Full text: 1.1897,5.Dez.=Nr. 23 (1897000123)

VIDA MONTEVIDEANA 
3 
Unos ligeros pasos sobre la verde vegetación 
le hicieron volver la cabeza, y un grito de an 
gustia, en el que iba envuelta toda la amargura 
de que era presa, se escapó de su pecho. 
Ricardo, seguido de un sargento, venía á darle 
la última, la triste despedida, mudo, cabizbajo, 
como el reo que llevado al patíbulo vé llegar el 
ultimo momento. 
Ricardo llevaba-la muerte en el alma: un ne 
gro presentimiento le decía que no volvería á 
ver á su amada, y luchaban en él el deber de 
defender su patria y el cariño á su bella Aman 
da. 
— ¡Amanda raía!.... dijo apenas la vió!. 
—¡Ricardo!... exclamó ella. 
—Me voy á combatir—continuó el joven—Si 
muero en la fatal lucha que se ha empeñado no 
olvides nunca que mi amor fué sincero, como no 
hallarás otro en el mundo y que me alejo de 
ti en cumplimiento de un deber sagrado.... la 
patria me reclama, y debo partir en su ayuda... 
poro... júrame que no pertenecerás á otro, si 
muero en el campo de batalla, y partiré satis 
fecho. 
—Te lo juro—respondióle Amanda—y sacando 
de sn pecho un escapulario blanco, blanco co- 
n ]° sus santas ilusiones de novia, se lo entregó 
dicíéndole:—Lleva contigo esta reliquia, empa 
pada en mis lágrimas y santificada por mi amor 
grandioso—ella te inspirará la fé que tanto 
necesitas. 
El mozo gentil y apuesto llevólo á sus labios 
con mano temblorosa y depositó en él todo el 
cariño intenso y la desesperación profunda que 
rebozaba su alma. Después .. pálido y triste 
dijole por último: No me olvides... y en tus 
plegarias purísimas ruega á nuestro Dios por mí... 
Luego... se esfumó éntrelas sombras. 
IV 
Han pasado dos años. 
En el pueblo llama la atención la constancia 
con que una joven enlutada, envuelta en denso 
velo, visita á la hora del crepúsculo la ciudad de 
los muertos. Sigámoslay veremos que se detiene 
en una tumba pequeña, sin soberbia, sin lujo, 
Pero que tiene esos adornos que crecen lo mismo 
junto á la del poderoso que á la del humilde: las 
simbólicas flores. En el centro una cruz de hierro 
extiende sus brazos siempre abiertos y deja leer en 
gruesos caracteres el nombre de « Ricardo. > 
Aquella dolorida es Amanda, que diariamente 
Visita la morada de su amado, regándola luego de 
lágrimas heladas. 
Allise sentia feliz! Las rojas margaritas le 
recoidaban las mejillas y labios del que no exis 
ta; los lirios, el color de sü frente siempre pálida; 
las aromas de las flores, el perfume de sus terní- 
SIf nas palabras, y el canto de los pájaros, su voz 
melódica, aquella voz que parecía una música de 
arnor y de esperanza. . . . 
Un día dejódeir aflorar la bella enlutada. 
¿A qué se debía aquel repentino cambio? 
Es que Amanda había ido á reunirse con su 
atriado y aquellas dos almas, para el amor nacidas, 
flue no pudieron estar unidas en vida, lo estaban 
Para siempre en la'muerte. 
Desde entonces,junto á la cruz de Ricardo, 
evántase otta en la que en ¡guales caracteres 
se lie este otro nombre: «Amanda.» 
Sara JULIETA ARLAS. 
Montevideo, Diciembre 4 de 1807. 
De humilde grama circular pradera 
do los diestros se aprestan á distancia; 
un sol en el ocaso y la arrogancia 
de opuesta cima entre su luz postrera. 
Confundidos el pueblo y la elegancia 
formando al sur elástica barrera, 
y cual rosas en verde primavera 
damas quedan en torno su fragancia. 
Esferas que se elevan á la altura 
del recio golpe al magistral embate ; 
un diestro á apararlas se apresura ; 
Otros que corren, éste que se abate, 
y después, al bajarla noche obscura, 
la soledad en donde fué el combate. 
Torrf.xf.gra, 
LA HIPÉRBOLE DEL ARTE 
as®» 
ESTUDIO FILOSOFICO—HISTÓRICO—LITERARIO 
A Virgilio Varzea, al glorioso narra 
dor, al escenógrafo brillante de 
las letras brasileras', como laso ' 
de oro de la fraternidad (le los 
literatos de ambos países ame 
ricanos dedica: FRANCISCO C, 
Aratta. 
