Full text: 1.1897,17.Okt.=Nr. 16 (1897000116)

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erados por el pesar, no habla sino amable 
sonrisa para sus dos pequeños niños : Al 
bertina y Cárlos, — frescos y hermosos como 
una mañana de Enero. Los padres sonreían 
con esa.alegría aparente, tan necesaria para 
ocultar las penas, pero en el corazón experi 
mentaban honda tristeza. ¡ Cuán amargo es 
el dolor que no se desahoga! ; Cuán negra 
es la desgracia cuando no es fácil remediarla 
y tiene que ocultarse! 
La desastrosa guerra civil que terminó en 
¡os campos de Aceguá y Cuchilla Seca, en- 
rogecidos con la sangre de nuevas víctimas 
hermanas, había esparcido el terroren todas 
partes. Los sembrados en abandono no rin 
dieron la abundosa cosecha que esperaba el 
labrador ; porque pastores y labriegos, o ha 
bían huido á los montes para no ser arras- 
VlDA MONTEVÍDEANA 
irados al ejército por las levas, ó, á su pesar, 
habían trocado la azada por el fusil. 
L1 pequeño rancho de los juncales era en 
tonces hogar sin pan. visitado por el infor 
tunio. Sin trabajo, el hombre honrado lan 
guidece y se agosta como árbol falto de sá- 
via y benéficas lluvias. El hogar escaso de 
alimento para los hijos, es como un nido sin 
calor donde pian implumes, pajaríilos. 
Tres días habían pasado sin que humease 
la cocina de aquella desolada vivienda, y 
solo algunos mendrugos de pan acallaban 
el hambre de.Cárlos y de Albertina, cuyas 
preguntas sin interrupción despedazaban el 
corazón de los padres. 
— Papa, decía la sonrosada niña, ¿por 
qué no se enciende el fogón? 
— Pronto se hará, hija.mía. 
— Me siento desfallecer. Antes no eras 
tacaño, y le dabas á mamá esas moneditas 
que salían de casa, para no volver, es cierto, 
pero estábamos satisfechos y.. . comíamos. 
¿ Recuerdas cuán sabrosas y fragantes eran 
aquellas bananas de color de oro ; cuán her 
mosas aquellas manzanas que nos regalabas 
y decías que eran provocativas como un be 
so de tus hijos y cuyo color comparábas á 
mis mejillas? Díme, papá, ¿la guerra ha 
destruido hasta los frutales? 
— La guerra, porque se lleva los hortela 
nos, sí, y también el frío que no deja que 
maduren pronto las frutas. Pero ahora ya 
tenemos esperanza. 
— ¿Quién es la Esperanza, papá? 
— Una mujer muy hermosa que Dios nos 
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Tachada principal de la Estación del Ferrocarril Central del Uruguay, recientemente 
edificada en Montevideo —(De nna fotos-rafia de Filliat 
envía desde el cielo, cuando estamos más 
pesarosos. 
— i Qué bueno es Dios!... 
El frió ya pasó, hija mía, y por eso los 
campos comienzan á reverdecer y los ár 
boles á llenarse de flores. 
— ¿Y quién hace reverdecer, papá ? 
— Dios, siempre El. 
i mientras los árboles vuelvan á dar 
las frutas que tanto me gustan, díme ¿ Dios 
no podría darnos hoy, sino frutas, siquiera 
pan ó un poco de caldo? 
— Si, nos dará, dijo la joven madre, que, 
rodándole por las mejillas una lágrima como 
perla resbalada de un cofre, sorprendió á la 
niña en aquella plática curiosa con el padre. 
— ¿1 cómo lo sabes? preguntó el pequeño 
Cárlos, que venía asido de la diestra de su 
madre. . 
— ¡Ay! hijo mío, sabrás que el.pobre, 
cuando le aguijonea el hambre, come hasta 
gallina... / 
— ¡ Comer gallina! — exclamaron los dos 
niños con inocente alegría. 
— Sí, hijos. Han transcurrido ya tres 
días, y no hemos tomado alimento caliente. 
Tengo, pena de vosotros. Ya estais flaquillos, 
cuando el año anterior Albertina era una 
rosa y Carlitos un clavel. Yo no quiero que 
se sequen las' flores de mi corazón. ... Os 
voy á dar un caldo de gallina. 
— ¿De qué gallina, mamá? 
— De la única que tenemos. ¿Qué hacer, 
hijitos? Hoy muere la Cenicienta. 
— i La Cenicienta!. ni nos lo digas, mamá. 
Y rompieron en llanto los niños. Y tenían 
razón. 
La Cenicienta era para tilos como herma 
na, y con ella se entretenían, estrujándola 
cariñosamente. La Cenicienta era mansa y 
apiasible como una niña huérfana ; se había 
criado con cilios y era un ser querido y hasta 
necesario en aquel hogar. Más bien polla 
que gallina crecida, andábase contorneando 
| ! por la pequeña chacra, y ostentaba un her- 
| moso copete de azabache, desplegando á 
| veces las alas de un color ceniciento claro, 
nítidas, y de cuidado plumaje. La Cenicienta 
alegraba la casa con su ruidoso cacareo, y 
losniños acudían á él la, presurosos y con 
tentos, cuando oian escandalizar 1á chacra 
con la noticia de que dejaba un huevo en el 
nido. Allá eran las inocentes disputas sobre 
la pertenencia del huevo. 
— ¡ Este es mío ! 
— Mañana lo será, hoy es mío. 
Al fin la litis se acababa por transacción
	        
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