Full text: 2.1898,17.Apr.=Nr. 40 (1898000240)

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Vi DA MONTE VID EAN A 
con el blanco traje de novia, coronada su 
sien de azahares, suelto el largo y transpa 
rente velo, rodeada de sus amigas que en 
vidiaban su dich?, y á su cufiado todo de 
negro haciendo contraste con la desposada, 
inclinándose al recibir los cumplimientos de 
la concurrencia, que invadía los espaciosos 
salones iluminados «á giorno», y le parecía 
oir los acordes melodiosos de la orquesta 
que preludiaba un vals arrebatador.... Des 
pués vió todo sombras y luto, la muerte de 
sus padres, su desesperación, su soledad; 
más tarde, huérfana y triste, el dulce encanto 
de aquel chiquitín recien nacido, sobrino 
suyo, sí, un chico que.ella criaría y enseña 
ría á su modo, le pertenecía, era su primero 
y su único sobrino; ella le haría su ajuar 
para el día del bautismo, ella le cuidaría, no 
necesitaba más nodriza ni más niñera, le 
bastaría toda su buena voluntad y un poco 
de paciencia; luego venía el clia de los óleos, 
Manolo cump'ia once meses; largo ropón 
blanco de espumilla de seda le vestía, con 
una esclavina de blondas del mismo color 
que le llegaba hasta los piecesitos, una ca 
pota grande adornada con blondas y cintas 
cubría su cabecita que coronaban algunos 
rizos cortos y rubios, y todo aquello era 
hechura de ella, y todos la felicitaban por su 
habilidad y delicado gusto; después el cura 
le echaba el agua santa del bautismo y des 
de aquel momento el futuro ciudadano po 
seía el nombre de Manuel, que ella había 
elegido entre todos los santos del calendario 
y que despojó de aquel para designarlo con 
otro mas dulce y más cariñoso: Manolo. 
Más tarde llegaron dias de infinita ventu 
ra, cuando Manolo empezó á caminar guia 
do por ella, y era de ver con qué alegría ce 
lebraba sus gracias; y todo hasta aquí no 
fué náda, si ha de compararse con la con 
versación del tunantuelo, que con el aire 
más endiablado del mundo pedia chiches y 
golosinas que ella nunca se atrevió á negar. 
Y allá en su mente se reproducían casi 
textual las palabras del chico, que con voz 
melosa y con esa charla peculiar en las cria 
turas, sabia pedir tan bien las cosas. 
—¿Oís Lola, yo quero un cabayo con 
hombe y todo, me lo vas á compar? 
— Si, Manolo, todo cuanto tú quieras, pe 
ro dame un beso. 
—Bueno, este es por el cabayo y es‘e por 
el hombe; ahola dame un vintén. 
Y ella accedía á su pedido, dándole el vin 
tén solicitado y luego iba á la juguetería en 
busca del caballo apetecido, el que era reci 
bido con júbilo y pagada con mimos y besos, 
pero que al rato yacía olvidado entre los de 
más juguetes, antojándcsele algún otro; en 
tonces ella volvía al lugar donde guardaba 
sus ahorros, no tardando en satisfacer el 
nuevo.capricho. 
Pero lo que más la complacía era escu 
char sus proyectos sobre el porvenir. Aquel 
chiquitín tenía una imaginación traviesa, y 
pensaba demasiado para sus pocos años—en 
los que desplegaba grandes cualidades de 
vividor. 
—Mira, Lala, la decía á veces después de 
reflexionar largo rato, cuando yo sea gande 
voy á tener un coche, como papá, y cabayos 
de deveras como papá... 
—¿Y para qué quieres tú eso? 
- Y muchos vintenes, continuaba él sin 
hacer caso de la interrupción de su tía, para 
compar, ¿sabes qué? pues cigarros, si, vov á 
fumar, como papá... 
—Já! ¡á! tú fumar? y no le tienes miedo a! 
humo? 