El sol esplendoroso de los fastos latinos des 
cendía i un ocaso sangriento, las conquistado 
ras legiones romanas ya se habían estrellado 
contra las férreas falanges de Arminio y las 
soberanas águilas de Mário, Pompeyo y César 
habían ido á remontar su vuelo en las selvas 
germánicas, en los aduares celtas y en los ardien 
tes páramos del Asia, y ios primeros albores de la 
fé cristiana del sol que se elevaba en las cum 
bres inmortales del Calvario, aparecían en los 
tenebrosos horizontes del Lácio, y como la co 
lumna de fuego, que señalaba el camino á los 
hebreos, marcaban una ruta luminosa á los pri 
meros nazarenos y á sus mártires estoicos, 
cuando nacía Nerón, de la célebre familia de los 
Domícios, 
Los siglos suceden á los siglos, sin interrup 
ción, como los vidrios de una linterna mágica; 
las sociedades y el mundo son ias telas dond 
se reflejan sus imájenes; y en ese paisaje estraño 
hay tal rapidez que, á veces, no nos deja ni 
execrar ni aplaudir el hecho pasado, pues otro 
más importante ocupa su lugar: pero, esta ¡ma 
jen terrorífica de Nerón, no pasa ni pasará ja 
más; ha de quedar impresa en la retina aso li 
brada de las generaciones futuras con tintas 
sangrientas, porqué Nerón es la más alta per 
sonificación de su época: esa edad nefasta debía 
producir, inevitablemente, este enorme monstruo 
del vacilante império romano. Las épocas produ 
cen los personajes, como el terreno, las flores y el 
fruto. 
Catones engendra la libertad y el despotismo 
Nerones. 
Para ver la verdad de esa máxima no hay como 
fijarse en el médio corruptor que envolvía á 
Nerón, Los cinco primeros años de su reinado 
llenaban de admiración á aquel sábio emperador 
Trajano, que no veía en la vida de los grandes 
principes nada digno de compararse con la vida 
de Nerón; y dice un célebre critico, «pretender 
que Nerón fué un monstruo en el seno de su mis 
ma madre, es juzgarlo en una sola frase.» 
Y asi, era el medio en que se desarrollaba Nerón, 
aliado de las vi tudes de los descendientes de los 
Gracos y los Scipiones, estaban las turpitudes de 
los Tiberios y las Mesalinas; al lado de las artes, 
los cultos más vergonzantes de religiones positi 
vistas con las diversiones sangrientas de los circos 
de gladiadores y de fieras; por eso, como dijimos. 
Nerón debia serla más alta personificación de su 
época. 
Me ocuparé de él en su lado más saliente, en lo 
que pienso descolló por encinta de sus crímenes 
y aberraciones; en el de artista sublime, en el de 
egregio cantante; fué la política de Nerón. 
.. Aquel bárbaro tenia el sentimiento artístico, 
amaba la música con la ternura de una alma es- 
presíva, con los arrobos del creyente; por la música 
no conoció jamás las fatigas de los viajes á rejiones 
remotas, ni elcansancio,debilitó su voz harmoniosa 
en las veladas interminables. 
Abandonado en su niñez. Nerón, y recojido 
por-Léplda, tía suya, sintió des le niño germinar 
en su corazón el odio hacia la familia, primero, 
y luego, á la humanidad entera. 
Roma copiaba la elegancia y el arte á Grecia, y 
por eso hacía sus ciudadanos, antes artistas que 
hombres laboriosos; pero, ¡qué diferencia entre ro 
manos y griegos!... Estos sabían combatir y morir 
serenos, con rostros de ángeles, perfumándose el 
eabello antes de ir al combate; eran héroes espon 
táneos, no de. artificio, como el romano; éste era 
el eterno poseur. 
¡Qué diferencia de aquellos héroes de las Ter 
mopilas. uno délos cuales exclamaba; «Es tal el 
número de los bárbaras, que sus flechas lanzadas, 
oscurecían el sol!» 
Nerón, como dice Selíer era un griego, pero un 
griego degenerado, que había conservado de ro 
mano sólo la crueldad; entre los juegos prefería 
el circo; entre las artes, el canto y la danza. 
Cuando cumplía los 17 años, la madre Agripi- 
ná, con un arte culinario digno de una Tofana la 
envenenadora ó de una Locusta, su coetánea, pre 
paró para el imbécil emperador Cláudio, un bien 
condimentado plato de setas. Vacante el trono por 
aquel célebre plato, lo ocupó Nerón. 
Nombrado emperador fué conducido en real 
litera al campamento de su ejército numeroso, y 
allí bajo una lluvia finísima, con una voz digna de 
Estentor el griego, arengó á sus soldados que lo 
vivaban aclamándolo por varias veces. 
