Full text: 2.1898,10.Apr.=Nr. 39 (1898000239)

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esto à nosotros no nos incumbe. Lo que 
he sacado en consecuencia es que son 
ciertos los amores de Marcelo y Susana; 
y seguramente, «el amor es ciego» puesto 
que él no veia. .. ¿no piensan ustedes 
así?» 
Cada cual dio su opinión como mejor le 
pareció, luego la conversación tomó otro 
g'ro. . 
Cuando Hortensia se hubo separado ae 
sus amigas, reconstruyó en su memoria 
codo lo que con ellas habia hablado, y, 
después de forjar muchas hipótesis refe 
rentes a! asumo que la¿preocupaba. con 
cluyó por preguntarse:—¿Será verdad? 
Al formular esta pregunta surgia la du 
da en su espíritu; basta entonces había 
creido en la sinceridad de Marcelo, á 
quien se complacía en imaginarlo su ideal 
pero desde ese momento, movida por un 
poderoso afán que la impelía á querer co 
nocer la verdad, antes de declararse á si 
misma que se hab:a engañado, resultaba 
herido su corazón—herido al verse burla 
do por las apariencias—se formaba una 
corriente de ideas que, sucediénduse unas 
á otras, ya en favor, ya en contra de 
Marcelo, constituían la base de esa duda 
cruel que empezaba á tortuiarla. ¿Sería 
cierto cuanto su amiga acaba de referir? y 
si lo era ¿por qué no descubría el engaño 
en aquella mirada límpida y serena? pero 
¿por qué engañarla? No, eso no podia ser 
si él era su ideal; ella indudablemente, 
sería también el suyo, y entonces.... mas 
¿acaso estaba segura de que lo fuera? ¿lo 
amaba acaso? ¿se lo habia dicho el cora 
zón con franqueza?... 
Y como hubieran pasado tres dias sin 
verlo, pensando que quizás fuera Susana 
la causa, en un arranque supremo—que 
un observador poco sagaz lo hubiese atri 
buido á los celos—cual si quisiera librarse 
de un pensamiento harto enojoso, se dijo: 
— ¡En fin! no era ese, y luego ¡Traidor!... 
¡Ingrato! 
Estas dos palabras de reproche, pronun 
ciadas con cierta amargura, reunieron to 
do lo que pasaba por sa alma, como que 
riendo inculparlo de su equivocación y, à 
la vez, de no haber sabido agradecér 
sela... ¡Cuanto Tnisterio en un cora 
zón! 
Desde entonces hasta la hora en que la 
dejamos enel balcón desu casa,solo una vez 
habia visto á Marcelo, pero, volviendo la 
cabeza cuando este pasaba no quiso 
mirarlo; después no habia vuelto á 
verlo. 
Propúsose no pensar más en él y no 
obstante, queria saber si era cierto cuan 
to le habian contado; fué por eso por lo 
que le contrarió no ir al al Prado, al 1 i los 
vería juntos y ya no dudaría,. . y aqui sus 
mas firmes proposites desaparecían pues 
tratando disculpatlo se preguntaba: ¿Y si 
no hubiera sido verdad? ¡ab! ¿cor qué 
presté oido á t«do con tanta ligere 
za?» 
Mientras, la luna, descendiendo hacia 
Occidente, iba dejando envuelta en la pe 
numbra á Hortensia, quien domiuada por 
la melancolía del paisaje se sintió triste 
muy triste é imaginó que así como el 
astro de la noche pasa irradiando su té- 
nuo claridad un instante .sobre ¡a tierra 
y deja en pos desí la sombra, asi Marcelo 
habia cruzado por su alma dejando en 
ella un dolor vago, producido por aquella 
LA YIDA MONTE VID E ANA 
duda que al acusarse ella de lijera, de 
saparecia casi para dejar lugar à esta 
otra: ¿Seria él su ideal soñado?... ¿lo ha 
bría perdido para siempre? Y entornando 
los párpados, como vencida por el exceso 
de ideas que su fantasia le sugiriera, se 
durmió, al acompasado vaivén de su me 
cedora, soñando con Marcelo, que, cual 
verdadera encarnación de su ideal, le 
brindaba con un amor grande, muy gran 
de, siempre que ella le ayudara á ele 
varlo basta donde no tienen término las 
cosas, hasta lo infinito! 
Mauricio SINUIC. 
Montevideo, Marzo 2G de 1898. 
