Full text: 1.1897,17.Okt.=Nr. 16 (1897000116)

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VIDA MONTEVJDEANA 
SUMARIO 
LECTURA: Un CUENTO para Jeannette, por Rubén Da 
río— Lección maternal, poesia por Sofía— 
Mi ALMA, poesia por Maria Célia, Miranda— 
Músicos de Octubre, por Luís Maeso—Con 
fesión, por Francisco Caraciolo Aratta—La Ci 
ta, poesia por Cayetano R. Mendoza—Ceni 
cienta, boceto sociológico por Werther—Nup 
cial, poesia por Juan Carlos Menendez—A UNA 
COLEGIALA—FÚLMEN, sonetos por Ernesto A. 
Rivera—La vuelta del Cruzado, por Eduar 
do López Labandera—Paz, Trabajo y Liber 
tad, décimas por Vicente Magallanes— SIN 
NOMBRE, poesia por Gonzalo harriera y Varela 
—Efluvios, poesia por Edo Bacía—¡Cesante! 
Elementos de novela por Pedro C. Miranda- 
Te y Yo (Becqueriana) poesia por Otto Mi 
guel Cione—España ante los siglos, Leyen 
da, por Francisco de Asis Condomines—Ella, 
por Venancio Paiva. 
GRABADOS: Galería de bellezas montevídeanas : 
Aníta Fiera, fotografía de Fitz—Patríele, gra 
bado de Emilio A. Coll y Compañía — Fachada 
principal déla Estación del Ferrocarril Central 
del Uruguay, en Montevideo—Vista interior de 
la Estación tornad^ en dirección al Uestaurant 
—Vista del interior de la Estación tomada en 
dirección al Norte—Todas fotografias de Fíllait, 
grabados de Ortega y Compañía. 
i 
Jeannette, ven á ver la dulzura de la tar 
de. Mira ese suave oro crepuscular, esa rosa 
de ala de flamenco fundido en tan compasi 
vo azul. La cúpula de la iglesia se recorta, 
negra, sobre la pompa vespertina. Jeannette, 
mira la partida del dia, la llegada de la no 
che; y en este amable momento, haz que tu 
respirar mueva mis cabellos, y tu perfume 
me dé ayuda, de ensueños, y tu voz, de 
cuando en cuando, despedace, ingenuamen 
te el cristal sutil de mis meditaciones... 
Porque tu no tienes la culpa ¡oh Jean 
nette ! de no ser duquesa. Mucho io dice tu 
perfil, tu orgulloso y sonrosado rostro, igual 
en un todo al de la trágica reina María A.n- 
tonieta, que con tanta gracia sabía medir el 
paso de la pavana. Sij'aimeSusette, f adore 
Sa^prt, dice el omnipotente Lírico de 
Francia, en un verso en que Júpiter se 
divierte. Tú, Jeannette, no eres Jeannetton, 
porla virtud de tu natural imperid, y así 
como, eres Jeannette, te quiero Jeannette. 
Y cuando, callas, que es muchás veces, pues 
posees el adorable don del silencio, mi. fan 
tasía tiene á bien regalarte un traje de corte 
que oculta tus percalas, y uña gran cabellera 
empolvada y unos caprichos, ele pájaro im 
perial que comiera,.gustoso fresas y corazo 
nes ;— y una guillotina.'.. ' 
II 
r ~ 
las princesas, Vespertina— este era su 
nombre — tenia por madrina un hada, la 
cual, el dia de su nacimiento, habia predicho 
toda suerte de triunfos, toda felicidad, con 
la única condición de que, por ser nacida 
bajo signos arcanos especiales, no mostra 
ría nunca su belleza, no saldría de su palacio 
de plata pulida y de marfil, sino en la hora 
en que surgiese, en la celeste seda, el lucero 
de la tarde, pues Vespertina era una flor 
crepuscular. Por eso, cuando el sol brillaba 
en su mediodía, nada más triste que las 
islas, solitarias y como agostadas; más cuan 
do, llegaba la hora delicada del poniente, no 
había alegria comparable á la de las islas. 