Cuando llegó á su palacio, sin perder minuto, 
hizo llamar á Terpnus, el celebrado tallador de 
lira actor y cantante: empezó á vocalizar, prime 
ro piano, y después en crescendo, para probar 
si bajo la lluvia torrencial de aquel día, si acaso 
se hubieran destemplado alguna de las cuerdas 
vocales de su privilegiada garganta. 
Aquel fiero emperador que 110 hubiera to 
lerado que se le hiciera la menor observación 
sin castigar esa audacia con la muerte, Ne 
rón, encajaba, al acostarse, su cuerpo robusto 
en un corsé de plomo, hecho de sutiles láminas 
de plomo, para regularizar los movimientos de la 
respiración, y de día no tomaba jamás alimentos 
picantes, y sus bebidas eran refrescantes para 
lubrificar la real laringe. 
¡Cuantas fatigas por el arte, cuantas horas pasa 
das en vocalizar y en tañir la lira para doblegar 
las multitudes por su ingenio musical ante su 
persona como ante un semi-dios ó un héroe. 
Y su aspiración hubiera sido poseer cien pe 
chos de hierro, y cien lenguas de bronce, como 
las invocaba Homero, para dominar el grito de 
las turbas, la voz del trueno rebotando en las 
gargantas rocallosas de los montes y los sones 
terroríficos del huracán, que avanza riijiente y 
que, como dragón apocalíptico, destruye cnanto 
toca su planta maldita y su hálito de muerte! 
El gran Napoleón decía; «La música es el rui 
do que menos me incomoda,» no obstante ¡cuan 
tos millones de soldados pagaron el tributo á la 
muerte al son de las charangas militares de 
aquel Nerón moderno, que disfraz iba su sed de 
sangre humana con el nombre de conquistas, ga 
nadas con carne de cañón como él llamaba á sus 
pobres soldados! 
Para Nerón, la música era el quid divinum era 
la única diosa, ante la cual rendia su alma fiera é 
indómita como la de un bárbaro del Norte: con 
razón cuentan las leyendas griegas, que Apolo 
domesticaba á los tigres de manchada piel, man 
sos como corderos, con los sones melodiosos de 
su lira ó de su flauta de siete tubos, 
Napoleón, que era más que fiera, pués era em 
perador, no tenía fibras en su corazón para la 
música y decía sarcásticamente que era el ruido 
que menos le incomodaba! Todavía están en pié 
ias estátuas alzadas al Atila del Sud: pero, cuando 
llegue la hora que impere en el mundo la reli 
gión de la humanidad y el amor, entonces del 
bronce derretido de esas estátuas moldearán las 
efijies de los grandes músicos que suavizaron en 
esta eterna lucha por la existencia, las malas pa 
siones de los hombres!... 
No se cansaba Nerón de repetir el proverbio 
griego que dice: la música es nada si se la tie 
ne oculta, y el, día del debut se acercaba; v la 
verdad es que por un exceso de pudor artístico 
no quería debutar ante su corte, y se fué á la per 
la del golfo partenopeo, se fué á Nápoles, Allá en 
Nápoles y en Pompeya, aquéllas sonrisas perpe 
tuas de la primavera, en aquellas doradas playas 
donde los perfumes de los olivares y de los ce 
dros se mezclaban al delas rosas y de los lirios y 
al de los efluvios marinos de las aguas del golfo, 
eternamente calmas como indiferencia de mujer 
coqueta, bajo la bóveda azulada de un cielo casi 
tropical, allá es donde habían elejido su morada 
los desenfrenados Epicúreos romanos, los sátrapas 
de ( todas partes, las Mensalinas corrompidas, los 
sacerd >tes corruptores, las bayaderas, los siba 
ritas más refinados, los adivinos, los histriones, 
los gladiadores, los domadores del músculo, los 
filósofos, funámbulos de la idea, y mil diferentes 
especies; allá, Roma, despojada de los laureles de 
la guerra y de la verbena del derecho, arrastra 
ba en el fango el triol i n i o de. lós patricios y de 
los Cesares, se coronaba con los pámpanos de 
jBaco y las rosas del placer, exalabau en cantos 
Írteos la exuberancia de una vida que ¡ay 7 ! llegaba 
á su término fatal. 
, P ues sobre el grito roncó y destemplado de las 
Saturnales, los evohe de las bacantes, el rumor 
sonoro de los címbalos respondiendo á los címba 
los y 7 el de las liras vibrantes á los cantos de 
los poetas ebrios de Palermo; sobre esa orgia 
perpetua, alumbrada de día por uu expléndido 
sol oriental y de noche por la antorcha jigantesca 
del Vesubio, de siniestros resplandores ; sobre la 
ancha arena del circo, donde envueltos en sus
	        
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