Full text: Año 3.1914=No. 26 (1914002600)

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COSMOS 
gioso en una mujer, aquel picante y 
aquella abundancia de conceptos, que 
aunque dijo Tertuliano: semper abundan- 
tía in se ipsa continnliosa est, aquí goza 
de una tan exquisita afluencia de varie 
dad tan hermosa, que no parece sino 
que para ella se hizo el símil tan propio 
y tan elegante del Nazianceno, de la 
piedra tirada en el estanque, que enton 
ces todo es verse coronado hermosamen 
te el cristal en varios círculos de trému 
las y transparentes ondas, uno mayor y 
otro mayor: alius, atque alius subinde cir 
culas exitemur, continenturque in superfi- 
cem agitatus, externum circulum semper dis- 
solvat. Aquella propiedad de las voces, 
aquella cultura sin afectación de las me 
táforas. El Cónsul Plinio lo explicó admi 
rablemente con su elegancia, haciendo 
aquella separación tan discreta de letras 
y letras, que a unas las llamó literas ili 
teratas, unas letras, cuerpo sin alma; a 
otras literas literatísimas, unas letras, 
alma sin cuerpo, que fue lo que dijo el 
Obispo Guevara de aquel gran almiran 
te don Fadrique Henríquez. Ahora diga 
el catón más rígido si por ventura hay 
sílaba de Sor Juana que no la eleve a 
tan exquisita línea de superlativo enca 
recimiento; la idea, el ingenio, la llanu 
ra de las noticias, el amaestrado del dis 
curso, a aquella facilidad dificultosa del 
Argensola, que parece que todo se lo ha 
dicho. Pues si todo esto junto en un va 
rón muy consumado fuera maravilla, 
¿qué será en una mujer? ¿No es esto 
digno de inmortales aplausos? ¿No me 
rece eternas aclamaciones? Fuera el ne 
garlo una torpe ignorancia, fuera una 
rústica grosería». 
El señor Gallego expresa su opinión 
de esta manera: «Puede asegurarse que 
las primeras obras poéticas (de mujer) 
que por su variedad, extensión y crédito 
merecen el título de tales, son las de Sor 
Juana Inés de la Cruz, monja de Méxi 
co, en cuyo elogio se escribieron tomos 
enteros, mereciendo a sus coetáneos el 
nombre de la Décima Musa, y contando 
entre sus panegiristas el erudito Feyjóo. 
Y ciertamente, si una gran capacidad, 
mucha lectura y un vivo y agudo inge 
nio, bastasen a justificar tan desmedidos 
encomios, fuera muy digna de ellos la 
poetisa mexicana; pero tuvo la mala 
suerte de vivir en el último tercio del si 
glo diez y siete, tiempos los más infeli 
ces de la literatura española, y sus ver 
sos atestados de las extravagancias gon- 
gorinas y de los conceptos pueriles y 
alambicados que estaban entonces en el 
más alto precio, yacen entre el polvo de 
las bibliotecas desde la restauración del 
buen gusto». 
Indudablemente la opinión del señor 
Gallego no carece de autoridad; sin em 
bargo, me permitiré hacer una observa 
ción sobre el final del párrafo que acabo 
de citar, en el que manifiesta que los es 
critos de Sor Juana Inés «yacen olvida 
dos entre el polvo de las bibliotecas». 
¿Podrá esto ser cierto? ¿Qué persona 
ilustrada no ha leído sus obras? ¿Qué 
amante de la literatura no conoce sus 
poesías, principalmente las eróticas? 
San Luis Potosí.
	        
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