Vespertina salía, desde su infancia, á reco 
rrer sus jardines y kios.kos, y ¡oh adorable 
alegría ! ¡ oh alegría llena de una tristeza in 
finitamente sutil... ! los cisnes cantaban en 
los estanques, como si estuviesen próximos 
á la más deliciosa agonía ; y les pavos rea 
les, bajo las alamedas, ó en los jardines de 
extraña geometría, se detenían, con aires 
hieráticos, cual si esperasen ver venir 
algo... 
Y era Vespertina que pasaba, con paso de 
blanca sombra, pues su belleza dulcemente 
fantasmal dábale el aire de una princesa as 
tral, cuya carne fuese impalpable, y cuyo 
beso tuviese por nombre : Imposible 
Bajo sus piés brillaban los ópalos y las 
perlas ; á su paso notábase como una incli 
nación en los grandes lirios, en las frescas 
rosas blancas, en los trémulos tirsos de los 
jazmineros. 
Delante de ella iba sú galgo de color de 
la nieve, que había nacido en la luna, el cual 
tenía ojos de hombre. 
Y todo era silencio armonioso á su paso, 
por los jardines, por los kioskos, por las 
alamedas, hasta que ella se detenia, al res 
plandor de la luna que r-fecia, á escuchar 
la salutación del ruiseñor, que le decía: 
— « Princesa Vespertina, en un país remo 
to está el principe Azur, que ha de traer á 
tus lábios y á .tu corazón las más gratas 
mieles —Mas no te dejes encantar por el 
encanto del príncipe Rojo, que tiene una 
coraza de sol y un penacho de llamas. » 
Y Vespertina íbase á su camarín, en su 
palacio de plata pálida y marfil... i A pen 
sar en el principe Azur ? Nó, Jeannette, á 
pensar en ei príncipe Rojo. 
Porque Vespertina, aunque tan etérea, 
era mujer, y tenia una cabecita que pensaba 
así: «El ruiseñor es. un pájaro que canta 
divinamente; pero es muy parlanchín; y el 
príncipe Rojo debe de tener jaleas y pasteles 
que no sabe hacer el cocinero del rey Belzor.» 
III 
Jeannette, ¿ qué te dice el crepúsculo? Yo 
lo miro reflejarse en tus ojos, en tus dos enig 
máticos y negros y diamantinos ojos de ave 
extraña. ( S rían los ojos del papemor fabu 
loso como los tuyos. ) 
Yo te contaré ahora un cuento crepuscular, 
con la precisa condición de que no has de 
querer comprenderlo : pues si intentas abrir 
los labios, volarán todos los papemores del j 
cuento. Oye, nada más ; mira, nada más. I 
Oye, si suenan músicas que has oído en un | 
tiempo, cuando eras jardinera en el reino de | 
Mataquin y pasaban los príncipes de caza; 
ve, si crees reconocer rostros en el cortejo, y 
si las pedrerías moriburdis de esta tarde te 
hacen revivir en la memoria un tiempo de 
fabulosa existencia... 
Este era un rey.. .(En tu cabecita encan 
tadora, mi Jeannette, no acaban de soltarse 
las llaves de las fuentes de colores ? ¿ No te 
llama el acento de tus Mil y una noches ?) 
El rey era Belzor , en las islas Opalinas, 
más allá de la tierra en que viviera Cama- 
ralzamán. Y el rey Belzor, como todos los 
reyes, tenía una hija ; y ella había nacido un 
dia melancólico, al nacer también en la seda 
del cielo el lucero de la tarde. Como todas 
El cual dijo un día; á su hija:— «Han ve 
nido dos embajadores á pedir tu mano. El 
uno llegó en una bruma perfumada, y dijo 
su mensaje acompañando las palabras con 
un son de viola. El otro, al llegar, ha secado 
los rosales del jardín, pues su caballo res 
piraba fuego. El upo dice: «Mi amo es el 
príncipe Azur». El otro dice: «Mi amó es'el 
príncipe Rojo». 