--Yo? contestaba él irguiéndose, querién 
doselas echar de hombrecito, yo no tendré 
miedo... como papá... 
—Si, todo como tu padre... muy buena 
pieza es tu papá. 
Y él quedaba distraído como si quisiera 
encontrar algo que hiciera su papá, y que 
él tuviera deseos de hacer. 
—Mira, exclama de repente, sabes una co 
sa? y tendré novia también .. 
—Já! já! já! 
Y le abrazaba con efusión y le besaba con 
trasportes de delirio, al contemplarlo tan 
parlanchín, no pudiendo comprender cómo 
un niño de cinco años tuviera tales proyec 
tos para el futuro. 
El espíritu de imitación se revelaba de 
modo muy pronunciado en aquel chico, que, 
como todos los niños á su edad, poseen tal 
cualidad, aunque no en tan alto grado. 
Y se convencía más y más, que nada pue 
de hacerse ó decirse delante de uno de estos 
diablillos tan propensos, á tomar ejemplo de 
cuanto viesen. 
Y recordaba entonces la vida poco arre 
glada del padre, y las visitas que dos veces 
á la semana le hacía su novio, por lo que 
Manolo, no queriendo ser menos que ella, 
quería tener novia también... 
Reyertas con él tenidas, recordaba que le 
hacían mucha gracia, dado el tema de la 
disputa. 
—No te voy á querer más, decía él enoja 
do y lagrimeando: voy á querer á Remedios 
(esta era la criada) porque tú prefieres á 
Eduardo. 
—Miren el tonto! pensarse que lo voy á 
dejar á él por ese otro v .. que ni siquiera es 
mi novio! 
Américo S. MANCEBO. 
Montevideo, Abril ió de i8y8. 
(Concluirá ). 
CREPUSCULAR 
El sol de hermosa tarde, magnífico, fulgente, 
entre escarlata y oro se hundía en Occidente. 
Yo y ella deslumbrados mirábamos el mar, 
mirábamos las ondas que en su rodar tranquilo 
sus lomos encrespaban, bordados por un hilo 
de luz crepuscular. 
No sé si un rayo de oro venido de lo lejos 
ó un susurro muriente, que envuelto en mil reflejos 
rozando en las entenas del barco, suspiró^ 
no sé si fué el gemido de un bardo moribundo,' 
ó el eco de una endecha, ó un beso vagabundo 
que á nuestros pies murió; 
Que al fin, rayo ó susurro, gemido, endecha ó 
[beso, 
muriendo á nuestras plantas rompió nuestro em- 
[beleso, 
y entonces nuestros ojos preñados de pasión, 
dijéronme algo dulce que solo entiende el alma, 
un algo que conmueve la eteriia y dulce calma 
del triste corazón! 
La noche habia llegado y de ella rompiendo el velo 
surgió la blanca luna y en el tranquilo cielo 
lucieron las estrellas con fúlgido lucir... 
Siguió su rumbo el barco dejando blancas huellas 
y vimos en el cielo las pálidas estrellas 
tranquilas sonreír... 
Edmundo F. BIANCHI. 
Montevideo, Abril 16 de 1898. 
ib PRIMES SUSTO 
Imagínese el lector la cara que pondría el 
bonachón de Basiliso, cuando leyó los ren 
glones de acabar de la cartita'aquella, que 
así decían:—«Adiós, mi querido Basi. Ya es 
larde y tengo sueño. Al entregarme esta no 
che en brazos de Morfeo pensaré en tí.» 
El pobre muchacho, dependiente mandi- 
lero en una tienda de comestibles, sin más 
gramática que la parda ¿i más literatura 
que la indispensable para distinguir la cate 
goría de los arroces y clasificar por su pro-, 
sapia los vinagres, gengibieres y otros cal 
dos, se puso pálido como un muerto, luego 
verde, después rojo, y por último veteado 
de los varios colores que forman la fisono 
mía de todo varón celoso de un sustituto, la 
sangre y la bilis combinadas. 
