Full text: 1.1913,15.Nov.=Nr. 15 (1913001500)

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Crónica 
Minha, la virgen nubil, se retorcía 
como serpiente. Sus pupilas de un 
verde negro se cuajaron de puntitos 
rojos. 
Flavio se irguió jadeante. 
—Mirtha, mira el mar, ¡que bello! 
—Se agita y se retuerce y ondula 
convulso. Se diría que goza. 
—El mar goza. Cuando levanta sus 
olas como torsos lascivos de mujer, 
es porque algo muerde sus entrañas. 
El mar es una hembra con caprichos 
de histérica; pero una histérica siem 
pre virgen. Es hermosa facinante y 
falsa. Acaricia y mece y arrulla, pero 
es maligna y mata. Es la finalidad de 
todos los amores femeninos. 
Mira, Mirtha. Es verde como las 
esmeraldas; esmeraldas diabólicas co 
lor de ajenjo. Es una ilusión que 
produce vértigos. Cuando sus ondas 
forman tersas perspectivas, se siente 
melancolías absurdas. Es la solemne 
lujuria de lo inmenso, de lo supervo. 
Tu no me entiendes, porque eres 
mujer. Tienes carne que ahulla de 
deseos, eres del sexo de las carnívo 
ras. Aprende a no tener apetitos y 
llegarás hasta mí. Yo amo a los seres 
bifrontes porque no saben pensar. 
Mata en tus nervios la emoción y en 
tu cerebro la idea y serás un cadáver 
perfecto. Yo amo a los cadáveres; 
no sienten, no gozan, no sufren, no 
rien. ¿Puede haber mayor perfec 
ción? 
Soy un loco, porque soy una idea y 
un descontento. Dudar es malo, pero 
estar satisfecho es peor. Pensar, es 
tener un abismo en el cerebro. 
Eres bella, Mirtha. Es tu cuerpo un 
trasunto de todas las armonías y la 
posibilidad de una podredumbre. 
Baila y ríe, mientras tienes carne. 
Cuando seas un espectro, te haré 
danzar la danza de los dioses. 
—Te amo, Flavio. Te amo.—decía 
Mirtha, apretando su pecho ardiente, 
contra el marmol indiferente y gélido. 
—Conviértete en piedra si quieres 
mi amor. 
—Flavio, no seas cruel. 
—Soy insexuado como las rocas. 
Mirtha ahogó en un suspiro mitad 
sollozo, el amargo sabor de su des 
pecho. Sus rodillas se doblaron. Sus 
brazos magníficos se cruzaron sobre 
el pecho c.on la humilde resignación 
de dos vencidos, mientras sus senos, 
erectos, duros como dos mármoles 
tallados,se irguieron triunfantes fuera 
de la seda. De la seda color perla, 
color de carne pálida. Ojerosa y mag 
nífica, ébria de dolor y de deseos, 
Mirtha, la de los ojos de ajenjo puro, 
se ofrecía humilde como Tais la Cor 
tesana. Toda la suavidad de malva 
de su epidermis intocada, se tornó 
irritable. Y su cuerpo cantó el deseo 
y su boca se frunció colérica bajo el 
impulso de una sensación brutal. 
-Flabio—balbuceó--Somos tan solos. 
Yo te amo porque eres la materiali 
zación de un tipo inmenso. Soy vir-, 
gen. Nadie tocó mi boca ni acarició 
mi cuerpo. Siento en mis venas ju 
guetear la demencia de mi sangre 
joven, de mi sangre color de vino. 
Sé mi amante; cuando seas mi esposo 
te odiaré. Has envenenado mi ser 
con tu palidez serosa, palidez de 
cuadro antiguo. ¡Eres, perverso, in 
comprensible, hurañol 
Te amo y te detesto. Hay en tí la 
belleza de los dioses y la horrible 
voluptuosidad de un crimen.. .Estoy 
loca...¡Bah! ¿acaso me importa? Qui 
siera ser reina para pisotearte y des 
preciarte. Eres un miserable; por eso 
te amo! lie de besar tu boca de pie" 
dra, tu boca perversa. He de clavar 
mis dientes en tu carne helada. Y 
sentiré toda la voluptuosidad de escu 
pirte. 
Si fueses hombre te haría llorar y 
reir para distraer mi espíritu estran 
gulado en los brazos del hastío... 
Soy mujer... ¡Flavio! Flavio!—Y des 
garrándose el vestido, libertó su cuer 
po esplendente, que tenía la soberbia 
hermosura de un marmol griego. 
Flavio avanzó un paso. Mirtha tré-
        
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