Full text: Año 2.1914=No. 23 (1914002300)

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En la Catedral 
de Colonia - - 
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notas DK viaje: 
L as alegres campanas de Colonia 
despiertan al viajero español con 
un halago que evoca la patria: el cam 
paneo de la Catedral, del Seminario, de 
veinte iglesias más, suena a Avila, a 
Toledo, a León la romántica; suena a 
reinos viejos, a calles silenciosas, a pla 
zas donde nace la hierba, a canónigos 
graves que van al coro. Es domingo; el 
viajero, alegre como un pájaro, entra en 
la Catedral. Entonces está henchida con 
el canto solemne del Credo católico: las 
voces de los niños de coro salmodian el 
gozoso artículo de la resurrección: Y re 
sucitó al tercer día, según las Escrituras: 
y luego,: i Y ascendió a los cielos! con go 
zo sobreagudo, que engendra en el alma 
una emoción hacia lo alto, perfumada, 
leve, como nube de incienso. Entre las 
hojas de cardo y roble que están enguir 
naldando las ojivas, hay una indudable 
palpitación jugosa; rojos, oros y azules 
se estremecen en los ventanales heridos 
por las voces pueriles; la Catedral ente 
ra vibra con el coro; y el Oficio, como 
una melodía, se desenvuelve lentamente 
en curvas de río, movientes y ondulan 
tes; aún suavizadas por el oro viejo so 
bre el morado de los ornamentos en este 
tiempo de penitencia. Luego, el silen 
cio; el pueblo fiel desciende con runrun 
de abeja las escalinatas, sale a la plaza 
bañada en sol primaveral; la Catedral se 
ha quedado sola; en la honda y alta na 
ve se va entrando el silencio; y entonces 
se oye el rumor de fuera, la ciudad que 
vive, el viento que se enreda en el enca 
je de arbotantes, pináculos, torres y 
cresterías, como el ruido del mar... idel 
mar! Y el viajero solitario se siente den 
tro del templo maravilloso como en una 
nave, traído y llevado sobre las aguas; 
sí, en los ventanales se pintan sombras 
como de vela; mirando a lo alto fijamen 
te, los nervios que se enclavijan en los 
rosetones como manos cruzadas para la 
oración, los haces de columnas, los mu 
ros que se adivinan frágiles, parecen on 
dular y mecerse. La ilusión de los ojos 
lleva al alma dentro de la nave mística y 
allí la enclava en arrogante gesto de 
buen navegador, firme, ¿sobre la roca? 
¿sobre las olas?; de todos modos, bien 
cerca del trajín de las aguas, adivinan 
do espumas que no ve, aspirando boca 
nadas de un aire nuevo y fresco, de una 
fragancia abrileña y salina, formando a 
compás del imaginario vaivén, mientras 
los labios rezan y las manos se juntan, 
pensamientos con olas en los que va to 
da la gaya policromía de los rayos de 
sol que han pasado por los ventanales y 
que ahora se destrenzan sobre las pie 
dras grises. 
G. Martínez Sierra.
	        
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