Full text: 2.1914,30.Sept.=Nr. 37 (1914003700)

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EL FINAL DE UN CUENTO DE HADAS 
por ALEJANDRO KUPRIN 
(Versión castellana del ruso, especial para “Crónica") 
—¡Papá, cuéntame un cuento. Oye... 
papá, lo que te digo. Papito... 
El pequeño Kotik, (l), sentado en las ro 
dillas de Jolchewnikow, hacía esfuerzos 
para que éste le mirase. Al chico le in 
quietaba el prolongado silencio del padre, 
quien callaba y miraba la luz de la lám 
para, con ojos sonrientes, nublados y fijos... 
Pero, papá,—repetía Kotik lloriquean 
do—¿por qué no quieres hablarme? 
Iván Timofeyevich oía muy bien la sú 
plica llorosa de su hijo, pero un hechizo 
superior atraía su mirada sobre la luz ve 
lada de la lámpara, en el encanto do 
aquella noche de verano, tan cálida, tan 
quieta, tan suave y diáfana. Contribuía 
también, a su lánguido abandono, el lujo 
riente de la villa, a la que rodeaba un es 
peso cortinaje de uvas silvestres que a la 
luz artificial adquiría extraños contornos 
fantásticos. 
La lámpara, velada por una pantalla 
opaca arrojaba sobre la mesa un círculo 
luminoso. En aquel círculo veía Iván Ti 
mofeyevich dos cabezas inclinadas muy 
cerca, casi rozándose, la una, rubia, de mu 
jer de linas y dulces facciones; la otra, or- 
gullosa y bella cabeza de joven, de melena 
negra y ondulada que caía sobre la frente 
ancha y morena y sobre los ojos grandes, 
negros y apasionados, expresivos y since 
ros. 
En las mejillas y en el cuello, sentía Jol 
chewnikow las caricias suaves de las 
manos de Kotik, sn aliento cálido y el 
olor .de sus cabellos un poco quemados por 
el sol de verano y que le recordaba el acre 
olor de las plumas de un pájaro. 
Todo concurría a formar un conjunto tan 
armonioso, tan alegre y sereno, que Jol- 
chewniskow impresionado hondamente por 
aquella dulce paz, dejó que dos lágrimas 
furtivas se deslizaran por sus mejillas, dos 
lágrimas de agradecimiento que cayeron 
de sus ojos puros. 
Las dos cabezas, que bajo la complicidad 
de la lámpara juntaban sus cabellos eran 
la de su mujer y la de su mejor amigo y 
discípulo, Gregorio Bajanin. 
Iván Timofeyevich sentía un puro y sin 
cero amor hacia este joven impetuoso y 
desordenado, en cuyas pinturas la mirada 
perspicaz del maestro había notado ya la 
manifestación audaz de un talento inmen 
so. Jolchewnicow tenía el alma limpia de 
envidia, tan propio del ambiente turbulen 
to y vulgar de los artistas. Al contrario, 
se enorgullecía de tener por alumno a una 
celebridad futura, que había tomado de 
él las primeras lecciones y a quien su mu 
jer, Lidia, antes que nadie, sabía recono 
cer y apreciar como discípulo. 
Bajanin silencioso y sin levantar la vis 
ta dibujaba con el lápiz sobre un pliego 
de papel Bristol y bajo su mano de artis 
ta, surgían caricaturas, viñetas, animales 
con cabezas humanas... iniciales graciosa 
mente entrelazadas, parodias de cuadros 
célebres y finas siluetas de mujer. Estos 
apuntes descuidados, en los que cada línea
	        
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