—En los brazos de Morfeo!—exclamó Ba 
siliso apretando los puños.—¡Y bien lucido 
papel el que me deja Juana en ese cuadro 
vivo! Vamos á ver: ella en los brazos de su 
Morfeo, y yo, muy quietecito, en mi casa; 
pero, eso si, muy presente en el pensamiento 
de juana! Y después de todo, quién diablos 
es e-e tal? Yo no le he conocido á juana 
ningún novio con'ese apellido. Morfeo... 
Mo:feo. v . me suena á cosa así como 
Murphv, el mozo irlandés con quien la vi 
una noche en el gallinero del teatro. Pero 
no puede ser; no, señor, no puede ser; por 
la sencilla razón de que ella me dice en su 
carta: «cuando esté en los brazos, ele.,» y el 
pobre Murphy es manco de uno de ellos. En 
ese caso Juana me hubiera dicho: «en el 
bra^o de iMorfco, pensaré*en tí.» 
Y el infeliz enamorado se quedabadmagi- 
nando cómo podía ser aquello, y concluía 
por no entenderlo. 
De repente, lá centella de una idea atra 
vesó el cerebro de Basiliso y le iluminó co 
mo si le hubiesen encendido un farol de re 
treta en aquella cueva de negras cavilacio 
nes.. La idea consistía en que buscando en 
el Directorio, tenía por fuerza que encontrar 
alli el nombre de Morfeo y las señas de su 
domicilio. Basiliso se dió la palmada de 
Arquimedes sobre su frente divinizada por 
la ráfaga del génio, y abalanzándose sobre 
el Directorio lo fojeó apresuradamente, bus 
có y.topó con la letra AL, repasó los nombres 
todos que con esa inicial comenzaban; pero 
... ¡nada! No estaba registrado en el Direc 
torio el apellido de su afortunado rival. Na 
die se llamaba Morfeoen toda la ciudad. El 
nombre que encontró más parecido al que 
buscaba fué el de un tal Morbcllo; y tuvo 
que apechugar con él, exclamando: 
—Ya te tengo, miserable! Verdad' es que 
aquí dice Alorbello, y que Juana no escribe 
sino Morfeo, Ah! ya caigo! Así es ella; muy 
dada á los apodos cariñosos. A mi me llama 
unas veces Basi, otras me dice Basilisco, y 
estando alegre y pulíosita llega hasta lla 
marme Bacillus, ó Microbio. Qué mucho, 
pues, que á este Mor-lindo ó Morbel'o, lo 
apode Mor-feo? 
La cosa no dejaba duda. Basiliso así lo 
creyó; y después de tomar nota de las señas 
del sujeto, se quitó el mandil, se alborotó el 
mostacho, aflojóse los tiros del pantalón, se 
metió en un periquete dentro del paleto, se 
pescoseó sobre la oreja el sombrero, y á 
trancos se fué derecho á donde le guiaba la 
venganza. 
La casa donde debía encontrar al traidor 
que le robaba su novia, ostentaba un letre 
ro sobre la puerta que decía:—Alcssandre 
Morbcllo, fabricante de fideos, y allí penetró 
resueltamente Basiliso. 
—El señor Morbello?—preguntó con ágria 
voz. 
—Servitore,—contestó una especie de ogro 
enharinado, de cuya hirsuta barba colgaba 
algo que á Basiliso se le antojaron asquero 
sos gusanos amarillos, y que no eran sino 
partículas de fideos. No había para qué du 
dar. Aquel era seguramente e! Morfeo de 
Juana, el Morfeo más feo que se pudiera 
imaginar. 
—Caballero,—le dijo Basiliso, (ahora sí, 
convertido de veras en Basilisco:)—Caballe 
ro, le prohíbo á usted que deje reposar en 
sus brazos á mi novia. No se haga usted el 
sueco. Vea usted esta carta que le acusa. 
Y sacando del bolsillo del pantalón el fe 
mentido billete de Juana, casi se lo restregó 
en los ojos al italiano.
	        
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