la que no venía 
ninguno de los muchachos sino el cadá 
ver de uno de los asaltantes. 
El muchacho sólo tenía un golpe en la 
cabeza y la niña toda la cara arañada y 
el pelo en desorden, pero el estado de 
abatimiento que se le observaba era de 
bido más al susto que a las heridas. 
Clarita, que así se llamaba la joven 
quería irse en busca de su padre, y cuan 
do se la dijo que estaba allí, pero heri 
do, se arrojó sobre el lecho del pobre 
anciano y cubrió su rostro de lágri 
mas. 
El viejo abrió los ojos, reconoció a su 
hijita y una sonrisa de dicha se dibujó 
en su rostro demacrado.' El médico se 
paró con trabajo a la niña del lado de su 
padre, asegurándole que necesitaba re 
poso y que no eran de cuidado las heri 
das aunque ya nos había dicho quedada 
la edad del pobre viejo sería muy difícil 
que resistiera la falta desangre porque ha 
bía sufrido una hemorragia muy grande,. 
Pero ¿quién era el muerto que venía 
en las angarillas? 
Pues nada menos que el raptor de 
Clarita, un viejo asqueroso, con todo el 
pelo blanco y cubierto de harapos. 
Uno de los rurales nos explicó lo ocu 
rrido. El zagal, que había venido a la 
casa de la Hacienda para decirnos que el 
Barbero y los asaltantes iban hacia el 
trapiche, no halló a Cristóbal donde su 
ponía y cuando el tiroteo era más nutri 
do en los alrededores de la Administra 
ción, intentó acercarse por el barrio de 
los peones ocultándose entre las breñas. 
En esta situación vió pasar por la ve 
reda que sube al monte algunos asaltan 
tes que llevaban cargando en las fraza 
das lo que habían robado en las casas 
de los peones, y cuando cayó la tarde 
salió de su escondrijo con su Winchester 
preparado, porque el chamaco tiene el 
valor frío del indio. Antes de dar vista 
a la Hacienda oyó gritos y vió correr 
por la cañada un hombre con un bulto a 
cuestas. Los gritos eran como de un ni 
no y con grandes precauciones siguió 
por la umbría sin perder de vista al mal 
vado raptor. 
Varias veces se detuvo y «encañonó^ 
con cuidado al bandido, pero no se resol 
vió a hacer fuego por temor de herir al 
niño que él suponía que llevaba cargan 
do, y porque se hallaba muy lejos de al 
guna casa habitada. 
El hombre llevaba el rumbo del ase 
rradero, sin duda hacia el lugar por don 
de se habían presentado en la mañana 
los asaltantes con Moisés, pero a un ki 
lómetro todavía de las barracas de las 
máquinas tomó cerro arriba, precisa 
mente hacia el lado por donde lo seguía 
el zagal. 
Este creyó que lo había visto, pero no 
era así, sino que cansado del peso se
	        
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