e —— —— —— i i ; | E f ! ! ; ' ! | ' ¡Mi Adios! A mi amigo Roberto Lira. Suena guitarra querida, como en esa edad primera cuando eras la compañera con que alegraba mi vida, es mi amarga despedida la que te voy á cantar, y me debes disculpar si es que vengo á entristecerte, y en un ¡adiós! de mi suerte hago tus cuerdas vibrar. Dulce guitarra, perdón si de mi lado te alejo, y suspendida te dejo en este sauce llorón; igual que mi corazón, en tu silencio abismada vivirás triste y callada cual una prenda sin dueño, acariciada en tu sueño por los vientos y la helada. Tal vez un ave al volar mueva las -ramas tristonas, ó enredada en tus bordonas el viento te haga llorar, entonces han de pasar por tu invisible conciencia, las horas de mi existencia, las caricias de mi nido, como fantasmas de olvido, como recuerdos de ausencia. Y en muchas noches de luna de las que llaman “de plata”, cuando el cielo se retrata en la dormida laguna; tus notas, una por una, vibrarán en tu desvelo, igual que un perdido anhelo ó como queja lejana, de mis tristezas, hermana, de mis pesares, consuelo. Guitarra de mis amores, con sangre á veces teñida, que iluminaste mi vida y la llenaste de flores, no tengo luz ni colores para pintarte mi amor, pero vencido al dolor, por si un día me recuerdas, ahí te dejo entre las cuerdas entrelazada esta flor. Quién sabe la suerte mía á qué abismo me conduce, que mi canción ya no luce y ha muerto mi fantasía; más, siempre, de tu armonía me acordaré cual consuelo y en cualquier distante suelo tendrá, para tu quebranto, una lágrima de llanto tu dueño: Jacinto CIELO. ADE -—— La venta de la suerte Sumamente necesitado debe estar el que en Pampayana, ó lugares contiguos, vende sus ovejas Ó sus cabras. : : La venta de las majadas sólo se cierra des- pués de muchos tratos, cuyas condiciones han ido variando de un día para otro. Sobre todo, si la majada ha sido protejida por sus “llas”, el comprador usa de algunas larguezas; pero el vendedor se reserva, en todo caso, el derecho de quedarse con las mascotas y con su suerte. De otro modo, es imposible cerrar trato, por- que entonces, la fortuna no acompañará otra vez al dueño de la majada, quien, cuando ad- quiera una nueva, no verá más crías ó serán éstas consumidas por el daño. El día designado para la entrega de la ma- jada de ovejas, que fué objeto de la venta, el comprador las recibe en el corral, ayudando al vendedor á dejar la suerte en su casa. —Hágalas—dice este último—voltear en el corral, con la cabeza junta; que lo que es la suerte, yo no le he vendido. Así se hace: las ovejas son volteadas, y una por una son atadas con lazos por las dos ma- nos y una pata; hecho esto, las ovejas son co- locadas convenientemente, de modo que den cabeza con cabeza, de dos en dos. Entonces el comprador, por fórmula, reclama la entrega de las ovejas compradas, á lo que el vendedor re- plica en el acto: “le hemos vendido las ove- jas, pero no la suerte”, á lo que el primero asiente en el acto. El dueño de la casa se acerca á las ovejas, y á cada una de ellas da un fuerte puñetazo, sacándole inmediatamente un vellón de lana, que va guardando en “la chuspa de la fortuna” ó “guayaca” con coca. Esta guayaca es un ver- dadero tesoro, que siempre debe tenerse con- sigo, y por eso es llevada, con su lana, á la espalda del cuerpo del pastor. Sólo después que la operación referida se ha practicado con la última oveja, y mientras se coquea para ha- cer acullico, el vendedor, por tercera y última vez, repite al comprador: “Llévense la majada; aquí vendimos ovejas, pero no nuestra suerte.” Aunque el corral quede vacía, no por eso se contrista tanto el hogar indígena, porque, al fin y al cabo, ha quedado con la fortuna en la guayaca. Esta práctica de los valles calchaquíes, y especialmente de Pampayana, parece propia de los pueblos quíchuas y aimarás, que, como los de estos lugares, tan rehacios se presentan aún en los momentos de ineludibles transac- ciones comerciales. No es extraño que acudan á tales ceremonias en casos como el menciona- do cuando á cada instante se producen escenas hasta de pugilato, durante los tratos previos de las más indispensables ventas. En la Que- brada de Huhahuaca hasta la Quiaca, es á ve- ces un problema conseguir alimentos en el ca- mino. Bien puede estar la res descuartizada á la vista del comprador: el criollo se encastilla en no vender por ningún oro del mundo aun- que se vea en la mayor miseria, y nada dire- - mos de la venta de ovejas, cabras ó gallinas, que resulta poco menos que imposible. —Vendeme esa cabrita. —No puedo, es de la huahua. —Entonces, aquel cabritillo. - —Es la “illa” (mascota), patroncito. —Pero aunque sea aquella cabra vieja...