E] ; La brisa abochornada finge amores Y se aquieta y se esconde en los pensiles; Se oyen besos de aromas en las flores Y rugidos de amor en los cubiles. Besa una fior la abeja, el delicioso Néctar, le da la flor con embeleso, Y -la abeja borracha y sin reposo Va en busca de otra flor y de otro beso. Es la hora del calor; vagos efluvios De lujuria dan brío á las faenas, La luz arde en los cielos en diluvios, Y en diluvios de fuego arden las venas. Ansias incomprensibles se desbordan De los vírgenes senos; flotan mares De luz en las pupilas, y se asordan En. el fondo del alma los pesares. Bullen las savias; los retoños nuevos Revientan en las vírgenes montañas; Se estremecen las aves en los huevos Y sacuden los fetos las entrañas. Las fieras en sus hórridas guaridas Los músculos se oprimen temblorosos, Y se lamen las jetas sonreídas Y se palpan las garras espantosas. Ls El turbulento y plateado río Hierve y levanta sus -convulsas olas, Y aunque azota las márgenes bravío, Por besarlo se inclinan las corolas. En el desierto el caminante busca El oasis que brinda sombra y calma, Mientras que el sol canicular chamusca Las polvorientas hojas de la palma. Los amantes se ocultan en la. sombra r De los frondosos árboles y luego... Li Se recúestan del césped en la alfombra, Y hacen vibrar sus ósculos de fuego. Cómo brillas, ¡oh sol esplendoroso! No hay nube que tu rayo quiebre; Tú la vida difundes, ¡oh coloso! ¡Pero avanza!... ¡Natura tiene fiebre! 4 1. o Julio FLORE. ——Q uE — Anécdotas de antaño — en tierra adentro — Gobernaba la Tglesia Católica Su Santidad Juan María Matai Ferreti, llamado Pío IX, y la Repú- ques, Argentina el general don Justo José de Ur- Uiza, y las provincias de Salta y Jujuy, don Martín emes, la primera, y don Roque Alvarado, la se- Mda, y , en fin, corría el año 1858. moXntos testigos echados por delante anuncian tras gordas. ¡ —— es la práctica, pero hay excepciones. A ve- o quiere mostrar erudición histórica y otros se OLA unos al pública diciendo: vean ustedes as O estoy yo bien enterado de los tiempos y de Cosas, í : : €l caso ocurrente ó en la especie, como dicen ve tados, el mejor testigo soy yo mismo, que an- inmi mino aún, por aquellas tierras, asilo hoy de rado ontes europeos y á la sazón, refugio de emi- — “dos del Collado, en donde, como aquí, todo era los revoluciones y escaramuzas que paraban en fusi- lamientos. De modo que Salta y Jujuy estaban siempre lle- nos de arribeños collas, y Potosí y Jauja llenos de abajeños pampeanos, lo que traducido en matrimo- nios legales y extras, llenaron de una numerosa parentela las zonas y las tierras limítrofes, hoy mismo eslabonadas por los vínculos de la sangre y bien luego por los del fierro que ya llega y aún pasa del famoso volcán hacia Tupiza. En ese tiempo no había ferrocarriles. Las gen- tes purgaban sus pecados viajando en mulo desde el otro lado de la Quiaca hasta Jujuy y Salta, y en fementida diligencia, tirada por doce Ó catorce caballejos desde Salta, Tucumán, Córdoba, etec., etc. Por suerte, se llegaba sano é íntegro del viaje con los tundos que daba el coche de doce asientos, cargados en la techumbre de equipajes hasta ame- nazar hundimiento inminente. : Me río de las sardinas y de los arenques en lo de ir encajonados. A veces le tocaba á uno viajar entre alguna señora mayor poco escrupulosa en puntos de crianza y algún frailazo que roncaba co- mo un bendito, ó alguna nodriza con el niño chico mal oliente. Otras, empero, le tocaban á uno deli- ciosas vecindades, que dulcificaban el camino y originaban lances, sobre todo en las sacudidas y pasos peligrosos de los ríos, que ciertamente no te- nían ni tienen su lecho de blanda arena. Pues en esos mismos tiempos de oscurantismo, el alumbrado se hacía en Salta con faroles pendientes en cada cuadra y provistos de un cabo de vela. A veces, el cabo llegaba á sargento y alumbraba, si alumbraba, hasta cerca de la media noche. Las personas honestas se recogían antes, y si no, ahí iba un sirviente guiando con el farolillo en la mano. Y en cuanto á los deshonestos, mejor les quedaban las sombras y allá ellos. Una noche oscura, Martes Santo, agonizaban los faroles en la plaza de la Merced, y daban á ese tiempo espacio un tétrico aspecto, fuera del que le asignaban de suyo sus tradiciones como lugar en donde se levantaban la horca de los ajusticiados en tiempos del rey, y en donde se daban cita las almas errabundas que cumplían penas en el mundo. Media docena de regazados caminaba por la ace- ra opuesta á la iglesia, plaza de por medio, cuando vió distintamente que se abría la puerta de aqué- lla y se cerraba de nuevo, dando paso á un fantas- ma colosal, tan alto como dos hombres superpuestos. De primera intención, á cada uno le vino la de echarse 4 correr, pies para que te quiero; pero la verguenza contuvo á los más valerosos, y alguno hubo que avanzase pocos pasos, seguido á cierta distancia por los otros. De pronto, el fantasma, alumbrado por las mori- bundas vislumbres, dividióse en dos; clara y distin- tamente en dos fantasmas, que parecían ascilar con actitud amenazante. No fuá carrera la que aquellos valientes, que vola- ron despavoridos, hasta la propia mansión del gobernador, y pusieron en alarma á la ciudad ente- ra. Se contaban cosas horrendas. Para algunos es- taba próximo el día del juicio final. Eso no podía ser sino la conclusión del mundo. Mas el gobernador no era rana, ni se asustaba fácilmente, como que descendía de un héroe de la independencia. Mandó llevar 4 su despacho al capellán de la Merced y al sacristán, y les dijo lisa y llanamente: —Dos horas para darme la explicación de esas, fantasmagorías Ú os planto una barra de grillos. —No hay para qué, excelentísimo señor, el fantas- ma de anoche, no es otro que el sacristán de San Bernardo, que llevaba sobre la cabeza una imágen que yo le prestara para representar mañana, Jueves Santo, la cena del Señor, en el monumento de aque- lla iglesia. Preferí que la llevara á esa hora para no llamar la atención 6 causar irreverencia.