Era la hora del crepúsculo y el ruiseñor 
cantaba en la ventana de Vespertina á ple 
na garganta: «Princesa Vespertina* en un 
país remoto está el príncipe Azur, c¡ue ha 
de traer á tus labios y á tu corazón las más 
gratas mieles. Mas no te dejes encantar por 
el encanto del príncipe Rojo, que tiene una 
coraza.de, sol y un penacho de llamas». 
— Por el lucero de la tarde! — dijoVes- 
pertina—juro que no me he de casar, padre 
mío, sino con el príncipe Rojo. 
Y así fué dicho al mensajero del caballo 
de fuego; el cual partió sonando un tan 
sonoro olifante, que hacia temblar los bos 
ques. 
Y días después oyóse otro mayor estruen 
do cerca de las islas Opalinas; y se cegaron 
los cisnes y los pavos reales. 
Porque como una mar de fuego era el 
cortejo del príncipe Rojo; el cual tenía una 
coraza de sol y un penacho de llama; tal 
como si fuese el sol mismo. 
Y dijo: 
— i Dónde está ¡ oh rey Belzor! tu hija, la 
princesa Vespertina? Aquí está mi carroza 
roja para llevarla à mi palacio. 
Y entre tanto en las islas era como el me 
diodía, la luz lo corroía todo, comounácido; 
y del palacio de marfil y de plata pálida, sa 
lió la princesa Vespertina. 
Y aconteció que no vió la faz del príncipe 
Rojo, porque de pronto se volvió ciega, 
como los pavos reales y los cisnes; y al que 
rer adelantarse á la carroza, sintió que su 
cuerpo fantasmal se desvanecia ; y, en medio 
de una inmensa desolaciónluminosa, sedes- 
vaneció como un copo de nieve óunalgodón 
de nube... Porque ella era una flor crepus 
cular; y porque, si el sol se presenta, des 
aparece en el azul el lucero de la tarde. 
IV 
Jeannette, á las flores crepusculares, sones 
de viola; á los cisnes, pedacitos de pan en 
el estanque; á los ruiseñores,jaulas bonitas; 
y ricas jaleas como las que quería comer la 
golosa Verpertina, á las muchachas que se 
portan bien. 
— Zut!—dice Jeannette. 
Rubén DARÍO. 
Iiue.vos Aires, Octubre 13 de 1897. 
LECCIÓN MATERNAL 
En una noche plácida y hermosa 
dije á mi madre, que miraba al cielo : 
—¿Qué es.el amor?. . . —De pronto, cariñosa 
sonrió... pero llorosa 
luego á sus ojos acercó'el pañuelo,,.. 
Otra ocasión, á orillas del torrente 
que bullicioso y rápido corría, 
niña feliz, le pregunté inocente: , 
—Madre, ¡qué es poesía!... 
— ¡Esta! me dijo y me beso en la frente.. . 
Asi aprendí y hoy sé por experiencia 
que risa y llanto es el amor sublime, 
y que si hay poesía en la existencia, 
en el alma, su esencia, 
el beso de una madre es quien lo imprime. 
Sofía. 
Octubre, 1G de 1897, 
Tan triste está mi alma, cual las flores 
que caen mustias por falta de roclo, 
como los lirios pálidos que crecen 
en las calladas'márgenes del rio ! 
Tan triste está mi alma, como el canto 
que entona el albo cisne al espirar, 
cual la humilde paloma que se queja 
al compás de la fuente al murmurar ! 
Tan triste está mi alma, cual las brisas 
que entre los sauces quejumbrosas gimen, 
como el pobre cautivo que agoniza 
entre los fríos hierros que le oprimen !... 
Tan triste está mi alma, cual ¡a queja 
del que abriga un amor sin esperanza, 
y cuanto, más la pena lo atormenta, 
más el fantasma del amor lo alcanza. . . 
Y tan triste está mi alma, como el último 
rayo de luz del moribundo día, 
y sufriendo estará por siempre mi alma 
mientras subsista ausencia tan impía 1,.. 
MaríaCéua MIRANDA, 
ilaidonado, Octubre 13 de 1897.
	        
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