Full text: 2.1916=Nr. 3 (1916000203)

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LETRAS 
rapeguá, del monumento del General Díaz, 
ha dicho, con la más sentida verdad, lo 
que sigue: 
«Después de Curupayty iba a empezar 
nuestra agonía, la Vía crucis de tres años 
que culminó en Cerro - Corá. Hasta aquí 
habíamos luchado para vencer. Ahora íba- 
ímos a luchar para morir. Hasta aquí 
habíamos tenido ejércitos de soldados ve 
teranos, fogueados en campañas victorio 
sas. Ahora ya no nos restaban sino tur 
bas famélicas de niños y de- ancianos. 
Hasta aquí nos había empujado la espe 
ranza. En adelante no nos empujaría si 
no la desesperación ». 
* * * 
Qué cuadro- !... Ningún triunfo, por 
cierto; ni parcial siquiera. Ni la paz nos 
era ya posible acariciar al menos. Sólo 
una cobarde desesperación no nos había 
llegado, para rendirnos al enemigo, como 
lo hicieron los montenegrinos, con me 
nos razón, sin duda, que si lo hubieran 
hecho los paraguayos. 
Así íbamos, en efecto, acercándonos a 
las umbrías y vírgenes selvas del Aquida- 
bán, donde el hado cruel había prepara 
do el Gólgota de nuestra final inmolación. 
El trayecto hasta aquellas alturas cubierto 
quedó de cadáveres insepultos; y hubo has 
ta antropófagos, no por ferocidad 0 sal 
vajismo, sino por la inanición horrible del 
hambre más apremiante, verdaderamente 
letal ! 
Allá ciertamente estaba aquel circo de 
gigantescas rocas, donde terminó el lustro 
de sangre: Cerro - Corá — tumba' soli 
taria del Mariscal, que intimado a rendi 
ción, prefirió morir gloriosamente, antes 
que rendirse ignominiosa y cobardemente. 
Heroica muerte ! 
Muero con la patria, dijo-; y el plo 
mo a quema ropa, y la acerada lanza, 
le ultimaron. Pero la patria no murió 
con él; quedó sí desmayada, agonizante, 
manando sangre por las mil heridas que 
recibió dé sus implacables.victimarios. Vae 
victis ! 
Don Fulgencio R. Moreno, escritor fe 
cundo y orador de vigorosa elocuencia, 
en el brillante discurso leído en el Tea 
tro Nacional, con motivo de la fiesta or 
ganizada en honor del gran poeta uru 
guayo, Zorrilla de San Martín, nos trae 
esta trágica anécdota. Dice así: 
«Refiere Humboldt que, en sus explo 
raciones de! Orinoco-, encontró sobre unas 
rocas la tumba de una tribu desaparecida; 
era la de los valientes y belicosos Atures, 
exterminados por sus enemigos. Pero na 
da más pudo saber; pues el único que 
podía informar era un viejo loro sobre 
viviente a la catástrofe, que modulaba me 
cánicamente, sin que nadie le entendiese, 
la lengua de la nación muerta». 
Y termina diciendo: «¿Y qué hemos 
sido nosotros, los paraguayos, sino un re 
medo prolongado del viejo lo _ o de ios 
Atures ?» — Ciertamente que sí; y yo-, 
no sólo análogamente, sino también en 
realidad, soy -ese viejo loro sobreviviente 
a la catástrofe, al exterminio de la va 
liente y heroica raza paraguaya, que po 
co faltó para que desapareciera totalmen 
te, dejando su tumba sobre las rocas del 
Aquidabán, como allá la tribu de los Atu 
res sobre las rocas del Orinoco. 
Voy modulando, no mecánicamente, si se 
quiere; pero, sí, inútilmente,' los sucesos 
del drama sangriento de la inmolación pa 
tria, sin más objeto que la inofensiva ex 
pansión de mi espíritu solitario ... 
En el último combate, tras la muerte 
de López, caí prisionero y fui conducido 
a la Fortaleza de Santa Cruz en Río Ja 
neiro. Vuelto, de allí al país, héteme so 
breviviente, 'para ser el viejo loro para 
guayo! (1) 
F. MAIZ 
(1) El Presbítero Fidel Maíz acaba de cumplir ochenta 
y ocho años. Rector de nuestro seminario antes de la 
guerra, es, sin duda, el más ilustre representante de la 
vieja cultura paraguaya. Hasta el presente nadie le lia 
reemplazado en la cátedra sagrada, que llenó por más 
de medio siglo con los acentos de su brillante elocuencia. 
Escritor vigoroso, ha dado muchas y muy bellas páginas 
a nuestra literatura. Y hoy, en el ocaso de una vida de 
estudio y de trabajo, nos brinda todavía los frutos sazo 
nados de su inteligencia, para la que no parece haber 
transcurrido el tiempo, tan fresca se conserva. Recuerdos 
es una página del padre Maíz que ha de quedar.
	        
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