—]];»——];—;]oÑ»— | 1 > | | otros heridos. Así siguió la jarana, esperando, como es natural, cada uno su turno. El bataltón estaba sereno, inconmovible, á cada cohetazo que reventaba próximo se oía la voz enér- gica de los oficiales, que gritaban: ¡Firme! Yo mandaba la primera compañía y el actual y simpático coronel de Guardias Nacionales, don Ro- dolfo Bunge, era el teniente primero. En esto viene un cohete, revienta sobre la compa- ñía sin herir 4 nadie. Con acento enérgico, digo: ¡Firme! y el teniente Bunge, que pispa que un sol- dado se encoje, repite: ¡Firme-c!.... Yo lo llamo y le advierto que no sea tan expresi- vo que el comandante lo ha oído. Me hubiera exten- dido en mayores consideraciones sobre la estética del lenguaje y la moralidad de las expresiones, pero me contenté con lo dicho reflexionando rápidamente que habiendo originado todo un cohete cuanto se me hubiese podido ocurrir, hubiese sido lo mismo. El teniente, adivinando quizás lo que yo pensaba, y respondiendo con vivacidad á mi observación, me contestó: —¡Mi capitán! El lenguaje militar frente al ene- migo, no es el lenguaje del Club del Progreso! —j¡A su puesto, teniente! —¡Esté bien, mi capitán! Mientras tanto los paraguayos afilaban la puntería y cada vez más desviaban menos sus proyectiles. Estos bárbaros empezaron á tocar la guitarra en nuestros nervios. En esto veo uno que me pareció enorme, espe- cie de serpiente ígnea, que dando resopletes y con marcha pausada, venía derecho hacia el comandante Cobo. Este estaba 4 caballo, sobre el flanco izquierdo del batallón: dos pasos apenas nos separaban: mi posición me ubicaba tristemente frente á las últi- mas hileras de la izquierda de la compañía. El cuadro era como para pintarlo. El cohete avanzaba con arrogancia suma; se le veía venir cortando el aire. TIrremediablemente se le iba encima, claro, brillante, dejando un surco de humo como una estela de muerte; se dirigía ha- cia el bizarro blanco y el blanco no se movía. Viendo el peligro que corría mi jefe, no pude soportar más esa escena que, previniéndola, la sentía de antema- no, y le digo con petulante acento, por supuesto to- do teatral, porque todo. en la guerra es brillante mímica estudiada: —Comandante, ese cohete tan espléndido viene para usted. . Me respondió sereno: —Déjelo venir, capitán. —¡Fíjese, comandante! —Ya lo veo. Para mí no tiene cara fea; este es mi puesto: “Y” y suís, j'y reste!” Y diciendo estas palabras, acarició la cabeza acarnerada de su impacible jamelgo oscuro, que a juzgar por su imperturbabilidad, también parecía que tenía sangre de Lavalle. —*¡Moí ausi!”—le dije, y me quedé imperturba- ble en apariencia, fija la vista, estudiadamente, en mi jefe; mi cuerpo, debo confesarlo, era una cás- cara: fría de un volcán de emociones tremendas. Yo no sé si eso sería miedo; pero debo advertir que si existe un guapo que diga que no tiene miedo, es porque es flojo de la peor especie; sin embargo, los dos estábamos firmes; los dos esperábamos la muerte por momentos; pero en nuestro puesto, co- mo estacas. El demonio de cohete no se desviaba ni un ápice; venía derechito, brutalmente, como una flecha. Mientras tanto, hacíamos gala de una sere- nidad inaudita. No era para menos; teníamos por auditorio á la tropa que mandábamos, y a la en- vidia y á la ironía que ocultamente está siempre en el ambiente de la canalla. El cohete pasó entre los dos con su luz rojiza; el caballo estornudó groseramente, y el comandante Cobo me dijo: —¡ Pobre, lo ha resfriado! Siguió su curso infernal, concluyendo la pará- bola maldita, pasando consu palo roto muy próxi- mo al mayor Días, quien hubo de ser se víctima por segunda vez l Recuerdo que el malogrado capitán Martín Boneo, al ver nuestra salvada, y la del mayor, exclamó: —¡Válgales la Virgen del Cármen! Ese era don Juan Cobo, teniente coronel de Guar- dias Nacionales. Fortún de VERA. El Combate de Obligado N - | O los Misterios del Parana PoR H. ASCASUBI (Continuación) ¡Y qué barcazos! Ché! Ché! tan. morrudos nunca he visto; si había algunos, por Cristo, como de aquí á Santa Fé. ¡Y tan muchos!—ya se ve, como en Uropa hay manadas, no andan en habas contadas, sino en puntas á la guerra de Francia y de Ingalaterra los echan como yeguadas. Tres barcos ñatos venían, muy cosa extraña su laya, con ruedas y con hornalla, barajo!... ¡y qué estrago hacían! no sé qué diablos tenían arriba del espinazo, que hasta nos dieron humazo, y de yapa ¡Cristo mío! chapaliando por el río nos lagaban el bochazo. Hubo un hombre tan acosao de esos brutos, de manera que ganó una vizcachera por crerse más reguardao: ¡Pero qué! si era excusao andarse haciendo chiquito;