Full text: 1.1915,15.Aug.=Nr. 4 (1915000104)

Año 1 
Montevideo, Agosto 15 de 1915 
Núm. 4 
1K 
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Directora: MARGARITA DE LA SIERRA 
Administradora: ELENA VICTORICA ALVAREZ 
REVISTA FEMEN NA 
APARECE LOS DÍAS 1 Y 15 DE CADA MES 
Dirección y Administración: SORIANO, 1122 
Teléfono: «LA URUGUAYA», N.o 2429 (Central) 
Yf 
PRECIOS DE SUSCRICIÓN 
Capital: mensual $0.30 
Departamentos y Exterior: 
Mensual 
Trimestre 
Semestre 
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» 1.10 
» 2.00 J 
JUSTICIA Y GRÍYTITUb 
/Ton frecuencia nos visitan eminentes persona- 
Xá lidades del exterior, ya en giras de estudio o 
recreo, ya en misiones oficiales. Para no citar 
sino algunas, recordemos a Gori y Ferri, de Ita 
lia; Jourés, Clemenceau y Baudin, de Francia; 
Altamira y Lerroux, de España; Bryan y Roo- 
sevelt, de Estados Unidos del Norte; Mont, de 
Chile; Muller, del Brasil; Baez, del Paraguay. 
Cumpliendo gratos deberes de cortesía inter 
nacional y rindiendo a la vez legítimo culto a 
notorios merecimientos individuales, las recibimos 
y agazajamos con la mayor explendidez posible. 
Entre los números del programa, es obligado un 
paseo por las avenidas, plazas y parques de la 
capital. Les mostramos lo que tenemos a mérito 
de nobles afanes de progreso, en unos casos, y 
a mérito de la generosidad de la naturaleza, en 
otros. 
Cuando se van, quedamos con la impresión de 
que llevan de nosotros el mejor concepto. Tanto 
más cuanto que, por lo regular, nos colman de 
alabanzas desde que llegan hasta que se des 
piden. 
Pero ¿es cierto que se forman ese concepto? 
No nos engañamos de buena fe ? 
Tan antiguo como el «nada hay nuevo debajo 
del sol», de Salomón,- es el «por sus obras les 
conoceréis», que reproduce el Evangelio. Y bien 
¿qué opinión puede sujerir al que nos. visita el 
hecho de no ver un solo monumento en nuestras 
avenidas, plazas y parques, perpetuando figuras 
y nombres de uruguayos ilustres?... Una de dos: 
o que nuestro pueblo es un pueblo sin grandezas 
ni glorias en el pasado — sin héroes, sin mártires, 
sin estadistas, sin filántropos, sin poetas, sin es 
critores, dignos del mármol o el bronce, — o un 
pueblo al que faltan cualidades esenciales de los 
cultos y fuertes: criterio de justicia y sentimien 
tos de gratitud. El dilema es de hierro. 
Y no se diga que si los sitios públicos están 
huérfanos de obras que materialicen ese criterio 
y esos sentimientos, es porque la situación eco 
nómica no las ha permitido. Somos un país neo 
y próspero. Hemos atravesado por crisis, como 
todos, y acaso no tan intensas y en menor nú 
mero que otros. No es tal la causa. Es que nues 
tra justicia histórica y nuestra gratitud cívica no 
tienen todavía bastante poder para sobreponerse 
a pasiones subalternas de bandería. Aún no he T 
mos logrado emanciparnos del yugo de viejas y 
pequeñas parcialidades. Aun no hemos adquirido 
bastante consistencia moral ni bastante elastici 
dad y ecuanimidad de juicio para reconciliarnos 
siquiera sea a la sombra de las glorias naciona 
les. Es doloroso decirlo, pero es la verdad. Julio 
Herrera solía afirmar con la verba lapidaria que 
era florescencia natural de su espíritu, que entre 
nosotros se cotizaba a mejor precio un manojo 
de alfalfa que una carrada de laureles... 
En Francia, Italia, Alemania, Inglaterra, España, 
Estados Unidos del Norte, Chile, Argentina, Bra 
sil, — en todos los pueblos de civilización avan 
zada — es común encontrar a cada paso monu 
mentos, yá valiosos, yá modestos, erigidos a las 
personalidades que fueron ilustres por sus virtu 
des o talentos. Esos pueblos entienden que se hon 
ran, honrando a los que los honraron. Y entien 
den que hacen verdadera escuela de cultura y 
patriotismo, mostrando a propios y extraños, fun 
didas en mármol o bronce, las figuras de sus 
guerreros, de sus filántropos, de sus estadistas, 
de sus poetas, de sus oradores... 
El extrangero que nos visita tendrá al despe 
dirse muchas y almibaradas frases para nosotros. 
Pero, allá, en el fondo, la verdad es que no po 
drá por menos que hacerse reflexiones bien poco 
lisonjeras al irse sin haber visto un solo monu 
mento en nuestras avenidas, plazas y parques. 
Cuéntase que un grupo de «tomistas», del que 
formaba parte un caballero inglés, penetró en 
cierta ocasión en un país desconocido. Desde 
luego, todos se sintieron ingratamente impresio 
nados. Escenas intranquilizadoras se desarrollaban 
a su paso. Trataron de salvar distancias y atra-
	        
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