e MA Señoras y Mujeres «4 (4 mi apreciad3 cuñado el señor Martín Gaspar) 1 —¡ bueno !—me dijo mi amigo Castulo al leer el título de ese articulillo.—: Y qué tenemos con eso? Yo creía que era lo mis- mo una cosa que otra; ¿Ó es que se dis- tinguen por el traje? —i¡No, señor!... No se distingue por el traje la que es una señora, de la que es simplemente una mujer, comprendemos to- do el sexo femenino; decir señora, ya es otro cantar. “El poeta nace—dice el re- frán,—pero no se hace” ; vuelve á la inver- sa el proverbio, tratando de mujeres, y estarás en lo justo, y precisamente eso es lo que viene á reforzar mi tesis. La “edrueación. las buenas maneras, la delicadeza, el señoría, en fin, no nace con no; se forma; es producto de la imita- ción de puenos modelos; de asimilarse una Sran dosi: de bondad, y no alvdar jamás al Piec?ate aquél: “No quieca: para otro 0 que no atieras para ti” Bueno; pero díme, ¿este va á ser un Articulo cómico, ó un curso de moral? — Pues será, como todos, un trabajo mo- Talizador, con sus ribetes cómicos: y voy 4 darte una muestra de ello. Ahí tienes a doña Mónica, la “vindad de aquel vista de aduanas, que no vió nunca más allá de SUS narices; á pesar de que usaba lentes <1 0, y que, gracias á esa miopía conven- ion dejó á sus hijas una posición des- voogada. ¿Has estado en su casa alguna —iSí, por cierto!... Y supongo que no e la audacia de criticar su rico mo- poe te equivocas de medio á medio, € ese es el primer detalle que demues- te o. mal gusto y su cursilería. Sillas do- o pesados cortinajes, de colores; un Samiento de adornos que demuestran . afan de ostentar, de deslumbrar, mejor dicho, : : Ni €sa mujer, ni sus hijas, han sabido Jamás lo : a que era ser señora. eS en sus trajes de raso para diario, Dio 9 la sombrilla con puño de oro en To mublado, y con los dedos llenos de SOrtiia. + . rtijas, como si sus manos fueran una vi- Tera de joyería. EL PICAFLOR NACIONAL a ¿No son dignas amigas de las de Tron- coso, que adornan sus sombreros con co- dornices y pájaros fritos al natural, que provocan la patota de las gentes? —¿ Pero vos, me vas á negar que son señoras? —pPor su plata, tal vez; y por eso se las tolera; pero no por su distinción, por ese chic -que sólo se adquiere con el trato de la buena sociedad, que impone la sen- cillez y el buen gusto. Por eso la mujer elegante huye de usar trajes y joyas que llamen la atención... Mira, pues, si hay diferencia entre las mujeres y las señoras. —Exageras de una manera atroz. —¿ Que exagero? Pues, entonces, tú 19- noras lo que le sucedió á la hija de doña - Mónica yendo en compañía de su madre, de paseo en Palermo. —¿ Qué paso? —Que llevaba la chica un descomunal sombrero con un pájaro no menos desco- munal, y al verla el tonto Pichote, el hijo | del célebre sevillano, empezó á palmotear y á decir: | — ¡Qué hermosa!... ¡Qué linda!... ¡Qué bella... Doña Mónica, radiante de satisfacción, creyendo que aquellas alabanzas se dirigían á su Cirilita, su hija, se acercó á Pichoti y - le dijo: : — Muchas gracias, caballero! Es mi hi —:¿ Su hija?... ¡Pero si yo me refiero á la cacatúa que lleva en el sombrero! Va- liente mamarracho está su hija de usted, señora | , h A la chica, por poco le da un síncope pero la calmó su madre, diciéndole: —¡ No hagas caso, hijita mía! Son envi dias. a Federico Badía Soler. — <br — p - AVELLANEDA — AMOR... (A la señorita María 'Falcone) : Quisiera ser las niñas de tus ojos. El metálico timbre de tu voz, El calor de tu frente pensativa y Tu idea, tu luz y tu canción!... * vt Quisiera ser la fuerza prodigiosa Palpitante de la vida en'la creación, Para arrancar del cielo de la nada . Otro mundo mejor para los dos. —