Full text: 2.1916=Nr. 3 (1916000203)

LETRAS 
117 
DEL NA 
La playa, habitualmente tan silenciosa 
durante toda la primavera y el verano, tie 
ne, al acentuarse el otoño y hasta muy 
avanzado el invierno, crispaciones juveniles. 
Diríase que, con las primeras ráfagas frías, 
despertase de su amodorramiento, se des 
perezase y tomase el desquite de su obli 
gatoria quietud, viviendo, en las épocas 
mencionadas, vida nerviosa, aturdi lora, fre 
nética. 
¿ De dónde tal agitación ? ¿ a qué obe 
dece ? ¿ qué la origina ? 
Es que con el otoño comienza el ma 
durar de las naranjas, las doradas frutas 
sabrosas, saludables, irrcmplazables, reca 
madas por la avidez de las naciones con 
vecinas, carentes de semejante bendición. 
Y con periodicidades irregulares, con in 
termitencias variables, tal una especie de 
chucho naranjero, vienen a los puertos ex 
portadores, los grandes barcos encargados 
de trasportar, en cantidades colosales, las 
áureas pepitas de jugosas dulcedumbres. 
Temprano comienzan los preparativos 
Largas planchadas, oon pretensiones de 
muelles, avanzan atrevidamente río aden 
tro para servir de puente, llegado el mo 
mento, a las bullangueras cargadoras. Por 
que hay que advertir que estas operacio 
nes, en razón del número de operarios, 
son eminentemente femeninas. 
Por lo general, un día antes de la lle 
gada de los barcos, 'se internan en la ciu 
dad, cambuto del puerto, las carretas na 
ranjeras, que chillan con chillido especial, 
casi diría argentino, como si quisieran pre 
gonar el valor de su perfumado cargamento. 
Las mismas carretas, cuando vienen sin 
naranjas, no son tan atrevidas. En Pilar, 
llegan generalmente hasta «El Piso». De 
« Nunca segundas partes fueron buenas »., 
reza el adagio. Pero ya veremos como 
TURAL 
A Narciso Méndez Benítez, 
.allí no pasan. Una especie de pudor de 
la mercancía, las retiene en las orillas. Los 
carreteros que as! proceden, son estetas 
sin saberlo. Obedecen, por no se yo qué 
rara intuición, a la ley de la armonía y 
del ritmo. 
En el puerto esperan: el cargador na 
ranjero, un secretario del mismo y mu 
chas mujeres. Las hay de todas las eda 
des; hasta ancianas. Pero todas son ale 
gres, todas son jóvenes, con esa juventud 
lozana que da la alegría, ya que la se 
nectud no es quizá más que una a modo 
de hiperestesia de la seriedad. 
Llegan a la playa las carretas naranjeras 
y en montoncitos distintos vacían su mei- 
cancía. Cuatro, seis u ocho mujeres, for 
man corro por turno y en cuclillas alre 
dedor de cada montón. Y tomanndo con 
ambas manos cinco naranjas cada vez, dan 
comienzo a la monótona plegaria del nú 
mero, que nunca excede de diez y nue 
ve, con esta particularidad: que unas can 
tan exclusivamente los números pares y 
otras, los impares. Las que deben can 
tar el número veinte, alzan la voz y 
«taarja», gritan, alargando la palabra e 
introduciendo así la única variación en 
aquel interminable rosario, en tanto que 
el apuntador o secretario traza, a cada 
tarja, una rayita en el papel. 
Así se cuentan los alundes que trae ca 
da carreta. Las naranjas contadas, que 
forman montón distinto, son nuevamente 
trasportadas en canastos hasta dos monto 
nes únicos a ambos lados de la cabecera 
del muelle respectivo. Y así invariablemen 
te hasta completar la carga que debe lle 
var cada barco, con lo que termina la pri 
mera parte de la operación. 
el adagio a veces miente, sino por la des 
cripción, que adolecerá seguramente a cau-
	        
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