íiii nármmãtA 
Para apagar mi sed de lo infinito 
tus pequeños reflejos son lumbreras 
que con inmenso resplandor describen 
en el cuadro inmortal de las ideas, 
yante la faz del pensamiento humano, 
la exuberante vida de otras ierras 
que laten y se agitan, poderosas 
en la sublime pulsación sidérea. 
Yo te sigo en tu curso cuando arrastras 
con un poder de inconcebible fuerza 
los mundos de doradas ilusiones 
que en un cortejo “planetal- 1 te estrechan. 
Eüormes masas que en tu torno giran, 
que ruedan sin cesar y siempre ruedan, 
llevando el germen do un amor dichoso 
con el andar de su veloz carrera. 
Sobre esos mundos de iuquietud armónica 
talvez la vi Ja del candor so hespeda, 
¡Quien sabe si sus auras son suspiros 
y un tierno canto de querube la queja! 
Y tú, pequeño luminar nocturno, 
toda esa dicha y ese amor caldeas: 
eres su savia, su fletante llama 
de blando aliento y aromada esencia, 
allí á tu lumbre apareció el encanto 
de los matices de una aurora eterna, 
la lluvias incesantes, reflextoras 
del tinte seductor de mil florestas. 
Allí en el seno de los tules límpidos 
que coronan de lleno tus planetas 
■vibran tonos de música canora, 
esa que escucha el soñador poeta 
cuando arrulla sus horas de delirio 
con el sentido acorde de la endecha.., • 
Yo busco en los recónditos 
fulgores de la idea 
las gradas de tu imperio, 
celeste luminar; 
y en un reflejo insólito 
que en mi cerebro ondea, 
yo cuento da tus mundos 
lo que llegué á soñar. 
¡Quién sabe si en el óptico 
vislumbre de mi sueño, 
la realidad viviente 
de tu sistema Hallé, 
ó si nutrí mi espíritu 
con seductor diseño, 
con líricos efluvios 
de una ardorosa fel 
Si es ténue tu lumínico 
fulgor por las esferas, 
es solo para el hombrs 
que se detiene aquí, 
no para aquel que indómito 
se lanza en sus carreras, 
hendiendo los espacios 
hasta acercarse á tí 
Tu distancia es inmensa, tu tamaño 
como tu vuelo, acaso colosal; 
y aunqua no luzcas tu poder al hombre 
en la oval del galáctico peldaño, 
allí en tu propio giro sideral, 
para admirar tu brillo ¡ah! ni un nombre 
quien sabe si se hallara en los sonidos 
de la fastuosa lengua terrestal. 
Nicolás N. PIAGGIO. 
Montevideo, Abril 9 de 1898. 
'V tiw 
(BOCETO HISTÓRICO) 
I 
Fermín y Elina se adoraban hacia lar 
go tiempo, con la pureza y la intensidad 
que solo sienten las almas cuando aman 
por vez primera. 
Ambos, en las pocas ocasiones que tu 
vieron oportunidad de hablarse, se comu 
nicaron la pasión violenta que los abra 
saba, y se juraron un amor tan eterno 
como ardiente. 
Los padres de Elina descubrieron las 
relaciones de esta con Fermín é impidie 
ron el acercamiento de los enamora 
dos* . . 
Al tiempo mismo que crecía la oposición 
á Fermín crecia la pasión de Elina al 
objeto amado. La oposición, siempre traé 
por consecuencia inmediata el crecimien 
to del deseo hacia la cosa de que se nos 
quiere alejar. 
Asi, pues, cuanto mas recrudecía la 
oposición tanto mas aumentaba el amor 
entre Fermín y Elina. 
Estos, últimamente, ya no teníanla ven 
tura de hablarse' pero á cambio de ese 
martirio, impuesto por la crueldad de unos 
padres sin alma, Fermín y Elina, se co 
municaban con los ojos, la santa fiebre 
del sublime sentimiento que los herma 
naba y consumia! 
¡Ah, cuantas veces sintieron los ena 
morados la amarga tortura à que los te 
nia sujetos la paternal tirania! ¿Por qué 
ese suplicio mas acerbo que el de Tánta 
lo á dos almas que se aman con la fuerza 
y la castidad de los seres que habitan la 
región azul? 
¿Porqué esa tirania sin nombre a dos 
almas que se han descubierto y compren 
dido en medio de las tinieblas de esta 
árida y azarosa vida? 
¡Ah, es que hay seres que gozan en el 
dolor ageno! ¡Es que hay seres sin entra 
ñas, que solo son felices cuando ven 
sufrir á sus hermanos en la natura 
leza! 
Espíritus tan mezquinos, solo merecen 
el eterno anatema.
	        
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