Full text: 2.1898,19.Mai=Nr. 46 (1898000246)

VIDA MONTEVIDEANA 
155 
Morir quisiera; en los etéreos mundos 
del infinito destender las alas, 
é ir á besar tu frente de azucena 
en los vergeles de mi dulce pátria! 
Víctor ARREGUINE. 
Buenos Aires, Mayo 24 de 1898. 
PENSAMIENTO 
PARA 
“VIDA MONTEVIDEANA” 
Los pueblos que honran la memoria de sus 
grandes varones en la forma solemnemente 
sentida que el pueblo oriental acaba do hon 
rar la memoria de Diego Lamas, demuestran 
que son dignísimos de ellas. —Demuestran, 
además, y esto debe endulzar nuestra inmensa 
pena, que están en condiciones da producirlos 
en momentos históricos. 
Se ha dicho que los hombres son, tanto co 
mo hijos de sus obras, hijos del medio en que 
desenvuelven sus energías naturales—Por 
eso, en la Roma conquistadora, cada romano 
era un guerrero; en la Grecia de Píndaro, 
Esquilo y Sófocles, cada griego era un artista; 
en la Cartago de los siete siglos, cada cartagi 
nés era un guarismo. 
Que, para honor y gloria de nuestra pátria 
perduren y se engrandezcan las vi'tudes cívi 
cas que ha puesto de manifiesto el soberbio 
homenaje rendido á Diego Lamas, y la bande 
ra blanca y celeste flotará á los Ventoseada 
día más orgullosa, enseñando á propios y en 
senando á extraños, que á su sombra bendita 
los héroes no concluyen: so suceden! 
María ARLAS DE ANAYA. 
HUÉRFANA 
Recitado escrito para mi hija Lucha 
¡Oh, qué bello es tener una madre 
y en su seno las penas llorar! 
Que encontrando allí alivio y consuelo 
las penas se olvidan y vuelve á tornar 
esa paz, esa caima, esa dicha, 
ese dulce y feliz bienestar 
que ia niña que pierde á su madre 
nunca, nunca, jamás hallará. 
¡Ay, qué triste es perder una madre! 
¡Ay,, qué triste es perder el hogar! 
Pobre huérfana, lloro y no ceso 
Perdida la calma, perdida la paz 
hoy recorro las calles y plazas 
vestida de harapos, sin luz, sin hogar, 
extendiendo la mano al que pasa, 
con voz condolida pidiéndole pan. 
¿Dónde están esas dichas pasadas 
entre el suave calor de mi hogar?, 
¿Dónde estás, madre mía adorada, 
que no escucho tu voz celestial? 
Yo te llamo y mi triste ¡amento 
los écos repiten con voz sepulcral: 
«E11 el rielóse encuentra tu madre» 
y yo al rielo quisiera volar, 
A contarte mis tristes congojas 
y en tu seno mis penas llorar, 
mas... ¡qué lejos estás, madre mia, 
qué largo el camino! no piejo llegar. 
Pero, envíame un beso y tu espíritu 
venga mi alma infeliz á buscar. 
¡Yo no puedo vivir sin ti, madre, 
yo no puedo vivir sin hogar! 
ÍGNAcio PEREZ CARTA. 
Montevideo, Mayo 28 de i8y8. 
* s 
A ella 
Me dices quo de noche, arrodillada 
del blanco lecho al pié, al Omnipotente ' 
diriges tu plegaria y que ¡e pides 
que dure nuestro amor eternamente. 
Esto dices, amada, en tus misivas 
llenas de amor, y de esperanzas llenas. 
¡Oh dulces cartas que mi amor bendice, 
pues son las treguas de mis tristes penas! 
De noche las repaso, y en mi sueño 
te veo arrodillada al pié del lecho, 
juntas las manos, la mirada al rielo 
y latiendo de amor el blanco pecho. 
Oh! reza, dulce bien, que tu plegaria 
casta como tu amor, al, cielo sube 
y llega bastí el Creador que la recibe 
como el celeste canto de un querube. 
¡Reza, mi dulce bien, que en los instantes 
en que tu virgen labio se estremece, 
mi alma asciende también hasta los cielos 
y entre los astr s lúcidos se mece. 
Y mientras tu plegaria sube al cielo 
yo escribiré- mis pobres poesías; 
y cuando a Dios le cuentes tus amores 
yo cantaré las esperanzas mías. 
