——————— — rs - — E] .——————] ——— + era x [ ; ; ma / Recien llegado del charco, ha oído hablar mu- cho de las estancias del Plata, de las propiedades de varias leghas de extensión, de los rebaños in- mensos, de las pampas fértiles y casi desiertas; y su- imaginación “de diez y ocho años se ha alboro- tado; y también ha soñado con conquistar la Amé- rica. , - Sabe que un miembro de su familia, primo lejano ó tío dudoso, está: desde muchos años en Buenos Aires y qué vive en el campo, criando hacienda. Hace muchos años que ha dejado de escribir, pero tiene forzosamente que haber hecho fortuna, pues en aquellos países, es sabido que todos hacen fortu- na, especialmente los tíos, y con una carta de reco- mendación escrita por su padre á este casi descono- cido, toma pasaje para Buenos Aires. El muchacho es despejado; chapurreando el idio- ma como puede, indagando por los diarios y por el consulado de su tierra, pronto. consigue averiguar el paradero de su pariente y ponerse al habla con él, hasta saber que" lo espera en la estancia, pues es cierto que tiene estancia, y conseguir los medios y las indicaciones para ir y llegar á ella. Quince horas de tren, un día entero de galera, ocho leguas á caballo: es un viaje mucho más com- plicado que los treinta días de vapor; pero á los diez y ocho años, todo lo nuevo gusta, y el aire, el movimiento, las peripecias y hasta los percances, todo embriaga y se resume en un apetito feroz. Puede ser que .el hombre maduro ó en busca del pan cuotidiano, la encuentre monótona, triste, pol- vorosa, fea, mas la juventud todo lo ve lleno de alegría y su movibilidad pronto se adapta al medio, cualquiera que sea, donde lo' coloque la casualidad. Para ella, todo campo es pradera y el porvenir pura esperanza; y sólo le parecen reales en el desierto más árido el espejismo y sus ilusiones. ¡Quince horas de tren! un paseo; dormir, comer, cantar, mirar el paisaje, y se acabó... ¡ya! ¡tan pronto! y viene la galera. Apretado adentro ó col- zado del pescante, mareado 6 quemado por el sol, ó cortado por el viento, pero ¡qué viaje lindo! nada más que porque es viaje. Ya se familiariza el mu- chacho con muchas cosas que van á ser parte de su vida. Ayuda al mayoral á agarrar los caballos; primero, los asusta porque no sabe; no los ataja, los persigue; los espahta con los ademanes con que los quiere detener, pero pronto aprende y hace co- mo los demás. También aprende 4 comer galleta, lo que nunca le había sucedido, y á chupar con bombilla, en un puesto hospitalario, un grán tarro de café. Lo miran todos, admirados. primero, son- rientes en seguida por su ignorancia de las cosas del país. El sigue, no del todo impasible, pues bien ve que se burlan un poco de él; pero crée que es por las morisquetas que hace al quemarse, ó porque no lo creían capaz de tomárselo todo. ¡Qué no va á poder! Puede, no más, y todito se lo traga, aun- que encuentre que es mucho café de un tirón. Des- pués ve que cada uno sólo tomá algunos sorbos con la bombilla y pasa el tarro al vecino, pero ya es tarde para componer la plancha. También, ¿quién iba 4 suponer? : Las ocho leguas para llegar á la estancia desde la posta son un poco penosas para él que ni dos veces en su vida ha andado á caballo; pero el ani- mal á quien lo confían es mansísimo y de buen galope, y, siguiendo la tropilla, acompañado por un peón con quien trata de conversar en .su media len- gua, las recorrerá sin sufrir demasiado. La emoción del primer galope pronto se volverá orgullo al verse tan jinete, y sólo cuando hayan pasado una hora 6 dos y que empiecen á hacerse sentir las inevitables quemaduras de la carne blanda aún, meneada sin cesar en los. duros bastos del recado, se marchitará el entusiasmo del joven conquistador. Largas le pa- recían Jas dos últimas leguas, con el caballo ya me- dio pesado, dando tropiezos que avivan el dolor, y con el cuerpo deshecho por el cansancio; pero, hay que llegar, y se llegará nomás 4á la estancia, sobre Alá, del otro dadó la cual le ha dado detalles su compañero de viaje. - Sabe ya el muchacho que su pariente es hombre muy bueno, pero muy delicado para el trabajo, muy madrugador y activo; que la estancia se compone de cuatro leguas, en las cuales pacen como seis mil ovejas, tres mil vacas y quinientas yeguas; y con estos datos y otros más, no puede menos que combinar en su cabeza, á pesar de la realidad que tiene por todas partes á la vista, un cuento de las mil yuna noches sobre la fortuna prodigiosa y las riquezas de su tío, primo ó no sabe qué. Llega por fin, y casi con asombro ve que la es- tancia es un gran rancho, de paredes de barro con techo de paja, rodeado de otros ranchos más chicos 6 más grandes, cocina, galpones ó gallineros, pero de la misma hechura. Lo recibe en el palenque, campechanamente, un casi campesino de su tierra avivado por su prolongada americanización, rodeado de su mujer, muy trigueña, y de numerosa prole, quien cordialmente lo abraza, dándose Á conocer, en el idioma materno algo olvidado, por el pariente buscado, gozoso en el fondo de que los de allá— emburguesados un poco y algo engreídos—hayan tenido que acordarse de él para pedir su protección contento también de poder tener 4 su servicio, para ayudarlo en sus faenas, un muchacho bien dispues- to, sin sueldo y de confianza. El joven recién llegado, no deja de admirarse de que el dueño de tan inmensa propiedad sea casi tan sencillo en su modo de ser, de vestir y de vivir, como cualquiera pastor de su tierra. Pensaba encontrar un palcete y da con un rancho; creía hallar á todo un señor y se encuentra con un campesino. Extraña más aún esa pobreza de vida, al ver, á la tarde, volver al corral una interminable majada, que para él, europeo aún, presenta rique- zas sin cuento, y al día siguiente, al ver rodeadas las vacas á millares; pero pronto comprenderá que todo en este mundo es relativo, que lo que mucho abunda poco vale, y también que para gozarla con seguridad, hay que edificar primero su fortuna en los sólidos cimientos de la economía y del trabajo. 7 Godofredo DAIREAUX. Medio dia Deslumbra el sol en la mitad del cielo; Mares de luz desde el zénit envía, Y ante su rayo abrasador, el hielo Se torna en llanto en la montaña umbría. Es la hora del trabajo en las ciudades; Recomienzan los hombres sus tareas, Y el humo entre infinitas claridades Brota de las negruzcas chimeneas. En las lagos las náyades á solas Flotan cual sobre piélagos de llamas, Y los peces ostentan en las olas El oro y el azul de sus escamas. Oyese el rudo golpe del martillo Sobre el ascua que cruje y que se queja, Y en los prados la voz del caramillo Hace dúo al balido de la oveja. Arde la tierra; el ave se guarece Bajo las verdes y tupidas frondas, El trigal brilla, y ante el sol parece Sordo huracán de cabelleras blondas. Hunde el gañán la deslumbrante azada En los surcos que el rojo sol caldea, En tanto que su-frente retostada De sus cabellos el sudor gotea. E