Full text: 1.1913,31.Aug.=Nr. 10 (1913001000)

Crónica 
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Ca fiospedera. 
Aquel era el saloncito que servia de 
budoir á la señora Sarei. Allí recibía sus 
visiias de los martes, ajustaba los hono 
rarios con los pupilos, allí los llamaba 
en llegando el principio de cada mes 
cuando alguno de estos no se acordaba 
de cumplir religiosamente con el man 
damiento más sagrado para la señora 
Sarcl: «Pagar las deudas». Ella era muy 
considerada con los muchachos, en nin 
guna parte encontrarían el trato premu 
roso, solícito, maternal casi, de que se 
disfrutaba en su casa. La higiene, el 
'confort, las comodidades, los caprichitos 
glotones, los bocaditos reservados, fa 
miliares con que obsequiaba muy fre 
cuentemente á sus hi¡¡tos; ingeniándose 
siempre para sorprenderlos, para hacer 
los retozar de alegría ante una golosino 
nueva, preparada con sus propias manos 
y tener luego la satisfacción de asociarse 
al banquete y recibir con aire magestuo- 
so los elogios de la turba insubordinada 
por las libaciones de un vinillo inago 
table que la señora Sarcl, desde diez 
años regalaba á sus queriditos, después 
de un «Five o’Clolon íntimo que una ó 
dos veces semanalmente rompía la ru 
tina de las comidas servidas .por la cria 
da en el comedor, que con. todo el - in 
genio del ama afanada en darle singular 
aspecto, se parecía 1 en todo- á cualquier 
casa de huéspedes. 
Arístides de pié aguardaba paciente 
mente que la señora Sorel pusiera- punto- 
final á las formalidades de la.,casa. Eran 
simples formalidades, le había dicho, ella 
estaba bien con todo el mundo y nadie 
se hubiera permitido hacerle observacio 
nes; pero para qué hacér las cosas á 
tontas y á locas cuando se podía ser or 
denada y tener todas las cosas en regla? 
Ella pronto terminaría y se estaría á sus 
órdenes y le pondría al corriente de las 
costumbres. Les señalaría su cuarto, el 
baño, el comedor, el salón, el fiimoir, el 
jardín. Por lo pronto, mientras ella apun 
taba sus señas en el registro él podía 
entretenerse' en mirar las cuadras, los 
muebles, las revistas y todas las chu 
cherías de su budoir donde muy á me 
nudo tendría ocasión de pasar una , ho 
ras cuando en compañía de todos sus 
pupilos celebrarían, alguna de las se 
manales calendas como las llamaba el 
señor Rolón estudianfe de Arqueología. 
Arístides se cuidó muy poco de las 
recomendaciones de su amable huespe- 
clera. Con una ojeada habíase enterado 
de toda la ornamentación del famoso 
budoir. Los muebles lo tenían indife 
rente con su vulgaridad de pésimo gusto 
y menos le habían absorbido los cua 
dros. Un Otelo litografiado en cuatro 
estampas descoloridas en que c! «moro» 
aparecía de un color de verdoso como 
carcomido por lina lepra protectora de 
los lazos del matrimonio y la Desdemona 
canosa, sin expresión en los ojos y la 
cana lavada por el tiempo hasta borrar 
los rasgos. 
Lo que lo tenía un poco meditativo', 
era la figura de la nueva hospedera, con 
su aspecto tan Heno de juventud á pesar 
de la blancura de los. cabellos; Blancas, 
sin que una sola hebra desarmonizara 
el tono argentino de. aquella masa enor 
me capaz de rivalizar en diafanidad con 
la nieve. Pensó Arístides que se fruta 
ra de un caso de Albinismo, mas tuvo 
que deshechar la idea al verle los ojos 
negrísimos, fulgurantes de vida y'con 
míos párpados rematados por pestañas 
del mismo color, pobladísimos y solo 
comparables á hilitos de la más fina se 
da, tan sutiles y aterciopeladas se denun 
ciaban al simple y superficial examen que 
él había podido hacer mientras ella es 
cribía fatigosamente eon un horrible chi 
rriar de la pluma sobre el papel del re 
gistro. Pensó en la edad de la señora 
Sorel y si en un principio, al juzgar tan
	        
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