El rogar de una virgen pudorosa 
y el canto de un poeta á Dios ascienden, 
que tanto pueden almas que han sufrido 
y corazones que de amor se encienden. 
Edmundo F. BIANCHI. 
Montevideo, Mayo 26 de 1898. 
ti. 
(continuación ) 
Tal vez porque la realización de sus deseos 
le había dejado sin una misión práctica: tal 
vez—y esto es lo más probable—sentía poco 
amor porel hijo que recobrara. La obediencia 
que de él exigía le era otorgada de buen gra 
do; la conversión en que había puesto su alma 
enlera, fué completa, yá pesar de lodo, nada 
de esto le contentaba. Al regenerar a su hijo 
habiajcumplido con lodos los requisitos de su 
deber religioso, y no obstante parecíale que 
faltaba santificación al acto. En semejante 
perplejidad, leyóse la parábola del Hijo Pró 
digo, que adoptara por norma desde mucho 
anter, y observó que había omiudo el festín 
final de reconciliación. Esto parecía ofrecerle 
la deseada cualidad de ceremonioso sacra 
mento enfreéi y su hijo? de manera que un 
año después de la aparición de Carlos se pre 
paró á darle un banquete- 
— Junta á todo el mundo, Callos,—dijo so 
lemnemente—á todo el mundo, que sepa que 
te he sacado dé los abismos da la iniquidad y 
de la compañía do los cerdos y de las mujeres 
perdidas; y mándales que coman, beban y se 
regocijen. 
Tal vez el anciano tenía para esto otro m> 
livo, no analizado aún claramente. 
La hermosa casa quo construyera sobre las 
arenosas colinas, parecíais á veces triste y 
solitaria. A menudo sorprendíase á si mismo, 
tratando de reconstruir con las graves faccio 
nes de Carlos, las de aquel ñiño cuyo vago re 
cuerdo tanto le ocupó en el pasado y en el que 
tanto pensaba hoy. Eigurábase que era esta 
señal de que se le acercaba ’a vejez y una se» 
gunda infancia con ella. 
Tropezando un día en su sala de csremo- 
nias con un niño de uno de los criados, que se 
aventuró á llegar hasta allí, quiso tomar’e en 
sus brazos: pero el niño huyó ante su arru 
gada fisonomía. Por ,todo esto, parecióle muy 
pertinente reuniren su casa la buena sociedad 
de San Francisco y de entre aquella exposi- 
ián de doncellas elegir una nuera. Y después 
tendría un nieto, un niño á quien criar desde el 
principio y á quien amaría, como no amaba á 
Oorlos. 
Todos fuimos del convite. Los Smiths, los 
Jonnes, los Browns y Robinsons, vinieron 
también con aquella exuberancia de anima 
ción y alegría bestial, sin frono ni respeto al 
guno para el anfitrión, que la mayor parte do 
nosotros tenemos costumbre de juzgar como 
tan divertidas. El suceso hubiera termina 
do con escándalo á no impedirlo la posición 
social de los actores. 
En efecto, Mr. Braey Tibbets, dotado por 
naturaleza de ingenioso humorismo y excita 
do además por los brillantes ojos de las mu 
chachas Jonnes, se portó de una manera ta), 
que atrajo las Sérias miradas de Mr. Carlos 
Thompson, quien se le acercó diciendo tran 
quilamente: 
—Parece que os sentís malo, Mr. Tibbets; 
permitidme que os conduzca á vuestro carrua 
je. (Resiste, perro, y te echaré por la ventana.) 
Por aquí, si os place; la habitación está cal 
deada y os molesta. 
No será necesario decir que solo una parte 
de este discurso fué perceptible para la socie 
dad y que el resto lo divulgó Mr. Tibbets, 
sintiendo en el alma quo su repentina indis 
posición ’e privase do lo que la más exéntrica 
delas las señoritas Jonnes, dió en llamar el 
«ramillete final de la fiesta» y que me apresuro 
á relatar: 
Ocurrió-el incidente al fin de la cena. Se 
guramente Mr. Thompson bacía la vista gorda 
ante la desordenada conducta de la gente jo 
ven, atraído en la meditación de un próximo 
efecto dramático. Cuando levantáronlos man-
	        
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